Brecha Digital

Hablando en chino

“Quizá dentro de cien años un chino pueda ganar el premio Nobel”, decía lacónico en 2008 Mo Yan, entrevistado por José Reinoso para El País de Madrid. En 2000 lo había obtenido Gao Xingjian, pero a la hora de las comunicaciones muchos consideran que su opción por la nacionalidad francesa hace que en verdad sea este año el estreno chino en la lista de los distinguidos por la Academia sueca. Las noticias que llegan parecen explicar ese efecto inaugural: leer a Mo Yan pretende la promesa de comprender la enormidad de la cultura china.

 

HAMBRE Y SILENCIO. El flamante Nobel nació con el nombre Guan Moyen en 1955, en Gaomi, un condado pobre de la provincia costera de Shandong donde ambientó muchas de sus novelas y donde lo encontró la noticia, en casa de su padre, que tiene 90 años. Pasó una infancia de privaciones, cuando tenía 5 años los árboles eran blancos “porque nos habíamos comido la corteza”. A los 12 dejó la escuela para ir a trabajar al campo. “Mis recuerdos están repletos de soledad y hambre. La década de 1960 fue muy difícil en China. Pasaba todo el día en el campo cuidando de las vacas y las ovejas, mientras los chicos de mi edad estudiaban y jugaban en el colegio. Había veces que no veía a nadie en todo el día.” El silencio era también impuesto. La censura venía de las disposiciones de la revolución cultural de Mao entre 1966 y 1976. Mo Yan, el seudónimo que iba a elegir como escritor, significa “No hables”. A los 18 años entró a trabajar en una fábrica hasta que, en 1976, ingresó al ejército. La biografía de Mo Yan muestra las marcas –a veces contradictorias– de la vida bajo un régimen comunista, donde el ejército le da la instrucción que le hace posible convertirse en escritor. Estaba en el ejército cuando publicó su primera novela.

AFINIDADES ELECTIVAS. Mo Yan no es el primer Nobel que leyó literatura latinoamericana en años de su formación: la cronología manda, y el Nobel a García Márquez en 1981 incidió en los escritores que estaban en sus 20. Como Orhan Pamuk, Mo Yan leyó al colombiano y encontró similitudes entre el universo campesino macondiano y el de su provincia natal. Comparte con Gabo el origen rural de su mundo narrativo y el hecho de que su primera influencia hayan sido los cuentos tradicionales que conoció de niño. La conexión es visible, y tal vez por eso el presidente de la Academia sueca objetó la caracterización de su estilo como “realismo mágico” alegando que “él no escribe así porque imitó a García Márquez –dijo–, sino porque la experiencia de lo sobrenatural actuando sobre lo cotidiano es una experiencia propia, y su literatura algo original”. La literatura, sin embargo, opera por voluntarias y buscadas genealogías, y son esas afinidades electivas las que dan la mejor pista de qué es un escritor y qué podemos esperar de su lectura. Howard Goldblatt, especialista en literatura china y traductor de varios títulos de Mo Yan, lo compara con Dickens (que este año cumple su 200 aniversario) en el aliento épico de una narrativa que cumple la ambición de dar un friso de la sociedad. El propio Mo Yan reconoce entre sus cultos el de Faulkner y Tolstoi, y la admiración por Kenzaburo Oé y Kawabata, una constelación que refuerza el paisaje rural y arcaico, pero suma la complejidad formal y poética. Pero Mo Yan es también heredero de Rabelais, y para algunos de sus críticos un escritor sardónico, y como todo autor de sátiras, un moralista.

LA TRAMA, LA SAGA, LA HISTORIA. Mo Yan ha escrito una docena de libros desde que empezó a publicar en la década del 80, cuando la censura aflojó después de la muerte de Mao en 1976, y la consolidación de Deng Xiaoping en el poder, en 1979, permitió que surgiera una literatura conocida como “la literatura de los heridos”, que denunciaba la pesadilla de los tiempos de la revolución cultural. El repaso (ajeno) de algunos de esos títulos puede dar una idea de la literatura de Mo Yan. La consagratoria Sorgo rojo (El Aleph, 2002) entreteje cinco historias y cubre episodios históricos cruciales, como la guerra sino-japonesa y la vida miserable de los campesinos. Fue llevada al cine por Zhang Yimou y ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1988. La república del vino está entre sus piezas satíricas. Narra la historia de un personaje que va en viaje oficial a la zona donde se hacen los mejores vinos en China. Su viaje es contado por un narrador que es el propio Mo Yan, y por el protagonista. Como el autor emborracha al protagonista en la primera recepción que le ofrecen, su relato se permite las alucinaciones que disparan toda lógica. Otra línea narrativa es el diálogo del propio Mo Yan con un lector que admira su obra y que espera que lo apadrine para publicar sus propias historias en alguna revista. Las historias que le envía se incluyen en el libro. Mo Yan ha declarado que descubrió su propio estilo en 1985 y que se basa en lograr la complejidad de un mundo a través de la complejidad de las tramas. La vida y la muerte me están desgastando describe con humor negro la vida cotidiana china. Shifu, harías cualquier cosa por divertirte reúne ocho relatos breves que traen críticas al mundo capitalista que acecha a la moderna China. Rana, su última novela, denuncia el sistema del hijo único impuesto en China a través de la lucha interna que agobia a un médico dividido entre la obligación oficial de practicar abortos y su impulso por proteger a las que quieren dar a luz un segundo hijo. De 1996 es la publicación de Grandes pechos, amplias caderas, una novela de 500 páginas que es una saga ambiciosa y monumental de la historia china en el siglo xx a través del relato de la vida de una mujer. El crítico del Washington Post al comentar su traducción al inglés en 2004 auguró que era el tipo de libro que acabaría dándole a su autor el premio Nobel (opinión que el diario exhibe hoy como un vaticinio). La obra fue prohibida en China, según su autor por razones políticas y puritanas: por sus críticas al Partido Comunista y por nombrar “de forma atrevida y directa el cuerpo humano”.
Unos cuantos títulos de Mo Yan ha sido traducidos al español en España, fundamentalmente en la editorial Kailas, una de esas editoriales alternativas que no llegan a Uruguay hasta que embocan un Nobel. Antonio Cisneros, que acaba de morir, decía que cuando llegó a España en los años sesenta, él era un joven mucho más leído que sus colegas españoles, pero que eso cambió y España ya es Europa. Es de esperar que la crisis no afecte esa conquista cosmopolita que muchas veces nos permitimos despreciar. En la exigüidad de nuestro conocimiento de otras literaturas, el Nobel ha venido siendo algo más que una noticia, un paliativo para nuestro aislamiento chino. Habremos de esperar esos libros para que, como ocurrió antes con Imre Kertész, podamos leer a Mo Yan y probar estos anuncios que se filtran a través de las noticias y los velos de las lenguas. Sólo el último de los títulos de Mo Yan –Rana– ha sido traducido directamente del chino. Los otros venían del inglés, y hay algo en las entrevistas que reproducen en todo el mundo que delata discretamente a alguien que está declarando en un idioma extranjero. Entretanto, rescato del ruido que hoy rodea a quien escribió desde el silencio, la opinión de un amigo, el editor alemán Jürgen Dormagen, de la casa alemana Suhrkamp y un fanático de Onetti, que conoció a Mo Yan en 2009 cuando la Feria de Fráncort estuvo dedicada a China. Jürgen opina que cuando se trata de un país considerado exótico o ajeno todos esperan política, pero a Mo Yan, un hombre tímido, le interesaba más la literatura.

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