Brecha Digital

Hoy todo vale, pero que no se note

Los Juegos Olímpicos llegan a Londres marcados por la psicosis del terror y la pérdida de control provocadas por las complejidades de esta época y la dificultad del Comité Olímpico Internacional para adaptarse, ya que está encorsetado por un ideal de pureza que no existe y en realidad nunca existió.

Hace ya mucho tiempo que el amateurismo quedó por el camino. La declaración de que los participantes eran becados universitarios en Estados Unidos y obreros fabriles en la vieja urss sólo escondía distintos tipos de profesionalismo que ahora al menos tiene el sinceramiento de todos.
Todos son profesionales, desde los gigantes de la nba, Federer y Nadal, hasta nuestros atletas, que mediante apoyos estatales, becas otorgadas por el Comité Olímpico de diversas formas y el apoyo de empresas, pueden dedicarse a entrenar en mejores condiciones, cierto que no las mejores y cierto que algunos deben trabajar; pero en distintos niveles, todos son profesionales.
Quizás lo más honesto que tienen los Juegos es que todos saben que quieren ganar dinero. Más allá de que la organización no paga premios, un éxito o una buena actuación traerá consigo nuevos contratos para promover marcas de ropa, relojes, perfumes, etcétera. El alto rendimiento, además, generará presentaciones en nuevas competencias donde se paga mucho, y una jerarquía en la escala social que ha transformado a los deportistas en una mercancía de alto valor.
Queriendo tapar el sol con la mano, los organizadores impiden a los atletas que luzcan el nombre de las marcas que los apoyan, y para recibir una medalla hay que hacerlo con el uniforme oficial del país. Se revisan las camisetas para que los logos de Nike, Adidas, Puma y otros no superen la medida permitida, y cualquier violación acarreará fuertes multas a los deportistas y a la organización deportiva de su país.
En los Juegos todo está controlado: dónde duermen, qué se come, cómo viajan. Miles de voluntarios rodean los estadios, pistas, villas, asegurando que nada perturbe el espíritu olímpico, al que el mercado ya se tragó. La lucha por patrocinar los Juegos, la batalla entre cadenas de hamburgueserías, refrescos cola, bancos, tarjetas de crédito, ya se apropió de ellos.
Esa batalla sustituyó al uso político de la competencia. La excelencia deportiva fue durante la Guerra Fría un campo experimental en el que el mundo polarizado competía para obtener más medallas, que eran más logros del sistema, más héroes del socialismo, mejores ejemplos del mundo libre. Durante décadas se maltrató a niños y niñas con un riguroso entrenamiento para llegar en las mejores condiciones a esas competencias, aunque nadie podía determinar si se estaba afectando su futuro.
El espíritu olímpico lo ensució Hitler en los Juegos de Berlín, Estados Unidos en los de Moscú con su boicot, y la urss y sus aliados en Los Ángeles, represalia de los anteriores; atentaron contra él los musulmanes de Setiembre Negro en Munich, y por qué no el propio barón de Coubertin, que levantó su bandera aunque excluyendo a los menos beneficiados y a las mujeres.
Denuncias de coimas a los delegados para votar a tal o cual país como organizador de los próximos Juegos, y ni que hablar de la batalla del doping, donde siempre ganan los laboratorios, que crean drogas que tapan las drogas que mejoran el rendimiento, aumentan las cualidades naturales y ponen en riesgo la vida por una medalla. Todo vale, pero que no se note.
Pero hoy el evento enfrenta nuevos desafíos, los del terrorismo y las redes sociales. Se sancionará a quienes cuelguen fotos en Facebook o Twitter sin permiso, porque además las redes van sustituyendo a las cadenas de televisión y a alguien se le puede ocurrir colgar allí las imágenes de la competencia por las que se pagaron millones de dólares.
Las medidas de seguridad son impresionantes. Entrar a un estadio, aun para los periodistas acreditados, es más complicado que abordar un avión. Escaners por donde pasar bolsos y todo lo que hay en el bolsillo, y luego un policía con un escaner de mano para controlar que nada se haya escapado a su hermano mayor. Nada de agua, y ni una manzana que a uno se le haya ocurrido llevar para engañar al estómago en la larga jornada. Adentro se puede comprar de todo, pero a precios de locos, 50 o 60 pesos una botella de agua, y ni siquiera se anima uno a preguntar cuánto saldrá un sándwich de jamón y queso.
Todos somos sospechosos. Es cierto que hay antecedentes en los Juegos y en Inglaterra, pero es una muestra más de que la realidad no se tapa con la mano y entra aun allí donde los jóvenes buscan demostrar sus mejores cualidades.
Se dice que en la vieja Grecia durante los Juegos Olímpicos se bajaban las armas y se daba tregua en las guerras para disfrutar de un momento de concordia y entretenimiento. En el mundo actual esa idea no funciona y más vale prevenir que curar.
El presupuesto de los Juegos se estimó en cerca de 6.000 millones de dólares y se cree que trepará hasta los 16.000 millones. También esto excluye. ¿Pueden los países del Sur organizarlos, aparte de alguna de las naciones emergentes?
Más allá de esta realidad, los Juegos siguen despertando la fascinación de la humanidad, aumentada por la cercanía que da la trasmisión en directo todo el día en decenas de canales, y ahora en hd y tridimensional.
Los Juegos siguen siendo un momento durante el cual el mundo se detiene para verse a sí mismo logrando las proezas de la velocidad, la habilidad, la fuerza, la flexibilidad, el ritmo y la coordinación.
Siguen siendo el momento mágico en que los hombres logran lo increíble y pensado imposible. Año a año se corre más rápido, se salta más alto y se lanza más lejos. Toda la ciencia y la tecnología se suman para lograr esos rendimientos que nos conmueven.
Quizás la encarnizada lucha que los rodea aún no ha sido capaz de quitarnos la ilusión de que los hombres podamos encontrarnos en un foro donde la búsqueda de la superación individual y colectiva no apunte al individualismo y al éxito momentáneo, sino al premio de la fraternidad entre los desiguales.

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