Cien flores
- Última actualización en 21 Diciembre 2012
- Escrito por: Aníbal Corti
Mujica y la ciencia
El jueves de la semana pasada en su audición de M24 el presidente Mujica dijo que la ciencia y la tecnología tienen que estar estrechamente unidas a las necesidades concretas del país y a sus posibilidades de desarrollo económico. El tramo relevante de su alocución es el siguiente: “En todo esfuerzo productivo tiene que haber ciencia investigando, tiene que haber tecnología y tiene que haber gente que se esté formando. No podemos hablar de un país productivo que no avance junto al país tecnológico y al país científico, pero que lo tecnológico y lo científico estén muy unidos a las necesidades concretas que en cada uno de los territorios se nos presentan. No podemos gastar plata en ciencias que poco vamos a usar. Tenemos sí que hacer un esfuerzo muy grande ligado a los problemas concretos y sobre todo a las posibilidades de futuro que se nos vayan planteando”.
No está claro que valga la pena comentar las declaraciones que un día sí y otro también hace el presidente Mujica. Por astucia política, por mera demagogia, porque ya lo alcanzó la biología, por la causa o por la razón que sea, sus opiniones (y frecuentemente también sus actos) carecen de toda consistencia.
Pero este asunto de la investigación científica es diferente, porque lo que el presidente dijo en su audición lo piensan también otras personas. Mujica mañana puede decir cualquier otra cosa que se le venga a la mente sobre la ciencia, la tecnología y el desarrollo económico. Puede decir, por ejemplo, como ya ha dicho, que tenemos que tomar como modelo a los pueblos bosquimanos que viven de la caza y la recolección. Pero, diga lo que diga el presidente, va a seguir habiendo personas que piensen que la investigación científica es un adorno lujoso que un país pobre como Uruguay no se puede permitir, salvo que se tenga muy claro y de forma anticipada que los resultados de esa investigación van a impactar fuertemente sobre la estructura productiva del país.
Quienes razonan de ese modo cometen por lo menos tres errores. El primero tiene que ver con la formación de recursos humanos. Científicos que investigan cuestiones muy alejadas de todo interés productivo entrenan a otros científicos que eventualmente sí se interesan por cuestiones prácticas. Lo importante es tener buenos científicos, competentes y calificados. El estadounidense Alonzo Church (1903-1995) fue uno de los lógicos más eminentes de toda la historia. Church es uno de los padres de la computación, pero no se ocupó de fabricar máquinas, sino de la computación teórica. A Church no le interesaban las máquinas. Le interesaba mucho más la filosofía del alemán Gottlob Frege (1848-1925), otro lógico eminente y otro individuo que no hizo ninguna aportación productiva inmediatamente reconocible en su época. Sin embargo un discípulo de Church, Alan Turing (1912-1954), sí se interesó por las máquinas. No habría Steve Jobs sin Turing y quizás no habría Turing sin Church.
No hay que ser nabo: a gente como Turing puede que le resbalen las cuestiones prácticas, pero siendo investigadores de primer nivel forman (o contribuyen a formar) a otros investigadores, que bien pueden interesarse por cuestiones más aplicadas. Los grandes investigadores son una mezcla compleja de talento y circunstancias ambientales favorables. No crecen en los árboles. Los países que valoran la ciencia valoran a sus investigadores y no les imponen a la fuerza temas y agendas de investigación.
El segundo error de quienes razonan como Mujica tiene que ver con la importación de tecnología. En mayor o en menor cantidad, siempre vamos a necesitar comprar algo de tecnología afuera. Como señaló alguna vez Rodolfo Gambini, es necesario tener especialistas locales que conozcan esa tecnología, que puedan controlar su calidad (aunque no tengamos capacidad de producirla) y que puedan certificar que no estamos comprando porquerías. Hasta para comprar tecnología, entonces, necesitamos buenos científicos locales. Es de nabo despreciar el saber y después comprar el primer buzón que a uno le ofrecen porque no sabe distinguir entre lo bueno, lo malo y lo obsoleto.
El tercer error tiene que ver con la idea misma de lo que es útil. Existe el pequeño problema de que no es fácil saber qué resultados de la investigación científica van a ser útiles en la práctica productiva y qué resultados no. Hacer teoría de números (el estudio de las propiedades de los números enteros) era la cosa más abstracta, más diletante y más inútil del mundo, hasta que las tarjetas de crédito, las comunicaciones y las ciencias de la computación convirtieron a los matemáticos que se dedicaban a esas divagaciones formales en los tipos que hacen la ciencia más aplicada del mundo. Hay que ser muy chorizo para arrogarse la capacidad premonitoria de saber qué cosas van a ser útiles dentro de dos, cinco, diez, quince o veinte años.
Parafraseando –quizás– al Platón de la Apología de Sócrates, Mujica dijo hace algunos meses que el verdadero sabio es humilde, porque es consciente de su propia ignorancia. Uno de los hitos más recordados de su carrera política es la oportunidad en que le dijo a un periodista que no fuera nabo, porque éste le había preguntado hasta cuándo el país iba a seguir apostando a las vacas, a la lana y a los granos para sostener su economía. “No desprecie. Respete. No sea nabo, que eso es lo que marcha”, le contestó el actual presidente. Mujica no sigue sus propios consejos. Desprecia la acumulación de conocimientos trabajosamente conseguida por las personas y por las instituciones que se han dedicado –a veces de forma muy solitaria– a desarrollar la investigación científica en el país. Tampoco es humilde. No tiene conciencia de su propia ignorancia. No entiende los peligros que se corren al hacer sólo las apuestas que parecen seguras: al invertir solamente en lo que parece útil.
En su juventud el presidente Mujica tuvo inclinaciones maoístas. Sería bueno que recordara más seguido aquella famosa cita: “Que florezcan cien flores y que compitan cien escuelas de pensamiento”. n

