Lo que no te mata te hace más hombre

Centros de conversión sexual

El cuadro clínico de Raymond Buys ya era crítico cuando lo ingresaron al hospital de Vereeniging, en Sudáfrica: llegó luego de haber sufrido un derrame cerebral, traía múltiples moretones y quemaduras, un brazo con dos fracturas y severos síntomas de deshidratación y desnutrición. Las últimas fotos muestran un cuerpo esquelético, alimentado mediante una sonda, postrado en una cama del hospital. Buys, de 15 años, moriría luego de cuatro semanas de cuidados intensivos. Dos meses antes el joven había sido enviado por sus padres al Echo Wild Game Rangers, un campo de entrenamiento ranger, formación que supuestamente se encontraría a medio camino entre lo militar y lo aventurero, la vigilancia, la caza y la exploración. Pero al parecer Alex de Koker, el denominado “general” que impartía órdenes en este campamento, instruía a sus pupilos con un intensivo programa de entrenamiento paramilitar, con el objetivo primario de “enderezarlos” y volverlos “más hombres”. Echo Wild Game Rangers, en definitiva, era un campo de “conversión sexual” al que los adolescentes eran enviados para ser “curados” de afeminamiento y homosexualidad.
Un compañero relataría más tarde el tratamiento al que fue sometido Buys: era encadenado cada noche a su cama, se le impedía ir al baño, y en una ocasión fue obligado a comer sus propios excrementos, recibió descargas eléctricas mientras le colocaban una funda en la cabeza, fue quemado con cigarrillos, apaleado y golpeado con tablas y mangueras. En otras palabras, Buys fue expuesto a extensas y monstruosas sesiones de tortura que acabaron con su vida. De Koker y otro instructor se encuentran actualmente en juicio y enfrentan cargos de asesinato, abuso de menores y negligencia. Pero el caso destapó muertes previas: cuatro años antes los muchachos Eric Calitz, de 18 años, y Nicolaas van der Walt, de 19, habían fallecido luego de su internación en el mismo campo, por presuntos ataques cardíacos. Más tarde se supo que Calitz murió de una hemorragia cerebral, y Van der Walt estrangulado con un cinturón de seguridad. La abogada y activista Melanie Nathan, del colectivo internacional de defensa de personas gays, bisexuales y transgénero (lgbt), señaló que en los tres casos los jóvenes habían sido percibidos como “gays y claramente afeminados”.
Lamentablemente, fue necesario que muriera alguien para dejar en evidencia la existencia de estos “campos de conversión”, muchas veces camuflados como si se tratara de academias religiosas o militares. Aunque cabe decir que centros similares existen desde hace centurias a lo largo y ancho del mundo, y siempre sobraron los testimonios de tratos inhumanos a homosexuales dentro de instituciones regidas por las leyes marciales, la disciplina y el control férreo.
Son conocidas y han sido sumamente extendidas las llamadas “terapias de reorientación sexual”, que contaron con avales científicos y tuvieron su período de auge entre los años 1939 y 1969. Algunos de los métodos usados fueron la histerectomía, la ooforectomía, la ablación del clítoris, la castración, la vasectomía, la cirugía del nervio pudendo, la lobotomía, las terapias de aversión, el shock farmacológico, el electroshock. Es que la búsqueda de la “normalización” ajena esconde uno de los costados más deplorables y sanguinarios del ser humano, y podría historiarse el siglo xx como una agobiante, interminable y reiterativa sucesión de violaciones de derechos humanos hacia los homosexuales.
La experiencia del periodista encubierto Ted Cox en un campo de conversión mormón en 2010, en Phoenix (Arizona), puede verse casi como un paseo, comparado con lo sucedido en Sudáfrica, pero no deja de ser llamativa la energía social volcada a estos emprendimientos, y lo absurdas y claramente infecundas que pueden ser las terapias aplicadas. En su “autointernación” para lo que supuestamente iba a ser una excursión de purificación en el bosque, Ted Cox, heterosexual, se hizo pasar por un chico conflictuado por sus impulsos homosexuales, para poder así conocer los métodos de cerca. En este caso las terapias parten de la base de que los hombres con esta clase de conductas tuvieron una infancia carente de amor paterno, y que por consiguiente buscan el contacto con otros hombres para llenar este vacío. Lo llamativo del asunto es que precisamente para evitar estos “desvíos” los tratamientos consisten, básicamente, en el contacto con otros hombres. Es decir, un contacto “bienintencionado” y no sexual, la clase de cariño que podría haberse recibido de este supuesto padre ausente. Así, los asistentes reciben sesiones de “toques sanadores”, y al joven periodista le toca colocarse sentado, de espaldas y entre las piernas de uno de los guías. El hombre lo recibe y el periodista recuesta la espalda contra su pecho, mientras el otro le coloca los brazos a su alrededor y un segundo sanador le toca los brazos, las piernas y el pecho. El periodista cuenta que, por primera vez en su vida, sintió la erección de otro hombre contra su cuerpo; el sanador que se encontraba detrás de él estaba claramente excitado. Más tarde también descubriría con sorpresa que varios de los excursionistas eran “reincidentes”, es decir, gente a la que una sola sesión de terapia le había resultado insuficiente y que se veía necesitada de más de esos “toques sanadores”; quizá otra dosis de “masculinidad” que les permitiera proseguir con su existencia. Decididamente, la vida de algunos gays no asumidos puede llegar a ser demasiado insatisfactoria.
A veces cuesta creer que determinados colectivos conciban sus cosmovisiones dedicándole tanto tiempo y energías a la exclusión de sus semejantes, cuando no a buscar directamente su “transformación”. Y que les resulte tan ultrajantemente ofensivo lo que pueda hacer alguien con su vida privada. Sobre todo considerando que cuesta tan poco dejar a las personas vivir en paz. 

 

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