Bentham fue mundialmente famoso en su época. Fue filósofo, jurista y, sobre todo, economista. Por ejemplo, fue Bentham quien asoció indeleblemente la felicidad al principio de utilidad. “La mayor cantidad de felicidad para el mayor número de gente”, fue su divisa. Y hasta quiso calcularla, concibió la idea de un “felicific calculus” (tristemente, no le cuadraron las sumas).
Pero Jeremy no sólo se ocupaba en calcular la felicidad, también se dio tiempo de proponer reformas políticas para conseguirla. (Todo economista sueña con que le presten las políticas públicas para jugar con ellas un ratito.) El más notable y revolucionario de sus proyectos es un edificio circular llamado “panopticón”. Bentham ensalzó así sus objetivos: “Reformar la moral, preservar la salud, vigorizar la industria, difundir la instrucción, aliviar los gastos públicos... ¡y todo mediante una simple idea en arquitectura!”. Supongo que el lector curioso estará ardiendo de impaciencia. ¿Cuál habrá sido esa simple y genial idea arquitectónica para mejorar el mundo? Pues fácil: una cárcel. ¡La cárcel perfecta!
El panopticón sería un edificio redondo, compuesto de numerosas celdas solitarias, provistas de grandes ventanas enrejadas, todas las cuales podrían ser vigiladas por un solo guardián atisbando desde una torre en el centro del círculo. Esencial en la idea (como lo notó Foucault), es que el guardián podría ver a los reclusos pero éstos no a él. Siendo Jeremy un economista utilitario, la gracia era rentabilizar el concepto, así que no se limitó a proponerlo para penitenciarías. También afirmó que sería: “aplicable a industrias, asilos de pobres, lazaretos, hospitales, manicomios y escuelas”.
El capítulo XXI de su libro sobre el panopticón, referido a los colegios, podría ser considerado por los reformadores educacionales de hoy día. En él, Jeremy recomienda su sistema no sólo para vigilar que los niños estudien, sino especialmente para cautelar la virginidad de las niñas. “Qué grandes ventajas ofrecería un internado para jovencitas diseñado conforme a este plan”, exclama, encandilado por las rentabilidades.
¡A la cárcel con las vírgenes! Las estoy viendo a cada una en su celdilla, observadas día y noche por el ojo invisible del Gran Panopticón. Mientras los estudiantes, encerrados en las suyas, y privados de acceso a las vírgenes, quedarían obligados a lo que más detestan: estudiar.
Junto con sus aspectos cómicos, hay algo perturbador en esta “simple idea arquitectónica” del antepasado de las economías utilitarias. Algo que evoca los laberintos perfectamente racionales de Borges, como la Biblioteca de Babel: “El universo es (...) un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas”; o las carceri d’invenzione, en los dibujos de Piranesi; o esos objetos de Escher, en los que una vez que la mirada entra ya no puede salir. Aberraciones de la lógica cuyo territorio es la imaginación y el arte y la literatura. Pero que cuando son propuestos para mejorar este mundo y su vida cotidiana, revelan la terrible intuición de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”.
Monstruos de la razón siniestros, como los campos de prisioneros donde los nazis realizaron en parte el ideal benthamiano: un solo nido de ametralladoras en la torre podía barrer las calles radiales del campo. O monstruos más o menos benignos, como los cubículos de trabajo en las oficinas contemporáneas, esas celdillas donde los empleados laboran a la vista para ser mejor vigilados desde las ventanas del jefe. O los sistemas de circuito cerrado que nos espían cada vez en más sitios, bajo el sano pretexto de protegernos. Las razones para el panopticón son muchas: ahorro en guardias, optimización de los recursos, rentabilidades idealizadas por el análisis costo-beneficio (del cual Bentham es uno de los precursores). Y, sin embargo, tanta racionalidad económica se abraza con la fantasía y por allí entra en el delirio.
Jeremy percibió las potencialidades de aplicar su panopticón en Latinoamérica. Hacia 1810 reunió en su casa de Londres a Simón Bolívar, Francisco de Miranda y Andrés Bello, entre otros. Les recomendó a esos próceres las virtudes de la economía utilitaria y la codificación legal (que Bello llevaría a cabo en Chile). De pasadita, aprovechó a venderles su proyecto de vigilancia rentabilizada para aplicarse en las futuras repúblicas su-damericanas. Y le fue muy bien. Las más antiguas y principales cárceles de nuestros países siguieron el modelo de Bentham. La famosa cárcel de Lecumberri, en México df, la Penitenciaría de Santiago, la cárcel de Miguelete en Montevideo. Jeremy resultó ser un gran vendedor.
Sospecho que el panopticón aún tiene adeptos entusiastas en América Latina, especialmente entre los reformadores de nuestra educación. Imagino a un Jeremy contemporáneo en una reunión de gabinete, manipulando estadísticas con un Power Point, y diciendo: “Señores ministros, anímense, el proyecto es barato, el riesgo es bajo. Nuestros índices educativos mejorarían con un panopticón. Y además, recuerden lo mejor: nuestras vírgenes tendrían una sola manera de evitar la cárcel: desvirgarse”. n
* Publicado en la página web El Espejo de tinta, reproducido en Brecha con autorización de su autor.