Caminante caminado

Carlos Bonavita siempre me decía: “Si es verdad eso de que se hace camino al andar, vos tendrías que ser ministro de Obras Públicas”.

A mis pies les gusta dejarse ir por la costa de Montevideo, a orillas del Río de la Plata. En 1656, Antonio de León Pinelo escribió en Madrid que éste era uno de los cuatro ríos del Edén. Creo que exageró un poquito, la verdad sea dicha, aunque allá en mi infancia, o al menos en mi memoria, sus aguas eran transparentes.
Han pasado los años, y ya no son transparentes las aguas de este río ancho como mar, pero yo sigo caminando sus orillas mientras en mí camina, caminante caminado, la tierra donde nací.  
Camino y en mis adentros las palabras van y vienen, yendo al encuentro de otras palabras, para contar las historias que quieren contar.
En mis análisis de sangre siempre aparecen más palabras que glóbulos. Y el médico me dice, frunciendo el ceño: “El colesterol está dentro de los límites, pero las palabras…”.
Caminando escribo. O mejor dicho, los libros me escriben, poquito a poco, mientras caminando voy. Y en estos días unos amigos, recién llegados de Estambul, me cuentan que en lengua turca las dos palabras, caminar y corazón, tienen la misma raíz (yürümek, yürek).

 

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