Tres ejes entrecruzados
- Última actualización en 16 Febrero 2013
- Escrito por: Álvaro Portillo
¿Qué discutimos con motivo del cine Plaza?
No puedo menos que reconocer a mi buen amigo Gustavo Leal la enorme virtud de haber desencadenado un debate útil e interesante, tan poco frecuente en estos tiempos. Nos hemos acostumbrado a un silencio apático, a lo sumo acompañado por un rezongo en la intimidad, constituyendo de esta forma un cuadro de debilitamiento de la democracia. Bienvenido el debate.
Entiendo que hay cuando menos tres ejes de discusión que es bueno discriminar para mayor claridad: en primer término el debate acerca de la naturaleza moral y cultural del culto involucrado, en segundo lugar el carácter patrimonial del edificio, y en tercer término lo que ocurre con el centro de Montevideo.
Con respecto a lo primero simplemente he de decir que es un terreno muy peligroso enjuiciar a cualquier iglesia. Eso supone confrontar posturas ideológicas y filosóficas en el contexto de libertad de culto que caracteriza a la sociedad uruguaya y que aparentemente nadie quiere modificar.
Ante posibles cuestionamientos, tal vez lo más equitativo y ecuánime sería una actitud del Estado que sin involucrarse velara por un desempeño correcto y respetuoso de todas las sensibilidades.
Habré de centrarme en los otros dos aspectos: el patrimonial y el urbano.
Está fuera de toda duda que hay que conservar esta importante obra del arquitecto Lorente. No hay motivos para sospechar que un uso religioso la altere o destruya total o parcialmente. A pocas cuadras de allí el ex cine Radio City y el ex Trocadero cumplen la misma función y desde el punto de vista edilicio se mantienen enhiestos.
Tal vez haya que considerar conceptualmente que la noción de patrimonio debe estar indisolublemente ligada a la sostenibilidad de su uso. El patrimonio es la materialización de componentes del imaginario colectivo acerca de las identidades de los pueblos, lo que determina su carácter cambiante y evolutivo, y por lo tanto una de las mejores formas de preservar el patrimonio es garantizar su carácter vivo y no como mera materialización de un pasado.
Es evidente que las grandes salas cinematográficas en todo el mundo entraron en crisis; por lo tanto se trata de imaginar otros usos de acuerdo a los tiempos. Hasta el presente no fue posible encontrar viabilidad económica para el cine Plaza, ¿por qué tiene que gastar Montevideo cuatro o cinco millones de dólares para evitar que funcione una iglesia en un lugar que no sólo no va a ser destruido, sino que además estará bien mantenido? A ello hay que agregar las claras dificultades de una gestión viable en ese lugar para actividades en el campo de la recreación y la cultura
En este punto el problema remite a la dimensión urbana; cuando se establece la necesidad de resguardar una importante sala de espectáculos, como pocas en la ciudad, para ser ofrecida al conjunto de los montevideanos y a través de ello contribuir a la recuperación y revitalización del centro de Montevideo. Siendo este argumento muy atendible, no queda claro que la mejor solución arquitectónica o funcional para ofrecer ese espacio cultural sea el cine Plaza. En 1993 se calculaba que además de la compra había que hacer otra inversión multimillonaria en equipamiento, a lo cual hay que agregar la dificultad de garantizar la sustentabilidad económica del proyecto.
El problema central y de mayor significación social y cultural es el rescate del centro de Montevideo. No es un problema nuevo y mucho se ha analizado al respecto. La esencia medular de este problema radica en la expulsión sistemática de población residente ocurrida en las últimas cuatro décadas en toda el área central de la ciudad.
EL ÉXODO HACIA LAS PERIFERIAS. Esta sangría que sufrió Montevideo no fue casualidad. En esencia fue producto de la lógica del mercado inmobiliario desregulado que se instaló desde la dictadura en 1973 y que se mantiene hasta el presente. Ello se expresa en el círculo vicioso desregulación del mercado-valorización de la propiedad-expulsión de los grupos sociales de menor ingreso-especulación.
Es a partir de la consolidación de este circuito que la ciudad se dualiza conformando el Montevideo de la costa y el Montevideo mediterráneo, y en el medio un conjunto de áreas centrales con pérdida de población precisamente en una zona excelentemente servida en infraestructura y equipamientos.
Esta situación conocida desde hace ya más de dos décadas (estudios del itu de la Facultad de Arquitectura y otros), y reconocida por el Plan de Ordenamiento Territorial para Montevideo de 1998, fue únicamente asumida desde una perspectiva: la realización de inversión pública en estas zonas con la esperanza de generar un efecto dinamizador que permitiera recuperar a la población expulsada.
