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Taganga: la fiesta clandestina

Taganga es un suburbio costero a diez minutos de Santa Marta. La costa está cobijada por una media luna de cerros verdes mojando sus pies en la bahía que humedece leve, sin olas, la playa de unas quince cuadras de frente. Lindo lugar para tirar la chancleta sin más, aunque con ciertas restricciones: tenés que saber hablar inglés y estar dispuesto a lo clandestino para tirar unos pasos.

El balneario alguna vez fue pueblo de pescadores, no entraba más que el autorizado. Celosos costeros albañilearon unos ranchos muy latinoamericanos abanicados por los treinta grados constantes y un sol amable. Los tagangueros están hechos a la medida del tiempo, mestizos, afrodescendientes y tataranietos de indios. Los más viejos se tambalean por los caminos entre casas de bloques más o menos coloreadas con zapatos gastados, vestidos raídos, pocos dientes y unas cuantas estaciones en la espalda. Las matronas con sus delantales, rollizas, fuertes, laburadoras como las que más, cocinan, lavan, venden, son muy amables. Los “subcuarenta” están a tono con las tendencias estéticas del televisor.
Todos disfrutaron de la tranquilidad del terruño hasta hace cinco años, cuando las discotecas invadieron la paz nocturna. A puro bombo en negras y luces a tono, dos terrazas para bailar pusieron punto final al panorama sonoro de la ventisca hasta la una de la noche, al marcar del reloj las luces blancas se encienden y las bocinas enmudecen. Rememora una doña que en sus años mozos se amanecía bebiendo ron y riendo en la playa.
Ahora el pueblo está perfectamente dividido en dos. El oriente es para locatarios, su costa está llena de barcos amarrados: un pesquero grande, tantos otros más bien humildes y aquellos que ponen a navegar al visitante en la transparencia del estuario y el esplendor de una colina que abraza la bahía de verdes.
La frontera está claramente delimitada, primero por los vallenatos melancólicos y el jugueteo del cuerpo salsero en un loop aleatorio. Fluorescencias celestes o verde mar ornamentan los muros interiores de los bares solamente vestidos por la barra, algunas publicidades de cerveza y dicharacheros acodados al mostrador. Otros prefieren el frescor nocturno, el runrún del mar y las palmas que se miman con estruendo foliar.
Del lado occidental, blancos como la leche –después de una tarde rojos como batido de fresa– se pasean los nórdicos dispuestos a recorrer toda Colombia en dos semanas. Hacen escala en Taganga para seguir al parque Tayrona, una verdadera belleza paradisíaca de postal, espacio que sólo el tiempo de los procesos geológicos nos regala. Los alrededores costeros son aptos para el buceo de excursionistas que hora a hora desembarcan en la orilla con tanques de oxígeno, patas de rana y trajes de neopreno.
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