Media tonelada de huesos astillados
- Última actualización en 05 Abril 2013
- Escrito por: Aníbal Corti
Las jineteadas, dicen, son parte de nuestra tradición cultural. Puede ser que sí, puede ser que no. Pero hablar en tono enfático de aquello de lo que no se tiene la menor idea, eso sí es, sin dudas, parte constitutiva de nuestra tradición. Después de haber sido castigados a golpes y a patadas por los partidarios de la primera de esas tradiciones, los activistas que se manifestaron el domingo en el cierre de la Semana Criolla del Prado fueron nuevamente castigados (esta vez en la opinión pública y las redes de Internet) por los partidarios de la segunda.
“Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento... balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita (...).”
En los mismos años (1972-1977) en que Alfredo Zitarrosa escribía estos versos de su obra cumbre, Guitarra negra, el movimiento contra la explotación animal produjo uno de sus primeros y más emblemáticos textos teóricos: Liberación animal (1975), de Peter Singer.
Singer, hijo de judíos europeos emigrados a Australia, formado en Melbourne y en Oxford (donde defendió una tesis de doctorado sobre la de-sobediencia civil), es un filósofo utilitarista como los ingleses Jeremy Bentham (1748-1832) y John Stuart Mill (1806-1873), entre otros. Para los utilitaristas como Singer, lo moralmente bueno y lo moralmente malo están esencialmente unidos al placer y al dolor. Es moralmente bueno todo aquello que produce placer (en un sentido amplio de la expresión) y es moralmente malo todo aquello que produce dolor. Más allá de las obvias diferencias entre animales humanos y no humanos, es evidente que compartimos con algunos de ellos (con aquellos que tienen suficientemente desarrollado el sistema nervioso central) la capacidad de sentir placer y dolor. En consecuencia, la ética (la rama de la filosofía que se ocupa de lo moralmente bueno y de lo moralmente malo) tiene algo que decir sobre nuestra relación con los animales no humanos.
En un célebre pasaje de su obra Introducción a los principios de la moral y la legislación (1789), Jeremy Bentham escribió: “Los franceses han descubierto ya que la negrura de la piel no es razón para abandonar sin remedio a un ser humano al capricho de quien lo atormenta. Puede que llegue un día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel, o la terminación del hueso sacro sean razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al mismo destino. ¿Qué otra cosa hay que pudiera trazar la línea infranqueable? ¿Es la facultad de la razón, o acaso la facultad del habla? Pero un caballo o un perro adulto es sin comparación un animal más racional, y también más sociable, que un bebé de un día, una semana o incluso un mes. Pero, aun suponiendo que no fuera así, ¿qué importaría? No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?”.
La capacidad de sentir placer y dolor es entonces, para los utilitaristas como Singer, una condición necesaria y suficiente para que un ser (humano o no humano) tenga intereses que deben ser respetados. Sería absurdo decir que se actúa contra los intereses de una piedra porque un niño le da una patada y rueda por la calle. Una piedra no tiene intereses porque no puede experimentar dolor, y nada que pudiéramos hacerle afectaría su bienestar. Un gato o un ratón, cualquier ser pasible de experimentar dolor, sin embargo, tiene interés en que no se lo patee o no se lo torture, porque sufrirá si eso le ocurre.
“Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo (...).”
No todos los defensores de la liberación animal comparten las ideas de Singer (algunas de las cuales han sido muy polémicas, sobre todo en el terreno de la bioética) ni tampoco el trasfondo utilitarista de su planteo, pero (como ha sido observado muchas veces) no es necesario ser utilitarista para aceptar la máxima moral que dice: si el sufrimiento de un ser sensible puede ser evitado sin mayor costo y sin que ello provoque sufrimientos ulteriores a ese mismo ser o a otros, entonces debe ser evitado.
Por eso es que no son de recibo las críticas de quienes imaginan (sin haberse tomado el trabajo de ir a leer los libros) que los defensores de la liberación animal asignan derechos en función de la simpatía que les despiertan ciertos animales no humanos, la gracia de sus costumbres y comportamiento, su apariencia agradable, su parecido con los seres humanos o su grado de cercanía con nosotros en la escala evolutiva. En la medida en que un ser es pasible de experimentar dolor (cosa que no ocurre con los vegetales, ni con los animales que no tienen desarrollado un sistema nervioso central), la máxima antes considerada dice que tenemos para con él una obligación moral: que estamos moralmente obligados a mitigar su dolor, en la medida de nuestras posibilidades.
“Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: ‘Uruguay for export’ (...).”
Todo aquel que lee o escucha estos versos de Guitarra negra entiende sin dificultad que Zitarrosa habla de la tortura de seres humanos, aunque el pasaje literalmente hable de vacas. El efecto no podría conseguirse si el dolor humano y el dolor no humano fueran inconmensurables, si no hubiera medida en común entre ellos. Un periodista del diario Clarín de Buenos Aires le preguntó hace algunos años a la filósofa estadounidense Martha Nussbaum por qué deberíamos preocuparnos por el sufrimiento de los animales no humanos, habida cuenta de que hay tantos seres humanos que sufren. Nussbaum le respondió: “Si realmente estamos en contra de infligir dolor y sufrimiento y contra la tortura, y todos los días comemos carne que proviene de criaderos de ganadería intensiva, que incluyen tortura física de los animales, creo que hay un problema. El dolor de una vaca no es distinto del de un ser humano. Si dijera: ‘Tráiganme un buen argumento que admita que las vacas pueden ser torturadas y los hombres no’, creo que la mayoría no lo encontraría”.
La propuesta de los activistas de la liberación animal es que evoquemos en toda su extensión el sufrimiento de los seres capaces de experimentar dolor. No es necesario que pensemos que los animales tienen los mismos derechos que nosotros, basta que admitamos que tienen derecho a que no se les provoque un sufrimiento innecesario. Mucho menos cuando se trata de una mera diversión.n


Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.