La caída de Oscar Pistorius

De cyborg star a probable asesino

Todos los héroes felices se parecen, en cambio los desdichados lo son cada uno a su manera. ¿Es posible tomar los casos más recientes de estrellas del deporte en desgracia y parafrasear la línea inicial tantas veces citada del Anna Karenina de Tolstoi? Tras la caída del ciclista Lance Armstrong, vinculada a la revelación de la práctica sistemática del dopaje, llegó la del sudafricano Oscar Pistorius: el jueves 14 habría disparado a su novia en un caso que se parece demasiado a esas noticias lamentablemente cotidianas de violencia doméstica.

El más extraordinario de los héroes deportivos con el más ordinario de los finales.
Un atleta paralímpico compitiendo en igualdad de condiciones con la elite del atletismo mundial gracias a un par de piernas artificiales. Un cyborg que, según Philippe Liotard, “interroga sobre los límites del cuerpo y la potencialidad de un matrimonio entre el metal y la carne, el organismo y la máquina”. Una versión moderna del centauro. El estudioso de los símbolos Juan Eduardo Cirlot explicaba que el centauro lleva en su interior una inusual capacidad de inquietar, mostrando cómo el elemento inferior, animal, domina plenamente sobre el torso humano. Por algo un análisis del diario The New York Times a inicios de 2012 postuló que el discurso generado en torno a la habilitación de Pistorius para competir en los Juegos Olímpicos de Londres estuvo dominado por “el miedo al cyborg”, tal como anota Raúl Feliciano Ortiz en la revista Cruce.
Tal vez el temor vaya más lejos todavía. Tal vez sea “el miedo al superdotado” lo que hace que la audiencia global disfrute con tanto morbo de la caída de los héroes. Más allá de que la caída esté plenamente justificada al ser corolario de un hecho delictivo, como hoy Pistorius o ayer el astro del fútbol americano O J Simpson, y más cerca geográficamente el boxeador argentino Carlos Monzón. El goce por el triunfo de Ben Johnson, aquel atleta canadiense con nombre de dramaturgo victoriano, sobre el imbatible Carl Lewis, sólo fue superado por el goce ante la noticia del dopaje de Johnson. Explicación probable de la preferencia morbosa por la atribulada deriva de Diego Maradona antes que por la ordenada vida de Pelé, con su gestión casi empresarial del talento.
Pistorius había robado dos veces el fuego de los dioses. Primero procurándose esas prótesis de carbono que le permitieron ser lo que no estaba escrito que fuera. Un niño nacido con una deformidad que obligó a los médicos a amputarlo antes incluso de que aprendiera a caminar, se convertía en atleta olímpico. Y para colmo, tenía una vida en apariencia exitosa y una hermosa modelo como novia: segunda burla a las líneas de su mano. Desde la Grecia clásica se sabe que esas cosas se pagan. El destino, humillado, se toma revancha.
Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras, dice que este final es natural a la deriva del héroe. La tragedia griega “celebra –anota este académico junguiano siguiendo a Aristóteles– el misterio de la destrucción, que en el tiempo es la vida”. Por eso “la catarsis trágica”, esa que purga o purifica “las emociones del espectador de la tragedia a través de su experiencia de la compasión y el terror”. Demasiada pureza para la audiencia moderna. Campbell escribía en 1945, en una rozagante Galaxia Gütemberg apenas desafiada por la radio. No se había masificado todavía el show televisivo de chimentos ni la aldea era tan global como esta que requiere, insaciable, la renovación permanente de “protagonistas” en una línea de producción más desalmada que el más primitivo de los fordismos.
Pistorius cae por los celos. De confirmarse los indicios judiciales, cae por sus propios celos ante el temor de la infidelidad de su novia (por suerte hoy en día se recurre cada vez menos a la metáfora engañosa de “crimen pasional” para nombrar el peor de los crímenes, ese que proviene de la mano que se creía –o se creyó en un tiempo– la mano amada). Pero si los celos, como dice André Compte-Sponville en su Diccionario filosófico, son una de las variantes de la envidia, su caída se amplifica y se vuelve trend topic gracias a que la audiencia global, yonqui del morbo, asiste en primera fila con la serotonina disparada. No fue a los dioses, sino a nosotros, a nuestra mediocridad de cada día, a nuestra incapacidad de emerger bajo el smog gris de la medianía, a quienes (hoy Pistorius, ayer Maradona, mañana cualquier otro) había robado el fuego inexistente.
Por eso si el ciudadano Oscar Pistorius está en un proceso judicial que analiza su inocencia o su culpa, y en ese último caso deberá tener la cárcel por destino, el Pistorius personaje, el cyborg que se apodaba a sí mismo Blade Runner, está en manos de otro jurado con otras reglas, ya no jurídicas sino provenientes de otro corpus aún no completamente sistematizado pero por todos conocido, ya que –control remoto o teclado en mano– somos sus volubles e implacables legisladores.

 

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