De protagonismos y primicias

Sobre la reaparición de Héctor Amodio Pérez

Lascantho Klaro fue el seudónimo utilizado como remitente en las dos últimas cartas que el hasta ahora supuesto Héctor Amodio Pérez envió entre otros medios a Brecha. La insistente intención del autor de instalarse como protagonista de la agenda pública con su versión de algunos hechos ocurridos hace más de 40 años obtuvo su recompensa esta semana cuando el diario El Observador colocó en portada –con foto actual incluida– la noticia de que por fin alguien había podido “entrevistar” a uno de los personajes más controvertidos de la historia reciente, dispuesto a romper el silencio y a dar a conocer su “verdad aunque no les guste”. Un fantasma dejaba su estado espectral y se colocaba en el mundo de los vivos. La reaparición de Amodio: esa quizás era la principal novedad implícita desde la primera carta. Que sin dudas era una primicia. Pero el contenido del texto –a pesar de mostrar un detallado seguimiento de la prensa nacional y las publicaciones referidas a los tupamaros– no pasaba de ser un caprichoso compendio de anécdotas internas con la pretensión de redimensionar su rol en el mln y relativizar la historia de su traición (que por otra parte no negaba). Pero ¿sería él?, ¿por qué ahora?, ¿para qué?, ¿qué operación política estaba tejiéndose?, ¿urdida por quiénes? Para abonar más las dudas, Brecha descubrió en la página web de los militares presos en Domingo Arena (www.envozalta.org) un escrito de José Gavazzo prologando la publicación en capítulos del libro que Amodio escribió en la cárcel sobre los tupamaros, que comparte la hipótesis de la primera carta fechada el 19 de marzo: Amodio fue utilizado como chivo expiatorio para explicar la derrota militar del mln-t. Las hipótesis y las dudas eran muchas, la importancia de las “revelaciones” casi nula. Sobre todo teniendo en cuenta que –luego de consultar numerosas fuentes entre sus ex compañeros– estaba claro que su versión se conformaba de varias falsedades, algunas verdades y algunas medias verdades. Un cóctel que cuadraba perfecto en el esquema de una campaña de desinformación, clásica de los servicios secretos. Sólo una hipótesis más, obligada quizás por la manera oblicua que Amodio escogió para reaparecer y buscar la legitimidad de algunos medios de prensa sin preocuparse mucho por dejar en claro que no se trataba de un caso de usurpación de identidad.
Brecha ya explicó a sus lectores las razones por las cuales –a pesar de seguir investigando el tema– no publicaría el contenido de las cartas hasta no tener la legitimación de la fuente y la autenticidad de la información que aportaba. Para ello fue que le propusimos al supuesto Amodio una entrevista, que amén de agradecer en la siguiente carta, nunca nos concedió. Repropuso sí, que publicáramos las preguntas y él las respondería por carta. Un método que ofrece pocas garantías para desarrollar el tipo de periodismo que intentamos ejercer. Una entrevista –como la entendemos– tiene que tener la posibilidad de verse las caras –aunque sea por Skype– y evaluar las reacciones y los silencios, tiene que habilitar la repregunta, la profundización y el contraste de informaciones y versiones. Más tratándose, como en este caso, de un personaje que sale de una clandestinidad de cuatro décadas y quiere reescribir una parte de la historia.
Ni por oscuros motivos, ni por mantener intocada la historia oficial de los tupamaros, ni por subestimar a los lectores. Ninguna de esas razones explica la postura de no publicar las cartas. Las pretensiones de quien dice ser Héctor Amodio Pérez no necesariamente coinciden con la importancia de lo que quiere exponer o con la contundencia de lo que expresa como su verdad. Darle voz a Amodio sin exigencias, sin repreguntas, sin contextualizaciones, persiguiendo sólo la espectacularidad de la noticia, nunca nos pareció el camino correcto. Y aceptar su versión sin más abonaría implícitamente la teoría de los dos demonios, como si no se tratara de un personaje que se pasó de bando y formó parte del terrorismo de Estado. Presentarlo como un simple disidente –casi un mártir o una víctima– que viene a revelar los conflictos internos de la organización política que fundó es olvidar que existen decenas de testimonios que lo señalan como colaborador del mismo aparato represivo que sistematizó la tortura y las desapariciones.
Con cartas o sin ellas, no entendemos el periodismo como un juego donde vale todo con tal de vender muchos ejemplares. Ojalá algún día se pueda concretar la entrevista ofrecida, y en ella, como dice, “nos la cante claro”.

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