Tranquilo con la vida
- Última actualización en 07 Diciembre 2012
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
Oscar Niemeyer (1907-2012)
En unos días hubiera cumplido 105 años. En los últimos dos estuvo internado más de una vez por distintas afecciones, y hasta más de alguno anunció su muerte cuando el apellido Niemeyer apareció en titulares unido a la parca, y en realidad quien había fallecido era su hija, ya con 82 años.
Es que Niemeyer parecía inmortal. Que tanta longevidad estuviera unida a una vida de tan imponentes realizaciones, y desde un país del tamaño y la complejidad del suyo, lo ubicaba fácilmente en el terreno de la desmesura. Dice O Globo que, internado en el hospital, en 2010, para no aburrirse comenzó a armar la letra de una canción a la que su enfermero le puso melodía, y que así nació un samba, que luego finalizó Edu Krieger, al que titularon “Tranquilo con la vida”.
Todo dicho, ¿no?
Niemeyer no sólo es el arquitecto de Brasilia y del museo de Niteroi, del sambódromo y de los ciep, del diario L’Humanité y el conjunto de Le Havre y la Universidad de Ciencias en Argelia y de tantas otras obras majestuosas y desafiantes que regó por su país y por el mundo. Es también el último de una generación –o de un par de ellas– que marcó para siempre los destinos de Brasil, que floreció en los años treinta del siglo pasado movilizando, cuestionando, creando, y anunciando lo nuevo en los caminos de lo social, lo artístico, lo cultural, lo político. La que creó una idea –según Eric Hobsbawm– de lo que el país podía llegar a ser. Una generación que desató un movimiento aluvional que siguió luego, y que comprende tanto a Gilberto Freyre, Graciliano Ramos, Monteiro Lobato, Candido Portinari, Lucio Costa, Haroldo y Augusto de Campos, Oswald de Andrade, Guimarães Rosa, Drummond de Andrade, como a la Semana de Arte Moderno de San Pablo y a políticos como Juscelino Kubitschek, el más famoso de los presidentes brasileños, o Carlos Prestes, el más paradigmático de los revolucionarios marxistas. La arquitectura, el arte, la música, las ciencias sociales, la literatura, las artes plásticas, y por caminos más sinuosos también la política, interpelaban a la vez a su sociedad y a sus propios códigos, sin cerrarse al mundo sino apropiándose de él, procurando lenguajes nuevos para un país nuevo.
Niemeyer estuvo cerca de todos ellos, estuvo con ellos, trabajó con ellos, y los sobrevivió a todos. Siempre se lo menciona, y seguramente se lo recordará, como “el arquitecto de Brasilia”, el que pobló el trazo ideado por Lúcio Costa para la ciudad que obsesionaba a Kubitschek, con las gráciles columnas del Palacio de la Alvorada, las dos medias cúpulas del Congreso a ambos lados de las torres, el haz de piezas de la catedral, las casi danzantes columnas del palacio de Planalto, y los otros palacios, institutos, el aeropuerto, todo distinto, todo enorme, una arquitectura que tiene mucho de escultura y todo de la fuerza simbólica que requería la nueva capital de un país que se definía desde la grandeza. (Es bien conocido que este asunto de las dimensiones resultó más que polémico, en especial en lo que respecta a la Plaza de los Tres Poderes y con un clima como el de esa región, algo que también le pasaría a Le Corbusier a propósito de Chandigar, en la India: “¿Alguien plantaría árboles en la Plaza de San Marcos en Venecia?”, se burlaba Niemeyer.)
