Último vuelo del Caravelle oriental

Ladislao Mazurkiewicz (1945-2012)

En el transcurso de la segunda mitad de la década del 60, Heber Pintos, “el relator que televisa con la palabra”, desplazó a Carlos Solé entre los radioescuchas jóvenes y atinó a igualarse con los veteranos. Durante sus relatos, Pintos solía apoyarse en latiguillos verbales. Uno de ellos, “voló como un Caravelle”, estaba exclusivamente destinado a los arqueros. El Caravelle era un avión elegante, ágil, espigado, racional, moderno y orgullosamente francés. Mazurkiewicz, el más activo, emblemático y ganador entre los arqueros de la época, fue, por lógica, el más frecuente entre sus émulos imaginarios.

Como sea, el apodo, el chascarrillo o la comparación le vinieron como anillo al dedo. Él también era, en su actividad profesional, elegante y ágil, lucía espigado aunque no lo fuera tanto, prefería el cálculo racional frente al embate o al shot del delantero a la salvada providencial, y representaba a la perfección el orgullo uruguayo, o polaco, o ambos a la vez. Un toque de injusticia poética relativizaba, sin embargo, la propiedad de la definición. La racionalidad de Mazurkiewicz se basaba en elegir el lugar adecuado en el momento adecuado cuando el rival menos (se) lo espera. En estar ahí sin que el otro se diera cuenta. En hacer aparentemente fácil lo implacablemente difícil. En regalar confianza a los compañeros y quitársela a los contrincantes. En achicar espacios. En adelantarse a la jugada. En volar sólo y cuando fuera estrictamente necesario. En convertir al Caravelle en un vehículo con todas sus ruedas sobre la tierra. 
En desplegar, en definitiva, una cualidad que, ante un requerimiento periodístico, Néstor “Tito” Goncalves, guía y capitán del Peñarol que lo catapultó al estrellato, definió, a su manera y mejor que nadie, más o menos así: “cuanto más brava la parada, mejor andaba; cuanto más nerviosos nosotros, más tranquilo él”. Otros interlocutores, menos espontáneos, más académicos, dirían que tenía “clase”.
Con esa clase se fue ganando su lugar. En las inferiores de Racing y en una selección juvenil, hasta 1964. Ese mismo año y ya en primera, en un histórico partido ante los deslumbrados delanteros de Peñarol. En la temporada siguiente y como integrante de su ex rival, con 19 años recién cumplidos, en un imprevisto debut por defección, reclamo salarial o indisciplina (nunca se supo, o si se supo nunca se confirmó) del titular Luis Maidana, ante el Santos de Pelé, por semifinales de Copa Libertadores. Debut y semifinales coronados por la victoria, claro. Otra defección, ahora por lesión, del arquero seleccionado Roberto Sosa, motivó que el dt Ondino Viera lo pusiera de titular en uno de los partidos preparatorios para el Mundial de Inglaterra de 1966... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

 

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