Muerte y segura resurrección
- Última actualización en 15 Febrero 2013
- Escrito por: Fernando Ordóñez
Sobre la renuncia del papa
Los tiempos que nos han tocado vivir resultaron más apocalípticos que utópicos, menos comprometidos que cosméticos. Profecías y conspiraciones varias inundan nuestra vida cotidiana. Así, cuando una noticia sacude al mundo y tiene como ingredientes al papa, una abdicación y el tradicional sigilo del Vaticano, es de esperar una historia truculenta, siempre evasiva y que seguro implica a algunos curas necesariamente perversos que, por motivos forzosamente oscuros, estarán tramando una nueva aberración digna de archicriminales de historieta.
Claro que si el evento en cuestión es ejecutado por un papa –incuestionablemente medieval para el gran público–, algo que no sucedía desde hacía varios siglos, se justifica la sorpresa y la enorme cantidad de reflexiones que hemos podido leer en esta magna ocasión.
Cuando en abril de 2005 Benedicto XVI emergió como sucesor de Pedro a pocos sorprendió el resultado, menos aun podía dudarse de los posibles derroteros que el gobierno del catolicismo recorrería bajo su liderazgo. Habiendo sido uno de los hombres clave del pontificado de Juan Pablo II, Ratzinger dejó claro desde el vamos que el suyo sería un proceso de continuidad. En todo caso, la novedad estaría en el estilo del ejercicio del poder, más preciso en contenidos y restaurador de un cierto boato y una preocupación por el esplendor del pontificado.
Pero incluso ciertos gestos casi frívolos del pontífice –como sus preferencias en zapatos y lentes– han de ser leídos desde su particular mirada sobre la Iglesia y su evento más importante en la modernidad, el Concilio Vaticano II (1962-1965).
La racionalidad que guió su accionar no fue diferente a la que utilizó como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y que expuso ante la Curia romana en 2005. Allí el papa se preguntó: “¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio, de su correcta lectura y aplicación”.
Y en este sentido no dudaba de que los problemas se centraban en la lucha de dos hermenéuticas contrarias: la “de la discontinuidad y de la ruptura” –con mejor prensa y relación con la modernidad– se confrontaba con la “de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia que el Señor ha dado, un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino”.
Ambas tradiciones teológicas abogaron por un “retorno a las fuentes”, tanto en los textos canónicos de la Biblia como en los escritos de los padres de la Iglesia, pero en el primer caso la realidad ha supuesto un punto de partida, mientras que para la segunda el mapa de navegación nace de la relectura de la tradición de la Iglesia en este contexto histórico, bajo el supuesto de que la Iglesia es una comunidad poseedora de una verdad revelada que la ofrece a la humanidad de manera inalterada.
Estas dos aproximaciones, que han de parecer abstractas, por el contrario ofrecen programas pastorales, desarrollos institucionales y políticos muy diferentes, y en la historia reciente del catolicismo implicaron dos eclesiologías de difícil conjugación.
Desde Juan Pablo II, fortalecer esta mirada de continuidad con la tradición ha reformado el mapa del episcopado mundial, nombrando obispos y promoviendo movimientos que sostuvieran esta perspectiva, mientras se limitaba por múltiples medios el desarrollo de otras experiencias de fe, donde la realidad constituyera el punto de partida de la experiencia cristiana –con las consecuencias políticas que eso implica–. Los dos últimos pontífices fueron tremendamente eficaces en esto, al punto que los actuales conflictos en la Curia romana no tienen contenidos ideológicos que transformen de fondo la perspectiva conservadora. Las peleas de palacio no parecen vincularse a líneas pastorales sino a problemas de poder. Incluso los informes económicos no parecen obligar a una decisión como a la que asistimos, ya que el déficit del Vaticano es de larga data y los últimos problemas con las finanzas son irrelevantes con relación a escándalos del pasado reciente.
