El lugar de la poesía

El Cervantes para J M Caballero Bonald

A principios de este año dijo que no escribiría más, tomó partido por los indignados, escribió una autobiografía de 3 mil versos. Ganó el Cervantes.
Decía hace años el poeta Vicente Molina Foix (que fue uno de los ‘nueve novísimos’) que en España se había instalado un sistema en la literatura por el que los premios se iban distribuyendo de un modo paulatino, tácito y sereno. Sólo había que esperarlos.

Es verdad que los premios fueron muchos en la bonanza económica que disfrutó el reino de Juan Carlos, y es verdad que el Estado no escatimó inversiones y gastos para la cultura. Un panorama así, se requiere mucha erudición –en poesía tanto como en premiación ibérica– para discernir si este Cervantes a José Manuel Caballero Bonald fue adecuado o tardío.
El Cervantes, que desde su inauguración en 1976 sigue siendo el mayor premio de la lengua, ha contado con la longevidad como aliada en el reconocimiento. Empezó –siempre del lado español– con los sobrevivientes del 27 (Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Alberti), que ayudaron a su prestigio. Desde hace unos años, cuando le toca a España, sabida la alternancia continental que es una de sus reglas no escritas, viene premiando a escritores nacidos en la década del 20. La llamada generación del 50, aunque algunos de los mejores de ese grupo, como sus amigos José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma, no vivieron para recibirlo. La lista de americanos premiados es una década más joven. Y el “benjamín” de los que obtuvieron el Cervantes es José Emilio Pacheco, nacido en 1939. Caballero Bonald lo consigue a los 86.
No me burlo de esta modalidad sucesoria, que es después de todo un modo de dar lugar a la poesía; un lugar que aquí casi se ha perdido, y síntoma de eso es que sólo unos pocos supiesen algo más que el nombre de este poeta, memorialista y a veces novelista andaluz que cultiva la pasión del cante jondo y la erudición del vino. Salvo algunos poetas, la mayoría de nosotros tampoco conocía muy bien a premios anteriores como José Hierro y Antonio Gamoneda. Caballero Bonald llega al Cervantes después de haber cumplido todas las distinciones previas: Premio Nacional de las Letras, Nacional de Literatura, Nacional de la Crítica en tres ocasiones, Pablo Iglesias, Reina Sofía, Andalucía de las Letras, Biblioteca Breve y Plaza y Janés, entre otros menos conocidos. Como escritor es un corredor de fondo. Cuando se enteró de que había ganado el Cervantes, dicen los cables que dijo: “Era mi turno”.
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