Brecha Digital

Tormentas, y no del alma

Están en nuestra raíz, en los sedimentos sepultados de los orígenes. Una de ellas recibió a Solís, allá en el siglo xvi, poniéndolo en la situación ideal del acosado: tormenta por un lado, indios poco amigables –en un decir, políticamente correcto– por otro. Y no permanecen, porque no está en su naturaleza, pero siempre vuelven.

Las tormentas son movedizas por definición, usan táctica de guerrilla, atacan y se van, y cuando todos piensan que la película terminó y viene una duradera paz de suaves brisas, zas, aparecen a arruinarlo todo. Gracias a ellas tenemos un envidiado récord de barcos de todo porte, época y tamaño, sumergidos en las aguas profundas de nuestro litoral costero.
Lo que es duradero es la memoria de las tormentas. Como en el poema de Nervo, “quien la vio no la pudo ya jamás olvidar”. Decenas de crónicas sobre la famosa del 10 de julio de 1923, la que se llevó la terraza sobre el agua del Hotel de los Pocitos. Uno mira esas fotos de época y es una delicia: esa arquitectura rococó, liviana, grácil, por donde transitan caballeros y damas con sombrillas, y ese fondo de rambla con chalés y villas enjardinadas. Cuando parecía que Pocitos podía ser una especie de pequeña y austral Cannes y ninguna pared de cemento y vidrio atajaba al sol de las tardes. Todo eso se llevó sin saberlo la malhadada tormenta que duró dos días, aportó vientos de hasta 150 quilómetros por hora, suspendió en el aire los rieles del tranvía frente al Parque Hotel e hizo encallar a un vapor brasileño llamado Cáceres. Las crónicas diseminadas tanto en Internet como en esas publicaciones barriales que siempre se esmeran en rescatar “sucesos de nuestro pasado”, aportan algunos datos curiosos. Como el hallazgo, días después de la catástrofe, de botellas de vinos finos diseminadas en la arena de Pocitos, la fundación del club Mar de Fondo –así llamado en homenaje al temporal– en el barrio Sur, y la más llamativa de todas: un féretro con su muerto adentro que fue arrebatado por la marejada de una casa en Gonzalo Ramírez y salió así flotando, mismo entierro vikingo, por calles que ya eran parte del mar.
Y hubo muchas después, no tan famosas ni recordadas como la del 23; está la de 1966 –marzo, creo–, que armó un estropicio de árboles caídos en el parque Rodó y en las calles, y una pocos años después, que no consiguió ningún ataúd pero sí desparramó muñecas y autitos, triciclos y espadas y juegos de todo tipo por las calles, porque tiempos eran –comienzos de los setenta– de feriantes por miles en cada víspera de Reyes, y era 5 de enero. Y vino la de 2005, en honor a Santa Rosa, que apareció sin alertas, sin avisos y sin consideraciones de ningún tipo pese a su mística advocación, y no hay que dar detalles de ella porque todos la recuerdan. Aporto tan sólo lo que me contó mi dentista. Él dice que vio a un perro, pastor alemán él, volar desde el techo donde tenía su consultorio. No sabe si lo encontraron. Pero esa tormenta desató miles de anécdotas sobre situaciones vividas, y aún se recuerdan, porque fue la más fuerte registrada por las generaciones hoy vivas, aunque tuvo la consideración –es de recalcar– de terminar a tiempo para que la Noche de la Nostalgia se cumpliera en tiempo y forma.
Es que no hay que ser malagradecidos. Después de todo, las tormentas –como la selección de fútbol– tienen el mérito indiscutible de desplazar de los informativos de televisión los detalles de los crímenes. En vez de la crónica roja, la alerta roja. Con la ventaja de mucha más variedad de fotos y grabaciones que aparecen por todos lados, aunque las olas grandotas de la rambla frente a la calle Paraguay logren casi siempre un repetido protagonismo sólo eclipsado cuando la espuma barre la rambla de Piriápolis o un barco –¡oh, un barco!– se sale de su sitio para aterrizar en plena pista. Y hasta se puede –como sucede con el “clima de inseguridad”–, a propósito de las tormentas, protestar contra el superior gobierno. Cómo no avisaron. Qué hace Meteorología. Cómo dan alerta roja si apenas daba para naranja. La población no fue prevenida. La población fue demasiado prevenida y se “desató el caos”. No hay ómnibus. El transporte es normal. ¿Y cuándo van a sacar este maldito árbol que se cayó frente a mi casa?
Ahora, encima, nos avisan que “este tipo de fenómenos va a ser cada vez más frecuente”. Lo dijo Diego Cánepa, lo dijeron unos científicos que previeron sustillos de ese tenor a razón de tres veces al año –atención, hubo dos en un mes, con esa cercanía bien se nos puede hacer algún descuento y eliminar el tercero–. El prosecretario anunció además que se creará una Agencia Nacional de Meteorología y hasta un “manual” para saber cómo reaccionar ante anuncios extremos. No aclaró si el manual, además de cosas comunes en los manuales (tipo: tenga la radio prendida y si dice alerta naranja cierre la ventana), contendrá planes prontos y efectivos para hacer mudar a todos los que viven en áreas inundables y sustituir las casas precarias con techos precarios por casas de verdad con techos de verdad. (No hay que olvidar que hasta la naturaleza tiene prejuicios de clase; siempre la pasan peor los más pobres, aunque últimamente pueden sumarse a ellos algunos de los más ricos, los que habitan en torres altísimas y cerradas con vidrios que no aguantan la fuerza de los vientos. Claro que en este caso siempre se puede decir: sarna con gusto no pica, y que expliquen la empresa, y los arquitectos.)
Bueno, está bien. De todas maneras, no hay que esperar milagros ni de manuales ni del clima. En Montevideo.com, dos científicos especializados en estos asuntos –ciencias meteorológicas, de la atmósfera, de los océanos, del ambiente, etcétera–, Mario Caffera y Madeleine Renom, sin descartar las consecuencias del cambio climático ponen un toque de serenidad, aportan datos y llaman a ser cautelosos con las conclusiones. Claro que, coinciden, más estudios son necesarios para tener una noción sustentada de los posibles riesgos, ya que éste es el único país que no ha puesto recursos en esa materia. Señalan que los servicios de meteorología nacionales eran hace 15 años comparativamente mejores que los de Brasil, y hoy pasa lo contrario.
Bingo. ¿Habrá manual y medios necesarios para que los estudios nacionales sobre el asunto se afinen, o sólo manual?
Hablaremos después de la próxima tormenta. Si la graciosa y extraña estatua azul coreana en la rambla del Buceo no se voló, y quedó propiciando su gentil saludo oriental a nuestras irredentas olas.

 

Comentarios   

 
0 #1 noelia 27-10-2012 10:26
Muy preciso y el sarcasmo justo! Excelente.
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