Desde 1990 en todo el centro (incluida Ciudad Vieja) se realizaron grandes inversiones en el sistema de plazas, en las peatonalizaciones, en el equipamiento y mobiliario urbano, en la recuperación de edificios emblemáticos, etcétera. Sin ese enorme y valioso esfuerzo la ciudad sería hoy mucho peor. Pero lo que no se puede ocultar es que se fracasó en el objetivo estratégico de revitalizar las zonas centrales.
Se mejoró en la configuración paisajística, en la oferta de servicios, en el funcionamiento urbano, pero sin revitalizar. Etimológicamente, revitalizar es devolver vida, y en el caso en cuestión eso significa devolver población residente a toda una parte de la ciudad. Sin ello, puede haber mejoramiento urbano pero no revitalización.
Una de las expresiones más contundentes de esta falta de vida es la imagen del centro por la noche, apenas poblado por fantasmas de la pasta base y solitarios viandantes.
Ha sido un gran acierto conceptual y político de este gobierno nacional caracterizar el mal llamado problema de la seguridad como un problema de convivencia. El centro de Montevideo seguirá teniendo problemas de convivencia si se mantiene como un escenario semivacío. La población residente es en sí misma un factor civilizatorio alternativo a la “periferización” producida por la lógica del mercado inmobiliario.
La compra y gestión del cine Plaza como se plantea por los iniciadores de la propuesta es continuar con un esfuerzo de inversión pública en las áreas centrales, que a la luz de lo ocurrido no garantiza el cumplimiento estratégico de revitalización que tanto se requiere.
¿HAY ALTERNATIVAS PARA LA RECUPERACIÓN DEL CENTRO Y EL RESTO DE LAS ÁREAS CENTRALES? Las hay. Pero se requiere un importante cambio en la forma de gestionar el problema. Se trata de intervenir activamente en el factor determinante: el mercado inmobiliario. Por un lado adquiriendo espacios urbanos que efectivamente conformen una cartera de tierras apta para ser ofrecida a los nuevos residentes, y por otro con una política muy activa y proactiva en el campo de los instrumentos jurídicos y tributarios, muy distinta a la actual actitud contemplativa ante los crecientes vacíos. Expropiación de inmuebles en desuso ( proyecto de ley del diputado Asti), tributación finalista que castigue la vacancia de inmuebles en determinados barrios y apoye su incorporación a proyectos de interés social, erradicación con los correspondientes realojos de ocupaciones ilegales en áreas tugurizadas, adjudicación de suelo urbano para viviendas de interés social bajo modalidades como el derecho de superficie, que contribuye a minimizar la especulación, son solamente algunos de los instrumentos posibles.
En lo fundamental se trata de un importante cambio político en la forma de gestionar cambiando la mera contemplación de los efectos del mercado por una actitud activa al servicio del interés general. Eso no significa expropiaciones generalizadas ni la abolición del mercado inmobiliario. Hoy eso no es posible ni deseable (aunque fuera en otra época una bandera de la izquierda y los sectores populares).
Esta nueva forma de encarar el problema puede encontrar en ciertos actores sociales, como las cooperativas de ayuda mutua y de ahorro previo, excelentes socios para el repoblamiento deseado. Espacios en la ciudad, sobran.
Tal vez convenga mirar el pasado reciente y hacerse algunas preguntas: ¿no hubiera sido mejor destinar a adquisición de suelo urbano algunos de los cientos de millones de dólares que se afectaron para el saneamiento?, ¿los enormes costos que hoy implica un sistema de transporte colectivo que conecte el centro con las periferias metropolitanas no serían menores si se hubiera ido menos gente del centro?
Estas preguntas solamente tienen sentido para encarar los desafíos del futuro, porque lo hecho, hecho está. Los recursos no fueron dilapidados, pero no sirvieron para evitar la fractura del tejido urbano montevideano.
El desafío es lanzar, en el contexto de la estrategia de convivencia definida, una efectiva y eficiente oferta de espacio urbano central para la voluminosa demanda de vivienda de interés social, constituida en lo esencial por parejas jóvenes que todo indica que prefieren la ciudad y no el azaroso camino de los asentamientos irregulares o las alternativas metropolitanas.
Por todo lo anterior, si hubiera cuatro, cinco o más millones de dólares para comprar el cine Plaza, ¿no sería de mayor utilidad destinarlos a una cartera de tierras para vivienda de interés social en esta zona de la ciudad? ¿O acaso se va a seguir apostando a una inversión útil pero estéril para la necesaria convivencia que puede hacer posible el regreso de población residente a las zonas centrales? n

