“Siempre dispuesta a compartir su suerte…”
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
Ese 30 de diciembre, Lily Lerena, a quien por primera vez se le permitió visitar a su esposo el 26 de ese mes, dirige una carta al comandante en jefe del Ejército, el general Hugo Chiappe Pose. En unas líneas precisas, de seca concisión, lo primero que llama la atención es lo que podría considerarse el centro de un alegato. “He constatado después de dos visitas que no sólo es un prisionero de las Fuerzas Armadas, sino que su condición de tal permite a oficiales subalternos descargar algo así como algún resentimiento personal en el trato a que es sometido.”
Cuenta más adelante: “(…) porque el solo hecho de pretender mover una silla diez centímetros para estar más cómodo, en un despacho donde estábamos él, yo, un oficial, la guardia, otro oficial en el despacho de enfrente, un oficial subalterno se permite decirle que no puede mover la silla: se lo prohibió. Yo no sé mucho de cosas militares, pero sé que el general Seregni, si el prisionero hubiera sido usted, jamás hubiera permitido algo así”. En los últimos párrafos de esta carta, escribe la señora de Seregni: “Siempre les he oído decir que les interesa saber la opinión ciudadana. Bueno, yo les hablo como ciudadana y como esposa de un militar. Creo actuar con eso limpiamente y sin intermediarios. Por lo tanto, pido a los mandos militares, a la junta de comandantes, que juzguen, degraden, deporten a mi marido, pero que no permitan el destrato de oficiales subalternos a un oficial superior. Yo estoy preparada para todo, lo mismo mis hijas y sabemos que el futuro del general Seregni está en manos de ustedes. Tan preparados estamos para las nuevas cosas que pueden ocurrir que creo que si deciden matarlo tampoco nos va a sorprender. Cualquier solución que adopten, entre otras: borrar de una plumada cuarenta años de vida profesional, obligándonos a los 57 años a empezar de nuevo, no me asusta. Siempre voy a estar dispuesta a compartir su suerte, por difícil que sea. Con esto verá usted que estoy mirando bien de frente la realidad. La historia sigue su curso, señor general, y ella, sólo ella, juzgará a los hombres que en este momento dirigen el país, dentro del Ejército o fuera de él.” (Los subrayados son del original.)
Esta carta contiene cosas en principio de difícil comprensión para un civil. La indignación de Lily por la falta de consideración de un subordinado a un oficial superior, expresada a otro oficial superior (y a otros, pues al pie señala que envió copia a todos los integrantes de la junta de comandantes), habla de un “sentido militar de la vida”, por llamarlo de alguna manera, que prefiere el juicio, la degradación o la deportación antes que ese destrato. Habla de un sentido del honor que nos es ajeno, pero que es el que rigió a Seregni toda su vida. Lo que no permanece ajeno, lo que conmueve, es el coraje de esa mujer sola frente a la prepotencia de la tiranía, encarándola para protestar defendiendo a su hombre contra la humillación, su derecho a ser tratado como quien realmente era. Y avisándole a los mandamases que el hombre confinado no estaba solo. Allí estaba ella, “preparada para todo”, dispuesta a compartir su suerte.
Esta carta habla mucho del carácter de esa señora a la que vimos en imágenes lejanas o cercanas, siempre compuesta y sonriendo cerca del general. Lily, como Seregni, proviene de un tiempo, y un mundo, anterior y distinto a nuestras memorias, y arduo ejercicio de la imaginación es tratar de entender cómo una mujer que eligió como esposo a un militar, y por tanto tendría ciertas expectativas de vida luego confirmadas durante la larga carrera de aquél, pudo llegar a comprender, asumir y seguir un camino tan diferente. Dicho más fácil, si llegar a ser “de izquierda” era casi un camino ineludible para los jóvenes que éramos estudiantes en el 68, no es sencillo recorrer qué instancias, qué experiencias, qué tramos de pensamiento y de sentimientos se anudaron para que un general y su esposa de tantos años llegaran hasta ahí.
Seregni llegó, y Lily con él. Hay una larga historia de amor y complicidad que viene desde los años cuarenta, y que llegó hasta el fin de ambos. Las cartas que enviaba Seregni de la prisión dan cuenta, en parte, de esa trenza, dulce y sólida, de confianza y afecto. Ella lo representó en la lucha, tan difícil, por el voto en blanco en las elecciones de 1982.
En la película La mañana siguiente, que Gonzalo Regules filmó prácticamente entre la muerte de Seregni y el triunfo del Frente Amplio en las elecciones de 2004, vimos a Lily en la intimidad de su hogar enfrentada a la ausencia del compañero. Moviéndose en esa casa donde Seregni ya no estaba pero estaba, planeando en la presencia y las palabras de Lily, nunca amargas, siempre guardadoras. Nerviosa y atenta a la televisión que iba desgranando los datos de los resultados, el día de la elección. Preparándose para ir al balcón al que Tabaré Vázquez la había invitado, comentando cosas pícaras sobre su apariencia. Seregni no vivió para ver el triunfo del Frente, pero Lily sí. Y al igual que su presencia en el estrado del acto del Obelisco traía a Seregni, lo trajo de vuelta ese enfervorizado día de noviembre.
Seregni y Lily recorrieron el siglo xx y llegaron a avizorar el otro. Pocos días después de que se cumplieran ocho años de la muerte de él, Lily decidió que su tiempo estaba cumplido. Mientras aún estuvo, algo de lo mejor del Uruguay de antes, de una forma de amar, de entender y de estar en el mundo, parecía respirar sobre este país posmoderno. Un soplo bienhechor, que hará falta aunque quizá no siempre, y no por todos, se comprenda.


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