Clandestino
- Última actualización en 28 Septiembre 2012
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
Con rituales dentro y fuera del recinto. Afuera, las mujeres que desafiaron el frío invernal de ese martes vestidas apenas con las pinturas que convertían sus cuerpos en cuadros humanos. Adentro, en una de esas sesiones que los medios califican de “maratónicas”, nuestros representantes hablaron, definieron, explicaron, conminaron. Y al fin votaron. Con diputados que apoyaban el proyecto pero salieron a la hora de votarlo para no contradecir la disciplina de su partido –Fernando Amado, colorado–, otro colorado que estando a favor votó en contra por la mentada disciplina –Aníbal Gloodtdofsky–, dos frenteamplistas que estando en contra se retiraron para que votaran a favor sus suplentes.
La “maratón” no se debió a la esperanza de cambiar alguna opinión y por tanto el trasiego de algún voto. Ya se sabía quiénes iban a votar a favor, quiénes en contra, quiénes iban a abstenerse. Una mayoría de hombres –76 en 99, y eso porque ahora hay una mujer supliendo a un colega varón– pronunciándose sobre los abortos que se hacen las mujeres. Y aunque sin esperanza de convencer a alguno de sus pares, todos querían dejar sentada su posición. Quizá para que cuando en el futuro cercano o lejano se investiguen estas cosas se sepa claramente que: a) siempre me opuse a esta barbaridad; b) fui partícipe y defensor de ese avance en la defensa de los derechos de la mujer. Unos y otros apelando a la defensa de la vida, sólo que algunos haciendo hincapié en la vida del embrión humano, y otros en la vida de la portadora del embrión humano, ante un proyecto que alega contemplarlos a ambos.
Es una de las discusiones a la vez más reveladoras y más inútiles, porque por más racional que sea su arranque aterriza siempre en un terreno oscuro y esencialmente particular. El de las creencias, el de las definiciones esenciales. Nadie puede convencer a nadie de la existencia o de la no existencia de Dios. Y mucho menos votar sobre ella.
Pero el aborto no es la existencia de Dios, aunque algunos lo invoquen para mejor penalizarlo. El aborto sucede, está cerca, está lejos, está ocurriendo ahora, ocurrió siempre, incluso para muchas mujeres que creen en Dios. Con el aborto penalizado, en clínicas clandestinas, en operaciones caseras y también clandestinas. Ningún clandestino viene durando tanto.
Cuando el famoso veto de Tabaré Vázquez sobre artículos referidos al aborto de la ley de salud reproductiva elaborada por su propia fuerza política, los grupos opuestos al aborto respiraron aliviados. Y se supone que el entonces presidente, también. Había “triunfado la vida”. Hasta ahora intriga saber por qué respiraron aliviados. ¿Qué cambiaba el veto? Lo mismo que la penalización desde 1938 –cuando se volvió a criminalizar el aborto, después de una suspensión de cuatro años gracias al código Irureta Goyena–, lo mismo que antes de ese breve tiempo de despenalización, un antes de siglos y siglos. Es decir, nada. El clandestino siguió siendo clandestino, pero no dejaría de ser. Con todas las contras del clandestino, a veces aterrizando en lugares se supone que higiénicos y seguros, a veces sangrando en oscuros cuartos miserables, lastimando y muchas veces matando. Mujeres, claro está.
Así son los clandestinos. Y éste, en particular, tan extendido y convocado que los mismos que lo denostan en público a veces recurren a él en privado, que todos saben que existe pero hacen como que, al ser ilegal, no existe. Así que siempre intriga saber por qué se tranquilizan los antiabortistas contumaces cuando el aborto sigue penalizado. Sí, sí, la penalización sigue, pero el aborto también. ¿Da eso tanta tranquilidad? ¿O lo que tranquiliza es la esperanza de capturar a alguien que se lo practique y mandarla presa? Qué consuelo. Cuando un asunto de salud pública aterriza en las creencias filosóficas y religiosas, cualquier (auto)engaño sirve.
El martes/miércoles la larguísima gimnasia en torno al aborto dio un paso, no hacia su legalización plena, pero al menos hacia una clarificación de lo que realmente sucede. Muchos, sobre todo muchas, consideran esta ley insuficiente y hasta humillante para las mujeres. Otros sienten que triunfó una legalización del asesinato. (Y piden referéndum, claro.) Es obvio que entre los extremos jamás habrá un acuerdo. Pero es probable que el clandestino, después de siglos, deje de serlo.


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