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Este artículo referido al acto inaugural del Frente Amplio fue publicado en Marcha el 2 de abril de 1971. En la tapa del semanario, una foto de la gran concentración aparecía con una frase de Juan José Crottogini: “Un plebiscito en la alegría, como el de Líber Arce fue un plebiscito en el dolor”.
TODOS (LOS NO motorizados) somos testigos y protagonistas diarios del silencio que impera en ómnibus, troleys y cualquier vehículo montevideano de transporte de pasajeros. Fuera del vendedor de Patoruzú y del propio guarda (cuando es el tipo extrovertido; que si no la buena señora se baja en la aduana esperando que él le avise al llegar a la parada de Ejido), nadie habla en el ómnibus con el vecino de asiento si es un desconocido, y todos vivimos pendientes del lugar de la ventanilla que pueda quedar libre, para correr a ocuparlo y atrincherarnos mejor en ese aislamiento. El hecho, típico de nuestra idiosincrasia taciturna y balconeadora, merece ser visto con atención, porque es a la luz de ese comportamiento generalizado que contrasta el que pudo observarse la noche memorable del 26 de marzo.
El clima era ciertamente festivo y fue siéndolo más y más a medida que la jornada se iba desarrollando. Por supuesto, culminó después, una vez terminada la oratoria, con farándulas juveniles que se extendían por 18 de Julio, y en los boliches y cantinas de las transversales, hirvientes de comentarios y de abrazos. En el reparto de utilidades que siempre deja una concentración multitudinaria para el comercio de “ir haciendo boca” (que sabe instalarse en los flancos de las asambleas, cuando no en su mismísimo vientre, palabra al caso), los perdidosos del 26 –además de las momias y los momios– fueron los parrilleros, que no contaban con una multitud tan atenta al desarrollo del acto como ajena a la seducción de las achuras. “Es que con el Frente se acabó el Pacto del Chinchulín”, apuntó al respecto un veterano, sin encontrar el menor eco entre los jovencitos que lo rodeaban. (Claro: en 1931 ellos no eran siquiera un guiño de amor en la mirada de sus padres.)
Como contrapartida, el Luzón, el Subte, el Sorocabana y toda la línea de cervecerías con asiento pullman y artefactos de luz naranja, abastecieron la euforia colectiva hasta las tres de la mañana (en el caso de las cervecerías cabe decir que incluso le dieron manija…). En los barrios quizás ocurrió lo que en el Cordón, cuyo comité del Frente Amplio se instaló en el café de Vázquez y Mercedes, atrajo militantes y vecinos en torno a copas, coplas y guitarras y festejó hasta la madrugada el éxito alcanzado en la tarea común.
Pero fue precisamente en los ómnibus que al principio mencionaba donde los montevideanos, de regreso a casa, barrieron sus rasgos más típicos de aislacionismo y timidez. Sé de un 64 a Malvín convertido en cabildo abierto, donde el conductor (me imagino que sin dejar de mirar al frente), el guarda y los 50 pasajeros discutieron con alegre vehemencia tal o cual concepto de los discursos pronunciados y las perspectivas del trabajo futuro. Y en un 33 que venía al centro, a la hora del acto, el guarda detuvo a un señor mayor que iba a bajarse en Médanos, interpelándolo así: “¿A qué se baja en ésta? ¡Espere que vamos todos al acto!”. Más beligerante fue el taxista que le propuso a una joven pasajera con destino 18 y Ejido: “¿Le parece bien si en el camino recogemos gente para el acto? La cosa se está poniendo espesa...”. Claro que a la pasajera le parecía bien; subieron cuatro o cinco viajeros más, pero el taxista no quiso cobrar más que un viaje.
Bueno, pero ¿y cuánta gente hubo? El éxito era enorme hasta romper los ojos, pero persistía en todos una cierta inquietud por saber (o imaginar) las cifras. Quijano contaba los metros cuadrados en que se explana la explanada y las multiplicaciones le daban, sólo allí, 80 mil personas; agregué desde Santiago de Chile hasta Vázquez, apretadas o bastante apretadas, y desde Ejido hasta Yi o Cuareim, ídem, ídem, y Colonia, que era un corso, y Constituyente, y las transversales, Ejido, Olimar, Médanos. Total, unas 150 mil personas. Dicen que un parte policial, poco o nada difundido, estima la concurrencia en 140 mil. Transamos de buen grado, con tal de que la Policía dé a publicidad esos cálculos (que para algunos serán al hígado). En cambio un amigo de Toja miró lentamente hacia adelante y en derredor, entrecerró los ojos para escrutar mejor el horizonte, tragó saliva y carraspeó, y luego, como si nos hubiera contado uno por uno, dictaminó para siempre: “Somos 365 mil”. Lo admirable era ese pico de 5 mil, como los centésimos en un balance bancario de nueve cifras.
