Brecha Digital

Tensiones creativas

Ortodoxia y gestión del cambio

El término “ortodoxia” proviene de los vocablos griegos orthos (correcto) y doxa (opinión). En criollo, y por su etimología, significaría entonces “opinión correcta”, por aproximación: “opinión verdadera”.
Digamos que entendemos a la política como el espacio por antonomasia en el que se dirimen tensiones y luchas sociales, contradicciones (de clase y de las otras) de cuya resolución depende también la entronización de ciertas opiniones (sobre el pasado, el presente y el futuro) como dominantes, y hasta su legitimación social como saber y costumbre. Esto significa que asumimos también al saber como un producto-proceso político (creado y recreado en la dialéctica inestable entre conflicto y consenso), y por tanto a cualquier “ortodoxia” –en tanto pretensión de verdad absoluta– como una mistificación y en el fondo un abuso.
Dicho esto, admitamos que el militante, en su empeño por ser sujeto de la historia y honestamente convencido de sus ideas, puede convertirse en “ortodoxo” en el peor sentido, o sea, en un fundamentalista de las opiniones, creencias o análisis de la realidad que sostiene. Inconsciente de la relatividad social e histórica de sus puntos de vista, cerrado al debate y a la revisión de su pensamiento en base a la experiencia, la investigación crítica y el diálogo con otros, sería por ende torpe en la práctica, esa que como criterio es implacable.
Sucede que la “ortodoxia” en política no aparece siempre del mismo modo. La historia parece mostrarnos que cuanto más lejos del poder fáctico se encuentra una determinada expresión social y política, más ortodoxa, intransigente y maximalista suele ser en relación a sus objetivos finales, más comprehensiva (en el sentido de abarcativa) en cuanto a la relación medios-fines, esto es, más estricta también en considerar a determinados medios como parte esencial, irrenunciable, de los fines que persigue.
Inversamente, la posibilidad real de ejercer poder para llevar adelante esos objetivos, nos enfrenta a limitaciones distintas, las de poder hacer algo y no todo, o mejor dicho a la pregunta ineludible sobre cómo hacer lo que se quiere hacer, cuándo hacerlo, cómo construir las condiciones para hacerlo posible, etcétera. Esto supone un diálogo problemático entre los fines y lo dado, lo realmente existente, que demanda flexibilidad creativa. En la práctica, y llevando la reflexión al ejercicio del poder estatal, aparecen ahora los resortes de “la gestión”. Detengámonos aquí.
La gestión no es un fin en sí, la gestión implica la aplicación de un conjunto de instrumentos (en este caso de políticas públicas) a efectos de lograr objetivos externos a ella. Pero en este tránsito suele producirse otra deformación: una especie de ortodoxia de la gestión. No se trata ya de una ortodoxia de fines, sino de una ortodoxia de medios, de instrumentos, valorados per se o en función de objetivos internos a la gestión misma. Este fenómeno trasciende al mero análisis teórico y alcanza a las propias prácticas de gobierno. He aquí un nudo para la política de izquierda.
Dado que la gestión tiene un componente irrenunciable de administración de lo existente, y una inercia (también inevitable) de lógicas que no coinciden con los objetivos del cambio que se pretende impulsar, la ortodoxia tecnoburocrática de la gestión es necesariamente minimalista y conlleva adaptacionismo, conservadurismo, entrando en contradicción con los fines que dan sentido. En este marco, la fidelidad a los principios o la consistencia ideológica (que es una virtud**) suele confundirse incluso a veces con ortodoxia de fines, y se la caracteriza ligeramente como “infantilismo”, mientras que la ortodoxia de medios en la gestión (de la mano de la burocratización) se naturaliza, aliada incluso a una serie de saberes “especializados” establecidos como verdad y que suelen ser reactivos a la participación y por ende funcionales a la conservación de lo viejo, a las concepciones e intereses de fuerzas otrora combatidas, siempre enquistadas en lo que se pretende transformar.
Así las cosas, la gestión debe dejarse desafiar permanentemente si quiere ser gestión del cambio. La administración debe articularse con la transformación si no quiere agotarse en sí misma y dejar todo como está. El hiato no se producirá si esa relación se resuelve adecuadamente.
Nuestros procesos de transformación se encuentran atravesados por estas contradicciones, que no son antagónicas o irreductibles. Esto se expresa en muchas discusiones, las más recientes tal vez sean las referidas al problema de la distribución y la igualdad, donde han aflorado (producto de la ortodoxia de medios) falsas oposiciones, como la planteada entre mejoramiento de la eficiencia del gasto público y cambios tributarios que permitan por ejemplo gravar de forma diferencial rentas extraordinarias, a mi entender ambos aspectos necesarios y complementarios.
En Uruguay, el Frente Amplio en el gobierno viene cambiando el país para bien de nuestro pueblo, y resuelto a seguir haciéndolo, necesita más cambio, lo que constituye un desafío para su propia construcción. El piloto automático no es una opción para la política transformadora. Cuando se dice que no están dadas las condiciones para determinado avance no puede perderse de vista que las condiciones también se construyen arriesgando y con los propios avances, lo que no significa que haya que hacer cualquier cosa de cualquier manera. El culto a la moderación y la cautela –casi como reflejo condicionado– o la apelación a un supuesto saber verdadero que aconseja no cambiar, no es realismo político ni responsabilidad, sino un freno para la profundización.
Lograremos el equilibrio necesario si nos desembarazamos de “ortodoxias”, si enmarcamos nuestras discusiones y decisiones sobre gestión en una racionalidad de fines que no renuncie a la transformación profunda ni se deje ganar por el miedo, la comodidad o el eterno retorno de traumas pasados, sino viviremos presos de infantilismos varios. Ahora se trata también de desafiarnos a nosotros mismos, que esa es la prueba de fuego de la gestión del cambio. Siempre habrá tensiones, pero que sean (al decir de Álvaro García Linera) “tensiones creativas”, de esas que hacen parir lo nuevo, de esas que construyen futuros mejores, más libres, más justos, más solidarios, más humanos. n
*    Secretario político de la Departamental de Montevideo del Partido Socialista del Uruguay, integrante del Comité Central. Profesor de filosofía.
** Diría  “Polo”  Gargano:  “¿Ortodoxo  de  qué?  Si  me  dice  fiel  a  los  ideales  socialistas  de  libertad,  democracia  e  igualdad,  claro  que  sí.  No  creo  en  la  desigualdad.”  (Entrevista  en  el  Semanario  Crónicas,  13/5/2009).     

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