Brecha Digital

Política cultural exterior, tengo

Con Carlos Alberto Martins

Vino en el contingente de 65 programadores culturales internacionales convocados por el primer Mercado de las Artes de Uruguay (mau), y su modesta distinción es ser uruguayo. Reconocido investigador de nuestra música popular y comunicador radial, Martins emigró en 1982 primero a Bélgica y luego a España, donde reside desde 1990 como responsable de exportación de industrias culturales de la Comunidad de Madrid.

 

—¿Cuándo viniste por última vez?
—Estuve en abril del año pasado, acababa de fallecer mi madre. Pero suelo venir, aquí tengo a mi hija, nietos, amigos entrañables.
—¿Cómo percibís la evolución de la cultura uruguaya en el exterior?
—Fragmentada, el primer producto de exportación sigue siendo el fútbol, seguido por la literatura de los autores consagrados, no los recientes. En España están más o menos enterados de que Jorge Drexler es uruguayo, en parte porque vive a caballo entre ambos países, pero desconocen al resto de los buenos músicos nacionales. Las compañías de teatro que solían ir, como el Teatro Circular, hace tiempo que no lo hacen. Por mi trabajo ando en los mercados del mundo y hace seis años conocí, en San Pablo, a jóvenes productores independientes del cluster de música uruguaya que me sorprendieron gratamente, porque me demostraron que las perspectivas de la industria audiovisual uruguaya no comienzan y concluyen en el cine, hay otras manifestaciones, como la canción, que está procurando abrirse paso en el exterior. Me sucedió lo inverso en una feria musical en Buenos Aires, con el cluster de la música uruguaya, no está en los mercados clave del sector. Creo que así como ahora tenemos un Mercado de las Artes en Montevideo, debería existir una política de difusión de la abundante y diversa creatividad uruguaya en los mercados internacionales.
—¿El objetivo central del mau es que los programadores lleven nuestra producción a sus países?
—Sí, hay tres clases de empresarios involucrados en este tipo de iniciativas: los programadores de festivales artísticos, los programadores de salas y espectáculos, y los distribuidores, que colocan los productos que les atraen en diversas redes culturales.
—¿En cuál grupo estás?
—El de programadores, aunque en puridad no lo sea, porque mi rol es más institucional. Trabajo promoviendo la exportación de producciones culturales de la Comunidad de Madrid, y aquí vine en función de servir de nexo entre las propuestas uruguayas y el conjunto de festivales y empresas con las que estoy en contacto. Fundamentalmente en el área música, aunque estoy dispuesto a integrar también a las artes escénicas.
—Supongo que muchos creadores continúan resistiéndose a matrimoniar arte y mercado.
—Conversábamos con las autoridades del mau acerca de que su propia existencia puede ayudar a comprender cuán ligados están. Una empresa cultural es empresa en tanto aspira, entre otros resultados, a remunerar a sus trabajadores. En ese punto, el éxito comercial de un emprendimiento cultural asegura a sus protagonistas el derecho a vivir de su trabajo. Y si hay artistas que no necesitan o no desean ejercerlo, pues muy bien, también es su derecho. Este asunto, visto desde el debate mundial sobre la propiedad intelectual, adquiere otras tonalidades. Porque todas las personas que en el orbe bajan contenidos culturales de Internet sin pagar, quizás no son conscientes del daño que le inflingen a sus creadores. Me dirán que muchos de esos creadores tienen mucho dinero, pero no es así, el 90 por ciento de la producción cultural mundial no proviene de multinacionales, sino de pequeñas empresas cooperativas y familiares.
—Nadie lo diría.
—Hay que diferenciar producción y mercado. Es éste el que, en segmentos como el de la música, está controlado por multinacionales, pero la mayoría de los discos que se editan a diario en el mundo salen de compañías discográficas independientes. Y también están disponibles, en forma totalmente legal, en Internet.

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