No sé cuántos éramos. Pero nunca estuvimos tan unidos, tan codo con codo, tan cuerpo a cuerpo. Un señor, mostrando sus brazos inmóviles, anclados en un omóplato ancho y ajeno, gemía de ganas de fumar y no poder; alguien, piadoso, le enchufó sin más trámite un cigarrillo prendido en la boca. Al rato echaba humo hasta por los ojos. Una joven señora empezó a sentir (ideologías aparte) la presión de las masas y cuando vio pasar, con los pies para adelante, a los primeros desmayados, ella también empezó a descomponerse. Su marido le ofreció salir un rato a respirar mejor; ella prefirió comerse un pancho. Pero el señor Cattivelli estaba a 30 metros de distancia, y como más vale no contradecir a las jóvenes señoras, el marido optó por mandar la plata a través de una cadena de desconocidos; al cuarto de hora y por la misma vía, llegó, intacto, el pancho solicitado por vía aérea. En el camino los intermediarios (por una vez intermediarios desinteresados) iban anunciando: “Aquí va el frankfurter del pueblo”.
¿Otra prueba de solidaridad? Los compañeros del comité de apoyo al personal de Ya vendieron en el mitin 20 mil ejemplares de la edición publicada bajo control obrero, recaudando por ese concepto 600 mil pesos. ¿Otra prueba de ruptura de nuestras clásicas inhibiciones, lograda por la participación creadora del pueblo en un acto colectivo de fe? Ese Himno Nacional entonado con fervor por la multitud, que confundió sus voces con las del coro y orquesta presididos por Hugo López, en un impulso de cantar que resultó impresionante. Es cierto que la gente de entusiasmo sublime inflamó, y así es como no pudo escucharse bien a Nelly Pacheco en el solo. Pero por fortuna los ardorosos voluntarios (yo incluido) terminábamos cada estrofa un poco antes que la solista; entonces, por encima nuestro, emergía gloriosamente la voz de Nelly, como suspendida en lo alto de la noche. Un vecino desprevenido de Soriano y Río Negro registró con asombro, desde su casa, el inesperado ascenso de ese canto invasor, potente y puro. No todos los pachequismos son de padecer.
En algunos casos, sin embargo, la expresión traicionaba el pensamiento, o quizá lo desnudaba del todo. Como aquellos estudiantes paulistas que después de ocupar la universidad colgaron en la puerta un letrero que decía: “A escola é nossa. ¿E agora?” Así también el prestigioso dirigente de una de las fracciones del Frente se agarró la cabeza cuando al subir al estrado vio aquella multitud, exclamando (seguramente con más humor que miedo): “¡Viejo querido, en qué lío nos metimos!”. Hay que agradecerle al subconsciente estas salidas de madre, estas iluminaciones repentinas capaces, por ejemplo, de hacerle decir al informativista de una de nuestras radioemisoras más democráticas, al pasar el otro día el pronóstico del tiempo: “Un frente amplio cubre... ¡perdón! un frente frío cubre todo el territorio nacional”. Está perdonado.
Es que el país se está politizando tan intensamente que nadie puede quedar al margen. Y por supuesto, todos tenemos la sensación de que los niños nos miran. Pero no es una sensación. Parece que las obras para el gimnasio del señor Pacheco en la finca lindera a la casa presidencial de la avenida Suárez (el petit Suárez pachequista, a la manera del Petit Trianon versallesco) están molestando bastante a sus más próximos vecinos del Prado. Pero una niña de 7 años, especie de Mafalda local, intentó tranquilizar a sus padres, frentistas conspicuos, con esta reflexión: “¿Así que después de noviembre, papá, cuando Seregni gane las elecciones, podemos ir nosotros a esa piscina?”.
Así será nena, ponele la firma.
Veredas de Palermo. Otras Mafaldas, Felipes, Manolos. Se arma gresca, como siempre, no importa por qué.
Un pibe, creyendo insultar a otro, lo apostrofa:
—Craviotto... andá, craviotto.
Están todos acostumbrados a decirse cualquier cosa, pero eso de “craviotto” los pasó. Quedaron un momento cavilando, como temerosos de que alguien los estuviera por cachar.
Hasta que Mafalda, decidida, se acerca a Felipe y lo interroga:
—¿Craviotto le dijiste? ¿Qué es eso?
—Y... debe ser algo muy malo. ¿No viste que en las paredes escribieron Pacheco craviotto?
Cuando en este país los pibes empiezan a hablar así, es porque el pueblo se está uniendo y empieza a andar.
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