Vasco de ley

Hablando de curas

Así es. Hemos sido traspasados, saturados de ritos, frases, discusiones, reivindicaciones sobre el nuevo papa, su origen, su pasado, su presente. Desde Roma, desde acá, desde Buenos Aires. Martín Caparrós condimenta su fastidio antieclesiástico y anticatólico en general con un chorro de vitriolo sobre la alegría de sus compatriotas: “La Argentina rebosa de gozo, se extasía ante la prueba de su éxito: seguimos produciendo íconos, caras para la camiseta universal.

Habemus papam era una voz extraña, y en una semana se ha convertido en un justo lema de la argentinidad: tenemos papa –nosotros, los argentinos, tenemos papa. La figura más clásica de la tilinguería nacional, el “argentino que triunfó en el exterior”, encontró su encarnación definitiva: si, durante muchos años, Ernesto Guevara de la Serna peleaba codo a codo con Diego Armando Maradona, ahora se les unió uno tan poderoso que ni siquiera necesitó morirse para acceder al podio. Cada vez más compatriotas y compatriotos (sic) se convencen de que era cierto que Dios –al menos ese dios– es argentino”. Nones, aclararía Dilma: el papa será argentino pero Dios es brasileño. Que se entiendan y repartan prendas, como en el Mercosur. Aunque pese a que en chovinismo no nos quedamos tan cortos, difícil que alguien aparezca diciendo que Dios es de Tacuarembó.

Y sin embargo, es más que probado que anduvo por Salto. En los intercambios facebookianos a propósito de temas papales y sus alrededores, una amiga de Salto para nada sospechosa de catolicismo, Marta Pamparato, me recuerda que al frente de la grey salteña estuvo “el único obispo requerido por los milicos, monseñor Marcelo Mendiharat”. Y refresca la memoria, y la biografía (mínima). Un tipo nacido en el País Vasco, en 1914, que llegó a los 16 años a Uruguay, fue a trabajar al campo pero allí descubrió que Dios podía llamar aun desde “detrás de las ovejas”. Sacerdote en 1945, fue párroco en Artigas, ya obispo coadjutor –desde 1959– participa junto al obispo Alfredo Viola en el Concilio Vaticano II; obispo de Salto desde 1968 participa en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, y promovió, junto a otros obispos como Carlos Partelli y Luis Baccino, la puesta en práctica de las orientaciones renovadoras de ambos encuentros. Básicamente, la evangelización, la corresponsabilidad, las comunidades de base, pobreza y servicio. Algo bastante parecido a cómo vivían su fe esas primeras comunidades cristianas, ajenas aún a una Iglesia jerarquizada y poderosa, que evoca Thomas Cahill en El deseo de las colinas eternas (2001, Editorial Norma), y a otras nacidas en distintos lugares del mundo, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. Comunidades nutridas por gente atenta a que “una y otra vez vuelve y pasa el Cristo disfrazado de forastero” (y de pobre y de mendigo y de hambriento y de enfermo), como dice una canción medieval irlandesa.
Mendiharat,* que está también ligado al origen de la Regional Norte de la Universidad de la República –la Casa de la Universidad de Salto, instalada en el local del Seminario–, se exilió en los años setenta, y volvió al obispado a fines de 1984. A los 75 años dejó el cargo para ser párroco de la iglesia de Santa Cruz, y murió, ya retirado, en junio de 2007, a los 93 años.
Así lo evoca la revista Umbrales (www.chasque.net/umbrales): “Del testimonio humilde y profundo de su existencia, se destaca su actitud de discipulado atento, siempre dispuesto a aprender y la fuerza de ánimo para llevar su ‘oficio’ de pastor con heroísmo y sencillez, con cordialidad e inteligencia, con espíritu de fe y ‘pequeñez’ evangélica”. Directa, campechana, “vasco de los buenos, fue ese hombre, y fuimos amigos, la comunista y el obispo”, dice mi amiga Marta.
Bueno, empezó la Semana Santa, la máxima expresión de la fe en quien al fin y al cabo empezó todo este lío –o se supone–, y ya que no se habla de otra cosa que de un cura, nosotros también. De otro, cercano y recordado. De un hombre bueno. 

 

* Mendiharat era tío de Jean Paul Bidegain, que fue cura obrero en El Espinillar, participó de las luchas del gremio, dejó el sacerdocio, se casó y vive en el País Vasco. Su hija Mariana hizo una película testimonial sobre su familia y su enfrentamiento a la dictadura: Secretos de lucha.

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