No es el osrcar pero...

Es fácil valorar a George Clooney. Es fácil quererlo. Hace películas como Good night good luck, desnudando en directo las manipulaciones del padre, pope y artífice de la caza de brujas en Hollywood, Joseph McCarthy; pone su cara en Syriana, que expone la corrupción en los negocios petroleros; contrasta los principios morales con la política en Los idus de marzo. Fuera de la pantalla hace campañas de recolección de fondos para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití, lo llevan preso por protestar frente a la embajada de Sudán contra la represión en ese país, apoya el matrimonio igualitario, y entre lo que hay para elegir en política oficial en su país, Estados Unidos, elige al presidente demócrata Barack Obama.

La coherencia siempre alivia. Clooney es la progresía de Hollywood, como lo son Jeff Bridges, Brad Pitt, Kathleen Turner, Jessica Alba y Alec Baldwin. Progresía alineada con el Partido Demócrata y con su presidente actual, menos virulenta que la de Sean Penn, que llega a hacer campaña presidencial pero por el presidente Hugo Chávez en Venezuela; o como lo fue, años ha, la de Jane Fonda protestando urbi et orbi contra la guerra de Vietnam.
Pero los militantes-estrella de Obama no son pocos. Se habla ya de las “Chicas Obama”, donde revistan Scarlett Johansson, Natalie Portman, Kerry Washington y Eva Longoria. Y hay representantes menos visibles pero no menos poderosos, como el director ejectivo de Dreamworks, Jeffrey Katzenberg, que ofició de anfitrión en la supercena para recaudar fondos para la campaña de Obama organizada por Clooney. Porque no se trata aquí de los pobres y los ricos, se trata de formas de pensar que a lo largo de las décadas ha tamizado y finalmente revelado una esencia liberal que, más allá de matices, resulta siempre más afín a las inquietudes y contradicciones de un medio dedicado a la creación de películas. Si los años del macarthismo y sus listas negras lucen lejanos, mucho más lo parecen los esfuerzos de los fundadores de Hollywood, aquel grupo de judíos europeos que temiendo a morir ser considerados demasiado liberales y poco patriotas por una sociedad que aún los miraba con desconfianza, extremaron su cautela a la hora de presentar situaciones políticas o sociales. Ahora el bando conservador luce poco brillante y hasta melancólico; allí revistan pocos, se llaman Bruce Willis, Jon Voight, Arnold Schwarzeneger, Sylvester Stallone, Britney Spears, Gary Sinise, y figuras del mero pasado, como el cantante Pat Boone o Bo Derek –¿se acuerdan de Bo?
Es que en el movedizo mundo hollywoodense, escribe el columnista Jonathan Chait en la revista New York, “la guerra cultural la ganaron los progres por goleada, y los conservadores han perdido toda esperanza”. Chait repasa las series y películas más exitosas de los últimos diez años, y señala que del lado conservador no han podido pergeñar nada que se le compare: “El patriotismo de Rambo, tan popular en los ochenta –y que parecía que iba a resurgir con fuerza después del 11 de setiembre–, ha desaparecido. En su lugar tenemos series como Homeland, que explora las complejas causas del terrorismo, y estrellas de acción como Jason Bourne, cuyos enemigos no son extranjeros malvados sino paranoicos a la Dick Cheney. Contra la negación conservadora del cambio climático tenemos advertencias como La Era del Hielo 2 y el misticismo abraza-árboles de Avatar. La última década ha visto también un resurgimiento de películas y programas políticos, como Veep y La campaña, donde los ‘pesados’ son los magnates petroleros. Hasta los Muppets tienen un perforador de petróleo malo llamado Tex Richman”.
Un progresismo estelar que no sólo impregna las pantallas y la campaña a favor de la reelección de Obama. Danny Glover, Edward Asner, Susan Sarandon, Oliver Stone, Martin Sheen, Pete Seeger, Ry Cooder, Haskell Wexler, Graham Nash y Jackson Browne, entre otros, estuvieron entre los firmantes de una carta dirigida a Obama pidiendo la liberación de los cinco cubanos presos en Estados Unidos acusados de espionaje. Sarandon –al igual que Tim Robbins y Mark Ruffalo– también ha dado su apoyo al movimiento Occupy Wall Street, y entre sus antecedentes se cuenta haber sido detenida con varias decenas de personas por manifestar contra el asesinato de un inmigrante africano en el Bronx por la policía.
Si el cine y sus íconos siguieran gobernando o al menos influyendo en las conciencias, como se creyó tanto tiempo, malos vientos soplarían para Mitt Romney. Pero, como en una película, ese mundo de brillos demócratas y palideces conservadoras tuvo que ser empañado por un hito. El viejo aguafiestas.
Hace años que las valoraciones sobre la “verdadera esencia” de Clint Eastwood desvelan las plumas de críticos y otros escribas que admiran sus películas. Entre Harry el Sucio, sus incontables parientes, y el veterano que toma bajo su protección a un joven inmigrante asiático en Gran Torino, entre el cowboy enjuto de mano lista para el Colt 45 y el cineasta que se acerca a los enemigos japoneses para humanizarlos absolutamente en Cartas de Iwo Jima. Siempre “entre”… Siempre planeando la alusión a John Ford, el conservador que supo hacer Las viñas de la ira y Qué verde era mi valle, ambas delatando de manera impecable distintas caras de los infortunios causados por el capitalismo.
La verdadera esencia no quiere que la interpreten, y allí apareció el viejo Clint, para despejar dudas, en la convención republicana que confirmó a Mitt Romney como su candidato a la presidencia de Estados Unidos. Apareció e hizo su numerito, como lo propagó la prensa de todo el mundo, hablándole a una silla vacía que representaba a Barack Obama, recordando las promesas de cambio y esperanza de su elección y los llantos de emoción provocados: “Pero ahora lloro por los 23 millones de personas desempleadas”, dijo Clint Eastwood. Claro, viejo, quién no.
Un hombre de cine sabe de montaje. Sabe lo que hay que cortar y lo que hay que poner para lograr el efecto buscado. Y como éste era un acto de apoyo a Romney, ninguna mención a cualquier acción política del antecesor de Obama en la Casa Blanca que pudiera tener que ver con lo que les pasa a esos 23 millones de desocupados. Las cosas están así porque “alguien no hace el trabajo”.
Bueno, esto es noticia vieja. Pero igual, deja un sabor acre. Con sus películas desde Bird, al menos, la progresía había rotado bastante universalmente en su valoración de Clint Eastwood. Concentrado, lacónico, clásico, intenso, el viejo Clint devolvía el sabor estimulante del viejo-gran-cine de Hollywood, y no pocas de sus películas están, además, impregnadas de un contundente sabor social. Cómo no tomarlo en cuenta y mover rápidamente el mouse cuando aparece el insistente dato que informa que fue, aunque por breve tiempo, alcalde por el Partido Republicano.
¿Por qué no se quedó con ese breve tiempo y nos dejó en paz discutiendo sobre su “verdadera esencia”, de conservador o de humanista anticuado pero auténtico? Total, nunca podremos responder del todo a la pregunta de si las cosas se juegan en la pantalla o se juegan en las declaraciones, en los apoyos, en las campañas.
Al fin y al cabo, Ronald Reagan nos la hizo mucho más fácil. Siempre fue horrible.

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