¿Y si peleáramos contra los gigantes?

El presidente y la academia, a propósito del Plan Juntos

"Nada se puede dar a un hombre si no es quitándoselo a otro”.
   Santo Tomás Moro. Utopía

“Hay que romper esquemas, (…) necesitamos otras soluciones. (…) Si nos dejamos llevar por los prejuicios de la tecnología no le vamos a dar respuesta en tiempo y forma a las exigencias que tiene el país. (…) Tendré que pelearme con toda la Facultad de Arquitectura, porque el país necesita respuestas para construir soluciones para la gente postergada.” Estas palabras son del presidente José Mujica, hace algunos días, en ocasión de la inauguración de las primeras 12 viviendas realizadas por autoconstrucción en un terreno de propiedad estatal, en Batlle Berres y Camino de las Tropas.

Recogemos su transcripción de la carta que en respuesta le enviara el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, arquitecto Gustavo Scheps. Los conceptos del presidente refieren a un tema importante y señalan una visión muy particular, por lo que vale la pena reflexionar sobre ellos.
Nuestro presidente es hombre de pelea. Siempre lo ha sido, aunque no siempre ha seleccionado adecuadamente a sus adversarios y a sus amigos. Para hablar sólo de los últimos ocho años, desde el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca dio una dura lucha contra los pesados intereses de los grandes productores agropecuarios y otra, no menor, contra los economistas ortodoxos responsables de la conducción de la economía del país. En algún momento declaró que había perdido la batalla (“Me ganó Harvard”), pero eso no fue el fin de la guerra, que continúa ahora que es presidente de la República y los ortodoxos sus ministros, pactos electorales mediante.
En esa lucha Mujica ha perdido otras batallas, pero también ha ganado algunas, como la de la implantación del icir, el gravamen a la concentración de la propiedad de la tierra. Otra vez la guerra de guerrillas, pero esperando en ésta tener mejor suerte. Al presidente le sobra valentía para dar estas peleas, pero también ha caído, a veces, en la tentación de buscar los atajos, sólo que en esto por lo que él lucha no hay atajos. Ya lo sabía Tomás Moro hace cinco siglos: no se puede cambiar nada si se deja todo como está.
En el tema de la vivienda, Mujica no ha buscado un atajo sino dos: el Plan Juntos, que se iba a hacer sin recursos, a puro corazón, y la llamada ley de acceso a la vivienda de interés social”, que no es otra cosa que la exoneración a los inversores privados de cuanto impuesto pueda imaginarse, sin contrapartidas verificables, para arrimar capitales privados a los escuetos fondos públicos previstos para atender la cuestión de la vivienda en el quinquenio.
Casi tres años después, los resultados no son lo que se esperaba. El Plan Juntos no consigue –no puede– superar las limitaciones de la falta de recursos. Y aunque, si se suma una cantidad de acciones puntuales menores en todo el país, esas acciones se pueden contar por cientos, las viviendas nuevas construidas son unas pocas decenas, cuando hacen falta miles.
La ley que incentiva la inversión privada (18.795, de setiembre de 2011), por su parte, ha tenido una buena respuesta de los inversores, a juzgar por los 138 programas y más de 4 mil viviendas “ingresados” que anuncia la página en Internet de la Agencia Nacional de Vivienda, aunque hay muchos más proyectos presentados que aprobados. Pero la hora de la verdad será la de vender lo producido, porque ahí quedará claro quién podrá comprar esas viviendas y si no estaremos por esta vía fomentando la construcción de más viviendas desocupadas, o si el propio Ministerio de Vivienda no deberá salir a subsidiar para cubrir la brecha entre una oferta cara y una demanda escasamente pudiente.
Frustrado por estas frustraciones, el presidente atribuye la responsabilidad a los “prejuicios tecnológicos” y se dispone a luchar contra los molinos de viento de la Facultad de Arquitectura. Mal diagnóstico, presidente. El problema sigue siendo Harvard, no la École des Beaux Arts.
Las explicaciones para justificar la baja inversión pública en la vivienda de interés social son variadas y no muy diferentes de un país a otro, por lo menos en la comarca. Que en realidad no hay déficit y sólo se trata de ocupar lo desocupado; que hay que apostar a las viviendas progresivas porque, al fin y al cabo, la gente lo hace mejor; que no podemos seguir construyendo como hace 50 años y que la ciencia y la tecnología deben aportar nuevas soluciones que permitan construir más sin invertir más.
Fuegos de artificio, más allá de que en todo eso pueda haber una base de verdad. Porque aun si las viviendas desocupadas se ocuparan, tendríamos en Uruguay el mismo déficit de hace 50 años, y eso que la gente ayuda, yéndose. Porque durante quince años apostamos al núcleo básico evolutivo como solución, sólo para agregar más problemas y ninguna solución. Y porque todavía no se ha inventado ninguna tecnología que permita construir gratis, ni siquiera a la mitad de lo que cuesta la “construcción tradicional” (que a esta altura de tradicional tiene muy poco). El Ministerio de Vivienda estableció una línea especial para fomentar la innovación en tecnología y gestión, y las “nuevas” tecnologías aprobadas se conocen hace por lo menos veinte años o más, y sus resultados no brindan las necesarias garantías a la hora de bajar costos y acortar plazos, sin sacrificar la mínima calidad necesaria.
No se trata de un prejuicio tecnológico ni de tener miedo a lo nuevo. Se trata de que nuevo no necesariamente es sinónimo de bueno y que las afirmaciones de los vendedores de ilusiones hay que comprobarlas con ensayos y pruebas serios. Porque, como dijo el presidente, se necesitan urgentemente soluciones para la gente postergada.
Hace falta pensar cosas nuevas, hace falta probarlas, hace falta emplear los mecanismos de gestión más eficaces y hace falta darse cuenta de una vez por todas que la satisfacción de derechos humanos esenciales no es cuestión que pueda dejarse en manos del mercado. Por eso, pensar que el problema se puede solucionar sin recursos es hacerse trampas al solitario.
El presidente ya ha dado un paso adelante, donando parte de su sueldo con ese fin. La Facultad de Arquitectura ha dado otro, poniendo a uno de sus docentes más capacitados, el ex decano y arquitecto Carlos Acuña, a disposición del Poder Ejecutivo para dirigir el Plan Juntos, además de otros apoyos. Con lo cual la facultad se constituye, posiblemente, en el segundo mayor donante del plan, sólo superado por el presidente. Esfuerzos muy importantes para quienes los hacen, pero gotas de agua en el océano de lo que se necesita.
Mujica, como autoridad máxima de la política del país, debería encargarse de que el erario público, que es el único que puede aportar plata en serio, lo haga. Para eso lo pusimos ahí, presidente. Dejemos a los molinos de viento produciendo tranquilamente energía ecológica y dirijamos nuestras alabardas contra los gigantes. El país lo va a acompañar.

 

* Ingeniero agrónomo. Asesor de fucvam. Integrante de la unidad programática de Vivienda del Frente Amplio.

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