Brecha Digital

Río vivo

Encorvándose sobre la cruz de los caballos esquivaban el ramerío y el ñapindá; la picada estaba sucia. Al fin llegó el rumor del Paso Real. Arreciaban los tábanos, las moscas, el “bicho chico”. Antes de cruzar el Río Negro dejaron abrevar a los caballos sudorosos. Ávidamente, los hombres imitaban a los animales. Con el agua a la cintura, los caballos de tiro pasaron a Tacuarembó. Desensillar no es trabajo exigente para los humildes: recados simples, pelegos, alguna cincha, los menos freno, otros bozal indio.

Arrearon los animales al agua bañándolos con la ayuda del chambergo o a pura mano. Renacía la voz humana, pausada, cauta, amortiguada por la inmensidad verde del monte. En la orilla liberaron a los caballos. Ismael se echó al agua junto a su gente. Agua oscura, dulce, del Hum.

 

Mi abuelo brasileño llamábase Catón. Su decimosexto hijo, mi padre, apoyaba su mano en mi hombro de 4 años, empujándome levemente, incitándome.
—Quitate la ropa y tirate. No tengas miedo, el agua corre poco.
Era el Paso Real. Es probable que algunos guayabos, coronillas, virarós y sauces que nos rodeaban fueran sobrevivientes de la patria vieja. Me invadió el agua tibia, cegándome, dulce jugo de sandía.
Después de varios quilómetros recorridos por la picada del margen tacuaremboense se arribaba a una pequeña ceja de arena y piedra surgida, bruscamente, al pie de la floresta apabullante. Detenido el carro en un pequeño claro, la gente macheteó, hachó, limpió unos metros para maniobrar en lugar visible, evitando yaras y cruceras, facilitando el lugar para una carpa de lona a la vera del río, a distancia prudente del fogón que de inmediato surgió. Desde mi refugio líquido veía a Juancillo poniendo el asado en la parrilla, en tanto que dirigía la mirada paralela a la superficie, al ras, sin advertir otra cosa que un angosto camino verdeoscuro entre el follaje que lo estrechaba. Por encima, subrepticiamente, una fina franja de cielo sin sol.
Mientras encendía el farol a querosene, papá ordenó:
—Poné todo, Juan; a la vuelta comemos lo que sobre, en frío. ¡Un manjar! Hijo, salí del agua y secate.

A diente y cuchillo, restregando con precisión la carne en la fariña, saciáronse los hombres. Yo lidiaba mi porción en plato cuartelero y tenedor, más lajas de galleta.
—No hay luna, Juan Francisco, linda noche –auguró Machado.
—Tenemos que ir a la Cancha de las Palmeras, frente al Chileno; allí hay lugar para el trasmallo y pescao grande a bocha –medió Juancillo, con el apoyo de mi padre.
—Ese es el lugar. Allí estaremos –confirmó.
Ya en noche cerrada, a la luz del fogón, encendió el farol a querosene. Los demás descubrieron el bote que, escondido en la vegetación orillera, reclamaba achique, guasquillas para los toletes más un par de remos. Cargaron la pesada red, machetes, una escopeta del 16. Subieron, el último mi padre, atravesada en la cintura, como un facón, la gran linterna de seis pilas. Una mirada hacia mí, una sonrisa, unas palabras:
—Volvemos en un rato. Dormí tranquilo.
—¡Santiago, hacete cargo, cualquier cosa dos tiros corridos!
Se sentó en la popa, blanca la camisa sobre la ancha espalda, perdiéndose en la negrura.

