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Realojos de Navidad

La semana previa a la fiesta menudearon los comunicados anunciando las mudanzas. Brecha eligió dos casos: el realojo del asentamiento de la calle Candelaria, a cargo de la Intendencia capitalina, y la inauguración de las primeras viviendas del futuro barrio Luis Batlle Berres, éstas a cargo del Plan Juntos. Experiencias distintas que comparten la herencia del modelo de la ayuda mutua y permiten percibir, más allá de la satisfacción por el techo digno, colectivos que empiezan a afirmar su autonomía.

 

Los restos de cal en la calle delataban la cercanía de las nuevas construcciones. Un poco más adelante, en la esquina de Gallinal y Freitas, se alzaban, coquetas, las nuevas casas con ladrillos inmaculados y veredas grises, claritas y limpias, de estreno. El barrio estaba tranquilo el sábado por la tarde, apenas perturbado por algunos niños que correteaban con baldes de agua para sofocar el calor. Puertas adentro, los adultos acomodaban los muebles, limpiaban, vaciaban las cajas de la mudanza o arreglaban algún detalle del piso y paredes. Aun entre tanto caos, algunos se preocuparon por armar el arbolito para que la Navidad encuentre arreglados sus nuevos hogares.
Hace sólo unos días se mudaron 14 familias que vivían en Candelaria, un asentamiento ubicado a orillas del arroyo Malvín. “Te subía el agua dos metros. Después había que tirar muebles, lavar ropa, desinfectar todo. Cada vez que llovía salíamos todos a la calle a ver el arroyo que enseguida crecía”, contó Rocío, una de las nuevas propietarias, mientras, junto a su hijo, le daban una lechada al piso. “Costó muchísimo trabajo. Había momentos en que no queríamos saber nada, pero había que seguir.”
La fiesta del viernes anterior, que inauguró formalmente las construcciones, fue el eslabón final de un largo proceso. En 2011 la Intendencia de Montevideo (im) hizo un censo de Candelaria e informó a sus habitantes sobre la posibilidad de trasladarlos a otra zona. El esposo de Mónica, que tenía 34 años viviendo allí, fue bastante escéptico: “Es otra vez lo mismo, hace mucho tiempo que lo vienen prometiendo, sobre todo cuando se acercan las elecciones”. De hecho, entre 2005 y 2006 ya los habían censado, y aún antes –cerca de 16 años atrás– se creó una comisión de vecinos –para plantear ante las autoridades su situación y explicar la necesidad de mudarse– que no alcanzó sus objetivos. Así que ante el nuevo anuncio los vecinos no se hicieron muchas ilusiones.
Meses después, cuando fueron a ver el terreno donde vivirían, la promesa se hizo más tangible. Los asistentes sociales hicieron el seguimiento del barrio que se trasladaba –realizando talleres sobre violencia doméstica y drogas– y del que los recibía. Se elaboró un reglamento de convivencia y otro de obras, que alentaba el espíritu cooperativo de la ayuda mutua.
{restricrt}El 16 de junio comenzaron a construir. Mónica recuerda el día con exactitud, como quien retiene esas fechas especiales. Un oficial guiaba el trabajo de las familias. Al inicio, cada una debía cumplir con 12 horas semanales, y luego 20, aunque hubo quienes las superaron en el esmero por terminar antes. Primos, hermanos e hijos ayudaron preparando material o cargando bloques.
Mientras continuaba con los cuentos de estos últimos meses, Mónica abrió las puertas de su casa para continuar la charla. Ya tiene adornos en las paredes y algún que otro mueble nuevo. “El trabajo colectivo fue muy lindo y solidario. Hasta último momento no sabíamos cuál era nuestra casa, porque si no uno se esfuerza más en la suya. Todos los vecinos colaboraron con todos. Se hicieron cuadrillas y todos construimos sábado y domingo porque entre semana se trabajaba.”
Carmen da fe de eso. Con sus 72 años, aseguró que le sacaban los baldes de la mano para que no cargara. La llamaron a la conversación porque tiene mucha historia en el barrio. Hace 36 años que vivía en Candelaria y reconoce que le costó mudarse de aquella casa donde crecieron sus hijos. Ahora está rodeada de nietos y bisnietos que juegan con pistolas de agua, salpicando a la abuela con cara de pícaros. Carmen nunca vivió en una casa como ésta porque de niña se crió en una estancia en Cerro Largo, donde sus padres trabajaban como caseros. Su nuevo hogar, como el de todos, tiene dos pisos con un comedor y cocina amplios, un baño, dos cuartos y un pequeño fondo, que algunos sustituyeron por otra habitación.