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Desde esta perspectiva el pontificado que termina nos deja una Iglesia ordenada desde sus jerarquías, donde los disensos son eficazmente controlados, al punto que la novedad del próximo papado puede estar más en la procedencia del mismo que en los grandes cambios que el nuevo pontífice pueda ofrecer. Las fuerzas centrípetas parecen estar garantizadas.
Por otra parte, los horrendos escándalos de pederastia se están procesando por vías judiciales y por sendos procesos internos en buena parte de los países. A la política vaticana se sumaron múltiples documentos de congregaciones religiosas que establecieron sus reglas respecto al tema del abuso sexual, y dichas normas están en vigor. De hecho, Benedicto XVI, con mayor claridad que su predecesor, ostenta el récord de dimisiones forzadas de obispos, sea por temas disciplinares, morales o teológicos. La suspensión de todo ministerio al fundador de los Legionarios de Cristo Marcial Maciel es un claro ejemplo de este movimiento disciplinador.
La centralidad recuperada en estos pontificados hizo fuerte hincapié en la expresión cultural de la fe, buscando siempre recortar la experimentación celebrativa. Esta normalización litúrgica se exacerbó con Benedicto XVI, con un fuerte eco entre el tradicionalismo católico, incluso en grupos conservadores en conflicto con Roma. Este proceso afectó incluso a grupos de corte conservador, como los neocatecumenales, que vieron revisadas sus prácticas litúrgicas. Por encima de todo y todos está la centralidad de Roma y su obispo con una jurisdicción y capacidad de discernimiento que superan las diferencias culturales.
Este programa centralista desde lo pastoral supone una perspectiva unívoca sobre la verdad, lo cual hace todo esfuerzo de diálogo, si no vacuo, al menos problemático. En este sentido, los diálogos ecuménicos e interculturales han sufrido un pronunciado retroceso durante este período.
En síntesis, este pontificado no se cierra en una derrota. Benedicto XVI es parte de un proyecto eclesial que se despliega desde hace décadas y que en su pontificado perfiló mejor algunos aspectos, pero siempre modulando una Iglesia cada vez más centrada en sí y en la que los diálogos con el mundo tienden a dificultarse.
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Los problemas de la posmodernidad quedan pendientes. La centralidad romana sigue chocando con la sensibilidad cultural contemporánea, tanto de propios como de ajenos. Un mundo que recupera lo diverso como valor aparece como desafío insustituible para la fe cristiana, pues vivimos en un universo sin certezas pero que desea verdades que puedan expresar las búsquedas de sentidos personales y colectivos, que son, en su base, diversos y parciales. El futuro pontífice seguirá teniendo el desafío de orientar a su Iglesia hacia una comprensión de la verdad que sustenta, que es básicamente existencial, porque de acuerdo a sus propias enseñazas esa verdad es Jesús mismo. La perspectiva de género, nuevas formas de ciudadanía eclesial, la lógica de los derechos humanos, la financiación de la Iglesia, la formación, captación y vida afectiva de sus líderes, así como el rol de los laicos, seguirán golpeando a las ventanas de una Iglesia que ya no puede cerrarse del todo, porque sencillamente estamos en otra época.
Sin duda en este gesto, casi posmoderno, de un papa que se anima a decir que es viejo y que no puede con la tarea hay una clave para el futuro de la Iglesia Católica y del mundo todo. Muy pocos ostentadores del poder se desprenden de él, considerándose prescindibles. Esa libertad interior supone un sujeto que reconoce su finitud y límite, así como su necesidad de otros. En este gesto ofrece una ruptura que también sacude las ventanas de la vieja Iglesia romana.
Y quién le dice, por ahí se nos alinean los astros, el cinturón de fotones de la galaxia nos afecta bien, u otras profecías de mayas o san Malaquías nos dan suerte y ligamos un buen papa; y aun mejor, algún otro de los líderes enfermos o con chochera que andan por ahí nos da otra alegría cualquier día de éstos.


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