Sin miedo y con rabia la palabra fue imperio

Hay gente que declara no saber observar ni decir nada sobre el color de los ojos. Y en compensación, quizás, tiende a afirmar que es tanto mejor entender cómo la mirada mira. No era este precisamente el caso de Gore Vidal. En la isla de Delos, tierra del dios Apolo, y en el año 1961, el escritor dio finalmente con el “color ártico” que los ojos de su amigo Paul Newman reclamaban. A los 86 años se fue el detallista feroz, el último escritor del Ágora, el provocador inmodesto, el pensador poseso respecto a su país, Estados Unidos, su política y su historia.

Muerto Norman Mailer, némesis ideológico de Vidal aunque seguramente el polemista de su promoción que más lo desafiaba, quien naciera en 1925 bajo el nombre de Eugene Luther Gore Vidal hacía rato que había quedado huérfano en el diccionario vivo de los alguna vez llamados “intelectuales orgánicos” de su país. Groseramente prolífico, de una erudición insensata y un compromiso público indeclinable, Vidal dejó libre a la posteridad para mentarlo como le viniera en gana, y fue más como el gran ensayista y prosista político que era, que como el digno y ambicioso novelista que también fue. Y es que como bien lo sabía y dejó escrito en el segundo tomo de sus memorias, no es época para ir por ahí aspirando a otra clase de fama: “Al contrario de lo que muchos creen, la fama literaria no tiene nada que ver con la calidad de la obra o la verdadera gloria, ni siquiera con el hecho de que un escritor conste en el programa de estudios del departamento de literatura de una universidad, ya de por sí tan alejada del Ágora como el umbrío sendero de la academia. Para cualquier artista, la fama se mide por el interés que ha despertado en el Ágora su última obra. Si lo que ha escrito sólo lo conocen unos pocos profesionales o entusiastas (Faulkner comparó a los amantes de la literatura con criadores de perros, escasos pero apasionados hasta el extremo de la locura con el tema del linaje), entonces no sólo no es famoso, sino que también es intrascendente para su época, la única que ha conocido; tampoco puede soñar con los ávidos lectores de un siglo posterior, como hizo Stendhal. Si las novelas y los poemas no interesan actualmente al Ágora, hacia el año 3091 no existirán si no es como objetos de interés monacal. Eso no es bueno ni malo. Simplemente no es famoso”.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

Текстиль для дома, Вышивка, Фурнитура, Ткани
автоновости