Tomar café con los monstruos
- Última actualización en 18 Julio 2012
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
Lo que hace Theroux, no se sabe cómo, no es plantar su cámara en la vereda de enfrente para ver el exterior de los sujetos que aborda, sino meterse adentro mismo de sus casas, de su confianza, de sus confesiones y de su cotidianidad. Allí donde identifica un fenómeno inquietante, absurdo o tenebroso, Theroux golpea la puerta y, de alguna manera, logra que se la abran y meterse adentro.
En su incursión en Sudáfrica, el documentalista se gana la confianza de los jefes, segundones y peones de empresas dedicadas a proteger a quienes lo requieran –y puedan pagarlo– de los efectos de la abundante delincuencia que al parecer florece no sólo en Johannesburgo sino también en zonas agrarias. Los tipos –según el documental– no sólo tienen una afiatada organización, sino también las manos libres para proceder con los métodos que creen eficaces, con total anuencia de la policía y a veces colaborando con ella. Son amables, y son blancos y negros, los resabios del apartheid no funcionan entre ellos. Hacen "lo que hay que hacer", sin problemas de conciencia, desde detener a un ladrón probado o presunto y pasárselo a la policía, a simplemente disuadirlo de continuar con sus andanzas. La "disuasión" no se ve en cámaras, sí su resultado, un hombre lleno de heridas y contusiones, encogido, mudo y como indiferente a lo que venga, sentado en el asiento trasero de una de las camionetas de esos centuriones no oficiales pero tampoco ilegales. Algunos de éstos proceden de los mismos lugares que aquellos a quienes combaten, y allí llevan a Theroux, a los pobrísimos suburbios de la ciudad, tan abundantes en población como carentes en recursos. Alguno de ellos antes fue delincuente y conoce bien "el paño", por lo que resulta de gran utilidad para su nuevo trabajo, una vez que decidió que si bien ante la pobreza extrema la delincuencia puede ser una solución, termina siempre volviéndose en contra de quien la ejerce. Mostrándole a su huésped la infinita y pobrísima extensión del lugar y contándole de las carencias de sus habitantes –acá hablaríamos de asentamientos–, le explica estas cosas a Theroux, y de cómo él y su empresa terminan siempre atrapando y/o disuadiendo a quienes se atreven a operar en "su" zona, porque se trata de controles territoriales perfectamente delimitados. El hombre no filosofa, solamente cuenta. Se siente mejor de este lado de la línea que del otro, es más seguro y redituable, pero es claro que esos, sus eventuales adversarios, no son ni serán nunca para él, los otros.
El último miércoles, tnu emitió el reportaje que llevó a Theroux a California para encontrar allí a nazis de hoy. Una alta y rubia mujer llamada April, madre de dos mellizas igualmente rubias, a las que se divierte en ver bailar en torno a una esvástica dibujada en el suelo –rayuela a lo Tercer Reich– y a las que no envía a la escuela por temor a la contaminación racial e ideológica que comportaría esa asistencia. Mamá las educa en casa: saben hacer saludos nazis, deploran lo que les pasa a los blancos en Sudáfrica, dicen que cuando grandes querrían tener un novio skinhead, cantan canciones con letras racistas. April sostiene sus razones ante Theroux: no es que ella esté equivocada, lo están los que se contaminaron con las ideas de diversidad y creen que "todos somos iguales". Theroux toma café, se muestra cariñoso con las niñas, le hace a la madre preguntas incisivas pero con la amabilidad de quien pide una receta de cocina. Escenas casi domésticas a las que sin embargo recorre como un escalofrío, donde se dibuja la barrera invisible ante un modo inflexible, impenetrable, de concebir el mundo y las personas. (Algo hace parpadear en la memoria el recuerdo de La cinta blanca, de Hanecke. En esas rubias y alegres cabezas infantiles se acuna el huevo de la serpiente.)
Se introduce luego Theroux en la casa del presentador de televisión Tom Metzger, líder del movimiento separatista Resistencia Aria Blanca (war), "el nazi más famoso de Estados Unidos", según él, un pelado cabezón de más que mediana edad. Las instancias entre el documentalista y su anfitrión pasan por situaciones a veces de tensión, cuando el tenor de preguntas y respuestas acusa en la cara del entrevistado que percibe por ahí una posibilidad de resbalón. Otras, se zambullen en el absurdo. Entre discursos de supremacía blanca y demás parafernalia autocomplaciente, diálogos como: "Es que los negros me parecen feos", dice Metzger, del que se diría cualquier cosa menos que es lindo. " ¿Denzel Washington le parece feo? ¿Cree usted que podría tener tanto éxito como él con las mujeres?", pregunta Theroux. Después de explicaciones sobre las facilidades que la pantalla le proporciona a alguien como Denzel Washington, el nazi asegura muy orondo que él está seguro de ganarle y por lejos en el terreno de las mujeres.
Es ese método particular de Theroux –no se muestra cómo negocia previamente para ser aceptado como testigo directo del cotidiano de sus reporteados– lo que inquieta en sus programas. Mete a los espectadores, literalmente, en el interior de realidades incómodas como si formaran parte de ellas, los obliga al contacto sensible con sus protagonistas, los hace escuchar sus razones y sus sinrazones y participar de sus interrogatorios. No pone a los espectadores en el estrado y a los reporteados en el banquillo –que es como nos gusta estar, ¿no?, del lado de los buenos–, los mezcla, los hace tomar café juntos. ¿Para qué, por qué hace esto, qué consigue? Consigue lo más incómodo de todo. Hacer que quien mira sienta que esos que dan miedo, esos de la parte oscura, no son de otra especie, que en un montón de aspectos básicos viven y sienten como los demás, como nosotros. Como ese señor Videla que acaba de ser condenado a 50 años de prisión por miles de desaparecidos y cientos de bebés robados, que reza el rosario y dice que duerme tranquilo cada noche. No cuesta imaginar que cuando ordenaba esas cosas antes desayunaba con su familia.
Es la peor de las constataciones, que lo monstruoso sea parte de lo humano corriente, y no, como sería más tranquilizador, "otra cosa". El maligno de ese reportero inglés viene a recordarlo en sus programas. Y molesta. n
* Miércoles, 23 hs. Domingo, 1 am.


Comentarios
Como yo y como mis seres queridos, y también como aquellos a quienes tengo como modelo en algún aspecto dela vida.
No deja distancia suficiente, no permite coartadas. Es terrible y se hace intolerable.
Pueden ver, sin aceptan una sugerencia, la película "Solo contra todos", relato desde la posición del verdugo.
Si pueden véanla; no es fácil de "tragar" (mi acompañante , por ejemplo, al salir del cine indignada dijo que el Director era un enfermo que debía ser encerrado), pero moviliza, e incluso a algunos, los hace pensar.
Saludos
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