“As pessoas não morrem, ficam encantadas”
- Última actualización en 01 Noviembre 2012
- Escrito por: Ángeles Blanco
2 de noviembre, día de los muertos
Quizás por su nombre españolísimo, Carmen, quizás por esas viejitas que acomodan ahora sus flores sobre la losa, una escena de Almodóvar en Volver se impone en mi memoria. Son apenas unos segundos del cine más puro: el travelling de una cámara recorre una a una las lápidas, los panteones, donde unas manos provistas de trapos y escobillas, limpian afanosamente la superficie. El viento descontrolado dificulta la tarea, al tiempo que el aire se llena de voces femeninas, penetrantes, decididamente peninsulares: “Ay, ay, ay qué trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse a agachar, todos los días el aire y el sol”.
No es una escena convencionalmente “triste”, para nada: la vitalidad de las acciones tiene un contrapunto ideal con la quietud de la muerte; las mujeres en escena tampoco son dolientes que acaban de enterrar a un ser querido. Y sin embargo, unos ojos llorosos, los de esta espectadora, fuera de todo libreto. Esos versos de zarzuela ya los había escuchado cuando niña, porque los cantaba Carmen, esa abuela de nombre españolísimo. Y la escena, repetida mil veces en mi memoria, era más o menos así: la radio encendida, los aromas de la cocina en acción y ella, mi abuela, repitiendo el estribillo y bailando con una alegría casi constitutiva, ponderando una y otra vez el ingenio de aquella letra fabulosa. Entonces ni Carmen ni yo sabíamos que esos instantes luminosos iban a resistir así la frontera del tiempo y del espacio; imposible imaginar, en aquel torbellino doméstico y añorado, cuántas veces volverían a proyectarse en la pantalla de mi memoria. Como esta otra de Almodóvar, precisamente.
Nada como la pérdida de un ser querido para resignificar el entorno, la cotidianidad, la propia existencia. Una foto con la persona ausente se transforma en esa foto, una fecha de calendario puede adquirir una consistencia antes desconocida. Tanto que días como el 2 de noviembre, antes apenas un simple feriado, puede que ahora revista nuevas resonancias. De ser así, los rituales variarán: algunos honrarán el recuerdo en su hogar, los religiosos irán a misa, muchos otros reservarán para ese día su visita al cementerio, quizás por vez primera. Una recorrida por estos últimos confirma algunos síntomas inequívocos: un horario extendido de visita, un colchón colorido de flores frescas, un previsible mayor caudal de visitantes. Un caudal que parece menguar con el tiempo, según se lamentan los floristas que parece que ya no recaudan como antes.
Dejando fuera el dolor de la pérdida, los cementerios pueden ser, se sabe, lugares de poderoso atractivo. Basta tomar nota de la belleza marmórea del Central, por ejemplo, para perder allí una tarde entera. Cuadras y más cuadras de rostros graves y siluetas delicadas que reposan en la piedra o se apoyan ligeramente, casi a punto de elevarse por el aire. Los nombres ilustres se repiten; los monumentos mortuorios evocan un poderío terreno y efímero. Mucho más modesta, la estatuaria del Cementerio de La Teja también ofrece sus tesoros. Sólo esta imagen: dos esculturas de tamaño natural, un hombre y una mujer, intercambian frutas y agua de un cántaro. Y esta otra: una muchacha de larga cabellera, en blanco perfecto, sonríe levemente mientras lee un libro que nunca acabará. Es bastante impresionante tomar nota de las fechas: esta última imagen es de 1889. Y a través de esas fechas, percibir esas variaciones de la moda que en los años veinte, por ejemplo, resulta mucho más “desenfadada” en su tipografía algo curvada, quizás un resabio del art nouveau. Pero ya en los años treinta, el mármol oscuro de líneas purísimas y los perfiles de los fallecidos cincelados a modo de moneda romana evocan esa estética europea de los totalitarismos. Pienso en las manos de los artesanos que cincelaron esas líneas, me recuerdan esa anécdota de Miguel Ángel, terrible, cuando modelaba las esculturas del panteón de los Medici. Entonces había una revolución, y ganara quien ganara, el pueblo o la familia de poderosos, su situación siempre sería comprometida: siempre podría ser considerado, por uno u otro bando, como un traidor. Dicen los especialistas que algo de esa turbación se plasmó en esa obra monumental. Quién sabe qué turbaciones estén plasmadas aquí, en estas otras criaturas indolentes que custodian el sueño definitivo, que subliman en arte el dolor.
En uno u otro cementerio, sin embargo, las clases sociales parecen perpetuarse en la muerte: los más prósperos de otras épocas levantaron sus edificios mortuorios en sintonía con su estatus, un vano intento por aferrarse a una materialidad finita, perecedera. Hoy los más prósperos, en cambio, prefieren lo opuesto, una residencia minimalista, casi aséptica, para la muerte. Los nuevos cementerios parque son un contraste tan pleno con el tumulto barroco de los viejos, que no es necesario ser antropólogo o semiólogo para detectar que algo profundo ha cambiado en la sociedad de nuestros días en la relación de los vivos con los muertos.
Se dice que los uruguayos hacemos un culto de la moderación, y en la muerte, se entiende, no procuramos dar la nota. Sin embargo, nadie podría negar la penetración de modalidades culturales ajenas, tan vinculadas a la muerte, como Halloween. Que el Cementerio Central sea hoy uno de los puntos obligados del llamado “necroturismo”, y que haya servido para la puesta en escena de Don Juan Tenorio, puede resultar también un indicio leve de ese nuevo relacionamiento, si bien lo que se adopta en este caso es la vieja tradición española de representar la obra en el Día de los Difuntos. Sea como fuere, nada parece comparable, en espectacularidad y sofisticación conceptual, con esa fiesta que el pueblo mexicano le tributa a sus muertos en fecha alusiva. Sólo en una cultura así, donde los muertos conviven con los vivos sin mayor conflicto, pudo haberse gestado un libro como Pedro Páramo, ese diálogo improbable con las almas en pena de Comala. Y es que la muerte, desde luego, ha sido una presencia poderosa en la historia de la literatura. De esa inagotable fuente, sin embargo, un cuento de Joyce, “Los muertos”, luego película de Huston (Desde ahora y para siempre, 1987), sigue estando en el podio de los textos que más exquisitamente han sabido reflexionar sobre la fugacidad de la vida. En su bella escena final el matrimonio protagonista ha vuelto de una recepción familiar, una cena de Navidad en la Irlanda de principios del siglo xx. Y esa noche Gabriel Conrroy todo lo que desea es el amor de su esposa, Gretta. Pero ella, en cambio, se turba en el recuerdo de un amor adolescente, un joven que murió de pena y de frío, luego de esperarla en el jardín de su casa. Algo profundo, una suerte de epifanía, se percibe tras esa confesión al tiempo que la nieve, imperturbable, se descuelga sobre “toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”. Que esta sea la última escena de la última película de Huston es la despedida más serenamente rutilante que un maestro haya podido ofrecer a su público.
La muerte también le ha dado al mundo un cúmulo de frases célebres expedidas en la hora final, o al menos, en sus prolegómenos. Tal estas líneas de Guimarães Rosa que siguen resonando por su curiosa perspectiva: “As pessoas não morrem, ficam encantadas”. Y quizás el maestro brasileño, ese hombre del sertão profundo, elucubrador de paradojas y algo supersticioso, haya tenido un poco de razón: quizás al final todo sea cuestión de encantamiento. El más misterioso y eficaz de todos.

