Brecha Digital

Pensar el “nuevo Uruguay”

Los desafíos del desarrollo

Uruguay vive momentos muy atípicos con respecto a lo que fuera toda la segunda mitad del siglo xx. Después de una prolongada época de “achique” en donde la economía poco o nada crecía y la distribución del ingreso por momentos era negativa o meramente anclada en valores estabilizados. Eso fue letal para la sociedad uruguaya: quedó interiorizada la idea del “no se puede” o aceptar lo que sea, por poco de que se trate. A la salida de la crisis de 2002 y en especial a partir de 2005 se produce una sustancial reversión de ese estado de cosas con la convergencia de un escenario mundial muy diferente y con un proyecto político radicalmente diferente al que había estado instalado desde fines de los setenta. Diferente en la concepción de la democracia y de los derechos humanos, en la idea de la distribución del ingreso, o en la consideración productiva. Diferente en todas las políticas sectoriales (telecomunicaciones, matriz energética, política exterior, políticas sociales, seguridad ciudadana, políticas tributarias, políticas culturales).
Este nuevo escenario, así constituido, no solamente conforma un nuevo contexto de la vida social y económica, sino que ofrece un horizonte de posibilidades impensado 15 años atrás. La dinámica de las inversiones internas y externas es solamente un indicador de una potencia creciente que empuja el crecimiento de las fuerzas productivas.
Nada más piénsese en tres conjuntos de inversiones posibles o en curso que nos permiten imaginar un país muy diferente:
1. La refuncionalización de los transportes fluviales. Luego de la casi clausura de este medio de comunicación prácticamente desde fines del siglo xix, se observa un renacer articulado con las hidrovías del Paraná y el Uruguay, y la de las lagunas Merín y De los Patos. En ambos casos se conforma una eficaz vía de salida de una producción creciente que en el caso de la hidrovía de las lagunas tiene como cabeceras a los puertos Tacuarí (Cerro Largo) y Charqueada (Treinta y Tres). Del primero saldrían granos (arroz, soja, etcétera) y del segundo fundamentalmente cal, clínker y madera con destino a la zona metropolitana de San Pablo. En el extremo oeste del país, los puertos del río Uruguay comienzan a revitalizarse articulados con Nueva Palmira de donde también sale la producción propia y de la región. Este renacer de las comunicaciones fluviales además de mejorar la ecuación de costos de los productos nacionales, estará propiciando un fuerte impulso a la integración regional. Ello expresado en el territorio habrá de implicar nuevos desarrollos vinculados a los puntos nodales de este sistema fluvial, sin perjuicio de la totalidad de servicios e industrias que tendrán oportunidad de encontrar allí su desarrollo.

2. En segundo término puede identificarse un conjunto de inversiones de muy alto porte que implican distintas infraestructuras (y si bien cada una de ellas es multipropósito están estrechamente vinculadas en especial en su fase inicial):

• La central eléctrica de ciclo combinado en San José
• La planta regasificadora en Montevideo
• El puerto de aguas profundas en Rocha
• El proyecto minero Aratirí
Todas estas iniciativas tienen justificación propia pero se puede decir que encuentran viabilidad complementándose y en especial con el envión inicial del proyecto Aratirí. La central eléctrica solamente tiene sentido pensando en su funcionamiento a gas natural. La planta regasificadora en buena medida se justifica con un consumo de la escala que va a requerir el proyecto Aratirí (sin perjuicio de las ventas a Argentina) y el puerto de aguas profundas, si bien es una salida y entrada global de mercancías nacionales y regionales, encuentra en Aratirí un fundamental impulso inicial.
Todo ello es capaz de desencadenar un círculo virtuoso con importantes efectos en la economía en su conjunto.

3. La incógnita de los hidrocarburos. Ya se trate de petróleo, de gas o incluso de los esquistos, es una incógnita que en caso de ser resuelta con alguna de esas modalidades, reposicionaría al país en otra dimensión difícil de imaginar. Por ahora sólo hay indicios serios y un proceso de búsqueda de incierto final.

Son estos sólo tres ejemplos del acelerado proceso de desarrollo de las fuerzas productivas. Podrían mencionarse algunos otros de igual o mayor impacto. Sin ánimo de exagerar, es posible afirmar que durante este siglo xxi se está construyendo un país distinto en su base material producto de los cambios productivos ocurridos. Por ahora esto en lo global ha tenido consecuencias positivas para la mayoría de la población (disminución del desempleo, la pobreza, la indigencia, la mortalidad infantil o el fortalecimiento del poder adquisitivo de los hogares).
Tal vez, pueda constatarse que los cambios productivos han ido más rápido que el imaginario de la gente. El “nuevo Uruguay” no acaba de comprenderse plenamente.