Las barboletas se suicidaban contra el tubo de vidrio hirviente del farol, rodeadas de un séquito de mosquitos, mariposillas, cascarudos que aparecían y desaparecían fantasmagóricamente. Santiago me alcanzó un puñado de redondas, negras pitangas recién enjuagadas en el río. Estallaban en mi boca inundándome de dulzor y aromas conjugados con el perfume de los arazás dominantes. Breves chasquidos de los coronillas en el fogón emitían puntos rojos voladores, calcinantes.
—Corré el pelego más atrás, muchacho. Te van a quemar las chispas del fuego –advirtióme Santiago. Corrí el pelego hacia la oscuridad. Me estiré somnoliento sobre la lana espesa, suave, con los pies sobre la arena fresca, levemente húmeda.
Un gemido largo, estremecedor, vino de la espesura.
—Mano pelada buscando hembra. Parece una mujer pariendo –explicó Santiago. Recordé a tía Angelina pariendo en casa. En algo se parecía.
“Santiago es un hermano postizo, de criación. ¿Entiende, hijo?”, decía mi madre en una clase sobre parentelas de familia numerosa: medio hermanos de sangre, primos segundos, tías políticas del vasto, intrincado árbol genealógico, aún incomprensible para mí.
Santiago, hijo de José de Lima, fallecido, mateaba para correr el sueño, mientras de tanto en tanto empinaba la botella de caña blanca. El gran Winchester 44 reposaba, apoyado el grueso caño sobre un tronco, la culata sobre la blanca arena.

Desperté en brazos de mi padre. Sentí frío, me arrebujé contra su pecho. Mientras él caminaba conmigo unos pasos, me agarró de la cintura elevándome sobre la cabeza, al grito de:
—¡Mire, hijo!
A sus pies bagres variopintos, patíes desmesurados, tarariras oscuras, palometas, pejerreyes, destellantes dorados, oro y rojo, sacudiéndose en la arena. Los hombres con el agua a la rodilla, sonrientes, brillándoles los ojos, golpeando las manos sobre el agua acompañaron con vivas el vozarrón de Machado:
—¡Vale trago por el gurisito suertudo!
Permanecí aferrado a mi padre. Sentí miedo ante tanta belleza. Sonreía y lagrimeaba porque los peces estaban muriendo. Con presteza los hombreas faenaron, enjuagaron, unieron con tiras de envira a tríos y pares de animales, según tamaños, calidades, destinos, alzándolos finalmente al carro.
Hablaban como explicando, justificando, buscando consenso.
—Éstos son para Anita Gamboa.
—¿Doctor, usted quiere un dorado?
Nadie objetaba nada, reían, bebían.
Habían arrojado las vísceras al río en un pequeño radio. Allí el agua bullía, estremecida por innumerables mojarras, dientudos, todos peces pequeños, hartándose en aquel banquete macabro. Aquella frenética actividad interrumpía el lento ir de la cinta oscura que corría hacia el oeste. El sol estaba en algún lado. Los tábanos, las moscas, revivieron. Los martín pescadores saeteaban el cardumen con harta ganancia. Subí al pescante del carro, junto a mi padre y Santiago. El resto nos seguía por la picada, jaraneándose, turnándose en la botella inacabada.
El gran malacara trajinaba el duro camino de la picada, meneando las orejas molesto por los tábanos, pero feliz porque iba hacia la querencia. Tal vez soñaba con un ronzal pleno de maíz.
Una voz dijo:
—Fue una buena pesca. El río todavía está vivo. n

Comentarios   

 
+1 #4 Mat Zar 24-01-2013 14:53
Muy buen cuento, el paso real o paso real de mazangano apesar del descuido y las represas sigue siendo un lugar maravilloso para visitar.
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0 #3 Luis Muñoz 24-01-2013 07:14
Estimado ,estos son los hermosos cuentos que en algun momento vivi en mi infancia,me trae grandes recuerdos cuando era niño alla por el río Yi,en Sarandi del Yi.
Bueno la verdad me ha dejado anonadado con ese hermoso cuento,campecha no.Un fuerte abrazo desde la Peninsula del Sinaí le envia un soldado oriental.
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+2 #2 Marcelo Loureiro 23-01-2013 15:06
Es muy interesante la mención de la presencia de dorados, patíes y palometas (pirañas), en esa parte del Río Negro; en la actualidad están todos extinguidos de esa zona (junto con sábalos, bogas, surubíes) debido a las represas.
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+1 #1 HEBER ALEGRE 19-01-2013 13:26
Hermosa la descripcion . Para los que somos del interior..y hemos echo esas ''patriadas'' y [hacemos aun] muy grafico todo.. Lastima que el uruguayito medio..por no decir en su gran mayoria ni siquiera con la imaginacion puede tocar todas esas cosas que aun en vastos rincones de nuestro paisito existen. Por los avatares de la sociedad moderna cada ves estan mas lejos de la naturaleza, llegandose al colmo de ni siquiera saber hacer fuego..muy bueno. gracias
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