Pero antes de Brasilia, comenzada en 1956, hay varios años de ejercicio de una profesión, de aprendizaje de principios, de afinamiento de un lenguaje, de asunción de técnicas, y de un espíritu capaz de manejarlos, aun en sus contradicciones. Entró muy joven al estudio de Lúcio Costa, que le llevaba cinco años. Costa lo invitó a diseñar con él el pabellón de Brasil en la Feria Internacional de Nueva York en 1938, y ambos formaron parte del equipo de arquitectos convocados por Gustavo Capanema, ministro de Educación en el “Estado novo” de Getúlio Vargas, para construir para su ministerio un edificio acorde a los nuevos tiempos, y al que por iniciativa de Costa se invitó también a Le Corbusier como asesor. Allí está aún el resultado –hoy llamado Edificio Capanema–, un manifiesto de los principios de la arquitectura moderna con un volumen vertical sobre pilotes y otro bajo, horizontal, que lo cruza por debajo, y con su terraza jardín, sus brise-soleil, su austeridad general. Un manifiesto que fue posible gracias a que Niemeyer reformulara el proyecto propuesto por Le Corbusier, en principio imposible de ejecutar porque sobrepasaba las dimensiones del predio, pero que sobre todo dio impulso, con la autoridad de la presencia del maestro suizo, a las tendencias renovadoras en la arquitectura que aún se enfrentaban a las propuestas historicistas. Niemeyer siguió respetando y admirando a Le Corbusier durante toda su vida –es notable la historia que los vincula en el diseño del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, con Niemeyer cediéndole la diestra a su maestro–. Aunque puesto a desarrollar su propio lenguaje arquitectónico es claro que las definiciones de Le Corbusier son tamizadas y hasta dadas vuelta por un temperamento y una cultura de signo bien diferente, “una arquitectura más de acuerdo con nuestro clima, más leve, más vaciada, venciendo el espacio”. Nada raro en alguien para quien la arquitectura nace sólo si nace una forma nueva, invención y no repetición, ya que “si uno se ocupa sólo de la función, el resultado es una mierda”.
No mucho después de la gestación del ministerio, ya al inicio de los años cuarenta, Kubitschek, entonces alcalde de Belo Horizonte, encargó a Niemeyer el diseño de un barrio exclusivo en las orillas del lago de Pampulha. Con 35 años, Niemeyer obtiene su primera obra maestra: el casino, luego Museo de Arte Contemporáneo, la iglesia con los frescos y azulejos de Portinari, un teatro, la galería que tiene la forma grácil de una serpentina. Pampulha es el comienzo de Brasilia, diría Niemeyer. Cuando una década después comienzan los trabajos de la nueva capital, no sólo son el nuevo urbanismo y la nueva arquitectura las que se ponen en movimiento. Niemeyer, amigo de Prestes y afiliado al Partido Comunista desde el comienzo de los años cuarenta, encontraba en la febril conjunción de tareas que ponía lado a lado –en recorridos, comidas, trabajos, campamentos– a técnicos, dirigentes, artistas y obreros el preanuncio de una nueva sociedad, más justa y solidaria.
Brasilia se inauguró en 1960. (No mucho después llegaría la dictadura y con ella un exilio que amargó a Niemeyer pero le permitió ejecutar varias obras también importantes, también de gran escala, en Europa y en África.) Entonces se acabó el sueño. “Empezaron a venir los políticos, los hombres de negocios, las diferencias de clase. Toda la misma mierda, hasta hoy”, lamentaba un escéptico Niemeyer.
EL ARQUITECTO Y EL OTRO. Es que ese hombre tuvo tiempo, carácter y suerte para abrigar todas las esperanzas y todas las contradicciones. Fue el arquitecto de las grandes obras, sólo posibles si auspiciadas y autorizadas por el poder, aunque hizo algunas a otra escala, como el monumento llamado “Tortura nunca más”, o el que realizó en homenaje a tres obreros asesinados en Volta Redonda, que sufrió un atentado el día de su inauguración y Niemeyer rehizo manteniendo las señales de la explosión. Pero el listado de sus construcciones en gran escala es tan apabullante que su persistencia en declararse comunista –aunque se fue del partido en los años noventa– y su admiración por el Movimiento de los Sin Tierra y por Fidel Castro demuestran que lo contradictorio era lo suyo. Una falta de acuerdos íntimos, no resuelta, pero jamás oculta. Lujo de los grandes.
¿La arquitectura? Nada importante: “Lo importante son las mujeres, ¿no? Lo demás es broma…”. Pero también (entrevista que puede leerse en bbc.com), lo importante es “La propia vida, ¿no es cierto? Trabajar, tener amigos, ser correcto. Sentir que es necesario cambiar el mundo, que es perverso. Transformar la sociedad para hacer al hombre más feliz, más solidario”. El arquitecto de los grandes equilibrios, de la forma única, reconoce que, al fin, sólo los disfrutan los ricos: “los pobres están ahí jodidos, en las favelas”. En las muchas entrevistas y declaraciones de Niemeyer que pueden rastrearse en la red, alternan el escepticismo y la esperanza, y siempre un espíritu socarrón que se burla de las mayúsculas adosadas a su nombre: “Nació, murió, se jodió”, es su síntesis del destino humano, aunque pocos minutos después lo reivindica: “empezó como cualquier otro animal y pronto estará caminando por las estrellas”. n
(Las citas de frases de Niemeyer corresponden al documental Niemeyer. La vida es un soplo, de Fabiano Maciel, 2006.)


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