LÍNEAS DE RAZONAMIENTO. Lo que interesa reflexionar aquí es cómo se está internalizando esta nueva realidad en lo referido a los desafíos de las formas productivas. Por lo pronto el mayor ruido se produce en determinadas formas de ver la situación, que pueden agruparse en tres líneas de razonamiento:
a. La crítica ambientalista. Con una perspectiva antisistémica o meramente acotada a la ecología, este punto de vista registra minuciosamente los efectos ambientales de las distintas intervenciones, y cuestiona su realización en atención a las modificaciones a producirse.
b. En el otro extremo existe un punto de vista de aceptación acrítica en donde lo único que se valora es la proyección económica de estas iniciativas
c. En tercer término está la crítica sistemática de la oposición política en donde el sentido es la descalificación del gobierno con fines electoreros, apostando a que el fracaso de las inversiones sea una derrota de la autoridad gubernamental. Para ello cualquier argumento sirve ya sea desde una perspectiva ambientalista o la sospecha ética referida a los procedimientos.
Lamentablemente el mayor ruido acerca de estos importantes cambios proviene mayoritariamente de estas vertientes críticas. Los fundamentos positivos de las iniciativas por lo general son parciales y referidos unitariamente a cada intervención concreta.
Tanto en la perspectiva de la oposición como en la crítica ambientalista, lo que más destaca es la ausencia de un proyecto político nacional en el que se inscriba la negación de este desarrollo de las fuerzas productivas. ¿Volver al Uruguay agro pastoril de la clásica oligarquía terrateniente? ¿Replantear el Uruguay plaza financiera? ¿Imaginar un desarrollo autosuficiente y autárquico sustitutivo de las importaciones? ¿Acaso un Uruguay sin inversión productiva para preservar los recursos convalidando su desigual tenencia? Nadie se ha animado a considerar estas posibilidades. La crítica siempre permanece en el hecho puntual.
Está faltando una fundamentación positiva que incorpore consistentemente la perspectiva ambientalista y encuadre estas transformaciones productivas en un proyecto político de país. Aparentemente está fuera de toda duda que un país con justicia social y generalizada solidaridad requiere una base material sólida que permita construir una sociedad distinta y una nueva cultura.
Sin embargo se sigue sin avanzar en definir esta ruta de los cambios al servicio del proyecto de país. La multiplicación de los recursos en educación, investigación, salud o seguridad ciudadana, que todavía son indispensables para garantizar la continuidad del proceso iniciado, deben poder financiarse con recursos genuinos que solamente surgirán si la economía uruguaya es capaz de continuar alentando el desarrollo de las fuerzas productivas.
Ello no habrá de significar nunca el atentar contra los recursos naturales hipotecando el futuro de las próximas generaciones. Con los resguardos adecuados, corresponde alentar el desarrollo sustentable sin una actitud vergonzante. Toda acción humana tiene un impacto en el ambiente. Se trata de rescatar una visión que sepa preservar, asumiendo que siempre existirán impactos, que hay que minimizar.
Tal vez más importante que ello sea avanzar en definir el sentido social del nuevo desarrollo sustentable a promover. ¿Cómo conformar el bloque social de los cambios que apoye este desarrollo? ¿Cómo establecer y regular la asociación público-privada que evite que la inversión pautada por el lucro absorba todos los excedentes? ¿Cómo generar desarrollos colaterales, como el embrión de una industria metalúrgica junto a Aratirí? ¿Cómo desarrollar una industria naviera conjuntamente con los desarrollos portuarios? ¿Cómo generalizar la nueva matriz energética? Son algunas preguntas que correspondería hacerse en lugar de la cacofonía de la crítica negativa que cierra alternativas.
En otras palabras, el país de los cambios requiere la formulación de un proyecto político nacional que asuma con claridad y responsabilidad una idea de desarrollo sustentable. Ello implica asumir que el escenario seguramente será en términos de una economía de mercado en una lógica capitalista, pero dentro de la cual es posible una determinante presencia de la conducción estatal del proceso –la economía sujeta a la política– socialmente apoyada en un bloque policlasista que garantice los objetivos estratégicos del desarrollo sustentable deseado. Es posible un desempeño diferente a la lógica del lucro –aun en el contexto del mercado– que vaya posibilitando la construcción de una sociedad más justa y solidaria, y con otra perspectiva cultural y existencial.n

*    Doctor en sociología. Profesor catedrático de sociología urbana de la Facultad de Arquitectura (Udelar). Integrante del consejo director de la Fundación Vivian Trías.

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