EN LA VEREDA DE ENFRENTE. Mónica cree que tuvo “mucha suerte” en quedar seleccionada dentro de estas 14 familias. Es que las otras 48* que vivían en Candelaria fueron alojadas en un terreno de la calle número 6, entre rambla Euskalerría y Espronceda. Un quiosquero, que trabaja a varias cuadras de allí, advirtió sobre los “peligros” de la zona mientras indicaba el camino hacia las viviendas.
El complejo Nueva Vida, como se llamó al barrio, se asoma detrás de un campito que lo separa de la Facultad de Ciencias. A un lado está el Boix y Merino, un antiguo asentamiento que la Intendencia regularizó llevando todos los servicios y logrando que los vecinos se convirtieran en propietarios de sus casas. Los recién llegados al barrio habían escuchado rumores de que la zona era “brava” y que “no los querían”, pero encontraron un buen ambiente.
Noemí Alonso, encargada de la División Tierras y Hábitat de la im, reconoció que la futura integración social del asentamiento queda “un poco limitada”. Ya no están en la extrema marginalidad de vivir en casas frecuentemente inundadas, pero la ciudad parece no dejarlos colarse demasiado en el tejido urbano. Aunque no sea el lugar ideal, Alonso explicó que este terreno fue el que se consiguió luego de atravesar las dificultades institucionales y sociales que encierra un proceso como este.
En general los asentamientos que serán trasladados se dividen en grupos más pequeños para que se integren más fácilmente a las zonas que los reciben. Pero además se busca mantenerlos dentro del mismo municipio al que pertenecían. Este criterio, fundado en la integración, limita las posibilidades de encontrar espacios disponibles y costeables para la Intendencia.
Para Alonso otro problema a sortear es el rechazo que frecuentemente tienen los vecinos del barrio receptor hacia los que se realojan. Aunque en Boix y Merino no ocurrió nada de esto, sí pasó en Gallinal. Muchos se quejaron ante las autoridades reclamando que no se hicieran las construcciones allí. Las aguas se calmaron luego de discutir con ellos la cantidad de personas que se mudarían, y sus características.
El censo sirvió para marcar perfiles diferentes que fueron utilizados para la distribución. En general, a Gallinal se envió a quienes tenían trabajos formales desde hacía tiempo, cierto nivel de escolarización, familias consolidadas, pocos o ningún antecedente. Se consideraron también las relaciones previas entre los vecinos, respetando las afinidades existentes.
De todas formas, la división entre ambas zonas no es tajante y en algunos casos se buscó mezclar perfiles diferentes para generar mayor integración. “En el trabajo con estos barrios –dijo Alonso– nos damos cuenta de que la gente ha accedido a cantidad de servicios y trabajos más estables que antes no tenía, con lo cual hay un cambio muy favorable en la población. Pero siguen sin poder acceder a la vivienda por los precios disparatados que tiene.”
La integración y el contexto no son lo único que distingue a ambas zonas: el proceso de trabajo fue diferente en un lado y en otro. Aunque la edificación es la misma, en Nueva Vida los comedores tienen piso de material, falta pintura en el interior y exterior, no hay divisiones en el fondo ni se construyó el frente.
En parte, contrariamente a lo ocurrido en Gallinal, las familias no pudieron hacer estas terminaciones antes de mudarse porque la Intendencia quería mover el asentamiento antes de fin de año, y las obras en Nueva Vida fueron terminadas recién (las de Gallinal lo fueron hace cuatro meses). Se evaluó que era preferible trasladarlos en estas condiciones antes que dejarlos en una zona inundable.
A esto se sumaron los problemas con el cuidado de las casas. Para las 14 viviendas se contrató a Tacurú –una organización no gubernamental (ong) que acompañó a los vecinos en el proceso de construcción colectiva– y un sereno que cuidó las casas mientras no eran habitadas. Pero en el otro caso “iba a ser difícil encontrar una ong para trabajar con las 48 familias y que además hiciera la custodia de las viviendas”, explicaron trabajadores de la Intendencia. Ya mudados, ellos mismos vigilarán sus hogares mientras los terminan.
La Intendencia guiará las tareas que deben hacerse en Nueva Vida. Comenzarán en enero y deberán terminarse durante la primera mitad del año. Cada familia tendrá que cumplir, al igual que en el otro caso, con 20 horas semanales de trabajo. El Banco de Materiales del Centro Comunal Zonal les dará los insumos necesarios, aunque deberán pagarlos.
Los vecinos sienten que los trasladaron “de apuro”, “como manada”. No ven con agrado las diferencias de criterios entre un grupo y otro. Para José, uno de los integrantes de la reciente comisión barrial, “a ellos (los de Gallinal) les dieron una libertad que a nosotros no”. Creen que ahora, con los niños correteando y los muebles adentro, se complica más el trabajo.
La comisión pasó por todas las casas para presentarse y recoger las quejas. Algunas ya tienen humedad, baños tapados, y una se llovió. Reunidos improvisadamente en una de las casas que iban a visitar, cuentan sus proyectos y perspectivas de trabajo. “Tenemos que ser todos compañeros” y “hacer todos los movimientos juntos”, repitió varias veces José. Quieren trasmitir este espíritu al resto de los vecinos, que esperan nuclearlos en una próxima asamblea. Les explicarán su papel como representantes ante las autoridades y como mediadores en las disputas del barrio.
Reconocen que están mejor que en Candelaria. Entre risas, como cosa del pasado, recordaban varias historias de mojaduras. Susana interrumpía cada tanto para decir que ella siente nostalgia de su casa, donde vivió por 30 años. Por unos días, la lograba ver de lejos cuando iba a trabajar, pero ahora la tiraron. A orillas del Malvín no hay nada. Las crecidas ya no empaparán los pies de nadie, sólo humedecerán la tierra donde alguna vez estuvo la desaparecida Candelaria. n

*     Otras tres familias –eran 65 en total– accedieron a una casa a través del Programa de Compra de Vivienda Usada del Plan Nacional de Relocalizaciones, impulsado por el mvotma y la anv.{/restrict}

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