Doctora, tenemos trabajo
- Última actualización en 10 Mayo 2013
- Escrito por: Guillermo Lamolle
Tendencias censales*
En el dos mil cincuenta y algo, tras ganar las elecciones por escaso margen, una coalición integrada por el fa, el pc, el pn y el pi, como una de sus primeras medidas de gobierno, decide encarar la realización de un censo.
Esa noche, a altas horas, Juan, un guardia de seguridad del Pereyra Rossell, le comenta a Betty, una neonatóloga que había salido a fumar: “¿Qué pasa, no hay clientes hoy?”. Más o menos al mismo tiempo, frases similares se escuchaban en varias empresas fúnebres. Pasaron las horas, y pronto se hizo evidente que algo raro estaba ocurriendo: no nacía ni moría nadie.
Poco tiempo después, en Carrasco, un controlador notó que hacía días que no había vuelos desde o hacia otros países. Las comunicaciones con el mundo eran normales, pero no se podía entrar ni salir. O sea, se programaban los viajes, pero siempre pasaba algo que los impedía; el avión sufría un desperfecto, había mal tiempo, o todos los pasajeros se olvidaban del pasaporte... hasta que la gente se aburrió y no lo volvió a intentar. En el Chuy, en Rivera, en esos lugares, pasaba lo mismo. Alguien salía con intención de cruzar la frontera, y por hache o por be terminaba cambiando de opinión, como en aquella película de Buñuel. Y mientras tanto seguía sin nacer ni morir gente. Las mujeres que habían estado embarazadas antes de eso, notaban, poco a poco, que ya no lo estaban. “Me habrá parecido”, decían.
Claro, como siempre pasa, la gente se terminó acostumbrando, y siguió con su vida más o menos normalmente. Algunas ocupaciones, sin embargo, pasaron a ser superfluas; ya hablamos de las empresas fúnebres, las maternidades, etcétera. Pero otros casos eran menos obvios. Los demógrafos, por ejemplo, no sabían cómo justificar sus estupendos salarios, ya que la población no mutaba. Si bien no conocían cuánta gente había, porque el censo estaba en plena ejecución, sí sabían que la cifra se mantenía invariable. Sólo había migración interna, así que hacia ella concentraron sus esfuerzos. Ya habían pasado meses, años. La gente, un poco aburrida, decidió irse más seguido de vacaciones, y más tarde, directamente cumplir el sueño de vivir en la costa, por lo que la población se fue concentrando cada vez más en Montevideo, Canelones y Maldonado. Con todos los uruguayos allí juntos, la densidad de población llegó a grados intolerables, comparables a los de una zona rural de Holanda.
Con el tiempo ciertas costumbres empezaron a cambiar. La gente dejó de casarse. Claro, los matrimonios, en especial los religiosos (pero no sólo éstos), se solían hacer con la idea de que duraran “hasta que la muerte los separe”. Ahora que no había muerte, la cosa sonaba a demasiado compromiso. Así que la gente no se casó más; se juntaban, se separaban, se juntaban. Cinco siglos después, el promedio de parejas que había tenido una persona andaba por setenta, número que iría aumentando gradualmente durante los quinientos millones de años que duró esta situación.
Quinientos millones de años es bastante. Se imaginarán que para entonces el mundo había cambiado un poco. Acá no, en el exterior. Al principio se habían interesado por el fenómeno que se estaba dando en Uruguay, pero con el tiempo también se acostumbraron. Más tarde directamente se olvidaron de que existíamos, lo cual, en los delicados equilibrios internacionales, produjo un efecto aproximadamente nulo. Después, un día, la humanidad se extinguió. Menos acá, donde seguía todo igual, con escasas modificaciones: por un lado, el gobierno emitió un decreto estableciendo definitivamente que Gardel había sido uruguayo. Y de paso, Quino, Les Luthiers, Borges y Maradona. En otro orden de cosas, la gente ya había cambiado tantas veces de pareja que se habían terminado las posibilidades, por lo que tenían ante sí dos opciones poco estimulantes: resignarse a ser eternos solteros, o a empezar a repetir la lista. Todo era un poco aburrido; no había entretenimientos, incluso habían desaparecido los deportes; claro, quién va a practicar un deporte a esa edad... el Loco Abreu seguía jugando, pero ta.
Con el tiempo empezaron a olvidarse de las cosas. Tenían edad para ello. Pero empezaron a sentirse un poco ignorantes, y a ver que la sociedad se degradaba. Entonces los que tenían más memoria, antes de olvidarse de todo, empezaron a enseñar lo que sabían a los demás. La gente se empezó a sentir mejor. Aprendían cosas de verdad, porque la necesidad de hacerlo hizo que se armara todo un sistema de enseñanza, muy distinto al que conocemos; basado en el interés, en el estímulo y esas cosas; llevó quinientos millones de años, pero se logró.
La gente vio que su estado mejoraba. Se sentía más joven. Se veía más joven. Se encontraban dos personas y se decían cosas como “Che, qué bien que estás, parecés un pebete de cien millones de años”.
Y siguieron rejuveneciendo, y siguieron hasta que un día fueron jóvenes de verdad. Y de repente alguien golpeó a la puerta en la maternidad del Pereyra. El guardia Juan le avisó a la doctora Betty: “Doctora, tenemos trabajo”.
Hubo un auténtico baby boom, matizado por el hecho de que también, simultáneamente, empezó a morir gente. Un día, a alguien que estaba acampando en Santa Teresa se le ocurrió ir hasta el Chuy y cruzar para el otro lado. El Cairo estaba cerrado, claro, porque la humanidad ya no existía por ahí. Pero a este osado ciudadano lo siguieron otros, y empezó una gran migración, que en unos pocos cientos de miles de años llevó a fundar una nueva humanidad global, no muy distinta de esta, salvo en algunos detalles. Por ejemplo, por esta época se terminó de hacer el censo con el que comienza esta historia, y llegamos a saber con exactitud cuántos éramos: tres millones y pico.
* El martes 7 de mayo en el Café Tribunales, Brecha y el Programa de Población de la Universidad de la República presentaron el libro Detrás de los tres millones. La población uruguaya luego del Censo 2011. El libro está conformado por una serie de notas –publicadas en Brecha durante el segundo semestre de 2012– que analizan los aspectos más relevantes del registro censal. Con este texto fue que Guillermo Lamolle cerró la presentación del trabajo del que también participaron Ignacio Pardo, Daniel Erosa y Laura Nalbarte.


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