Brecha Digital

La suerte de existir, la desgracia de pasar (casi) desapercibidos

Seis joyas fugaces

La gran mayoría de las películas más inquietas, más creativas, más personales, más iconoclastas y acaso más valiosas producidas durante los dos o tres años anteriores a 2012 no se exhibieron ni se exhibirán en el circuito de salas comerciales de Uruguay. Quejarse del hecho de que algunas de las que sí han encontrado un espacio dentro de ese circuito no han recibido, por parte del público, la atención que merecían, podría considerarse, entonces, un prurito, un exceso de celo, una diatriba dialéctica o un exagerado e inconducente gesto de pesadumbre. Sin embargo, cabe recordar que toda película siempre es terminada por el espectador. Si éste no está, o no va, o no viene, no se produce el imprescindible acto de comunicación entre las partes. Como si no existiera, pues, la mentada película. Ni, en plural, las películas. Con, por lo menos, seis de ellas, muy diferentes en origen, intenciones, producción, espíritu y vocación pero similares en enjundia, en honestidad intelectual y en calidad artística, pasó esto durante el año 2012. Aquí la lista de títulos, más una síntesis de sus hallazgos y un intento, seguramente incompleto y probablemente vano, de explicar su escasa repercusión en el público uruguayo. Un intento, por otra parte, que se topa con otra barrera invisible: ninguna de estas seis películas tiene rasgos experimentales, abstrusos o ininteligibles. Son, desde cualquier punto de vista, asequibles y potables.

POESÍA PARA EL ALMA (República de Corea, 2010) lleva hasta un límite estético inusual la vocación del director Lee Chang-dong por adscribirse a los cánones clásicos. La anciana con principios de Alzheimer es la heroína que ya quisieran para sus películas los modernos y los posmodernos. Su nieto, un adolescente con graves problemas de conducta, es una contraparte perfectamente trágica. La sociedad, casi siempre indiferente, cuando no cruel e injusta, es el ámbito idóneo en el que la naturaleza humana desarrolla sus mejores y peores instintos. La poesía aflora donde menos se la espera. Al final, todo se armoniza, fluye, se retroalimenta y adquiere esa significación callada, oculta y sigilosa que los verdaderos maestros se limitan a sugerir y entrever. La ausencia de alumbramientos estentóreos provocó que su exhibición en Cinemateca no se distinguiera en medio de una catarata de estrenos más acordes a otras modas y a otras sensibilidades. La reposición, sin publicidad, en el complejo Alfabeta, llegó tarde, en diciembre, el peor mes del año.

EL ÚLTIMO ELVIS (Argentina, 2011) es el primer largometraje de un tal Armando Bo, nieto del descubridor de Isabel Sarli y antes sólo dedicado a dirigir avisos publicitarios. El resultado de ese primer empeño va tan a contramano del erotismo primario y kitsch del abuelo como de la seguridad lineal de la publicidad. Su personaje, padre fracasado y músico ídem aunque casi perfecto émulo de un Presley ideal e idealizado, sospecha que lo espera el cadalso pero no se propone evitar los peores métodos para alcanzarlo. Esa aparente incongruencia inunda el tono de la película y la vuelve al mismo tiempo imprevisible y maravillosamente triste. Ni comedia ni drama ni nada entre medio, su no encasillamiento desconcertó tanto a la distribuidora como a sus potenciales espectadores.

LAS ACACIAS (Argentina, 2012) confirma lo que la película citada más arriba deja entrever: hoy en día, sólo el cine argentino más comercial y apegado a fórmulas de rendimiento comprobado, con o sin calidad, con o sin Ricardo Darín, triunfa en nuestras carteleras. Por eso este bello road-movie de Pablo Giorgelli que se abstiene de apelar a aditamentos como música incidental, incidentes de corte policial, erotismo, chistes fáciles y vueltas de tuerca –con la excepción de una, muy sutil, al final de la travesía– para contar qué factores físicos y emocionales unieron a un camionero, una jovencita paraguaya y el bebé de ésta durante el viaje que comenzó en Paraguay y terminó en Buenos Aires, pasó (casi) desapercibido.

LA DEMORA (Uruguay, 2012) ganó dos premios en el Festival de Berlín, lo que le sirvió para iniciar una trayectoria internacional con reconocimientos de todo calibre pero no fue suficiente para alcanzar la nada mágica cifra de 2.000 espectadores durante sus semanas de estreno en Montevideo. Puede que la gente haya supuesto que esta historia con estructura de cuento sobre una ama de casa trabajadora a cargo de dos hijitos y un padre con principio de Alzheimer a quien se propone, en un acto de sufrida e inconducente rebeldía, abandonar, era un bajón, una patada en el hígado, una nueva variante sobre la depresión nacional. Aunque asimismo es una de las más maduras y más redondas películas del cine uruguayo, qué también.

BUSCANDO UN AMIGO PARA EL FIN DEL MUNDO (Estados Unidos, 2012) se apega con uñas, dientes y corazón a la bonhomía y a las imperfecciones de un tímido cuarentón abandonado por su mujer y a una volátil damisela que se las arreglan para pasarla lo mejor posible, dentro de cánones éticamente irreprochables (toda una hazaña), cuando se anuncia una hecatombe mundial inevitable y para cuya concreción restan pocos días. La insólita combinación de ciencia ficción apocalíptica y comedia romántica que ensaya la directora debutante Lorene Scafaria termina bien pero mal. En parte por eso, en la taquilla le fue más o menos pero peor de lo que merecía.

LOS MUPPETS (Estados Unidos, 2011) retoma el gusto de Hollywood por los éxitos de ayer, por la nostalgia, por desempolvar viejas fórmulas, por el reflotamiento de un mito fallecido (en este caso Jim Henson y sus “colaboradores”), por la combinación entre personajes de carne y hueso y muñecos o títeres o dibujos animados, por la comedia musical, por el prestigio de Broadway, por los nombres famosos, por los años ochenta. Pero el director James Bobin hornea el pastel apegándose estrictamente a una historia que, con “exceso de sutileza”, intenta convencernos de que la Alegría y el Bien Universal deben ir juntos, si no, no vale ni lo uno ni lo otro. Y bueno, en taquilla no valieron… n

Ronald Melzer
La gran mayoría de las películas más inquietas, más creativas, más personales, más iconoclastas y acaso más valiosas producidas durante los dos o tres años anteriores a 2012 no se exhibieron ni se exhibirán en el circuito de salas comerciales de Uruguay. Quejarse del hecho de que algunas de las que sí han encontrado un espacio dentro de ese circuito no han recibido, por parte del público, la atención que merecían, podría considerarse, entonces, un prurito, un exceso de celo, una diatriba dialéctica o un exagerado e inconducente gesto de pesadumbre. Sin embargo, cabe recordar que toda película siempre es terminada por el espectador. Si éste no está, o no va, o no viene, no se produce el imprescindible acto de comunicación entre las partes. Como si no existiera, pues, la mentada película. Ni, en plural, las películas. Con, por lo menos, seis de ellas, muy diferentes en origen, intenciones, producción, espíritu y vocación pero similares en enjundia, en honestidad intelectual y en calidad artística, pasó esto durante el año 2012. Aquí la lista de títulos, más una síntesis de sus hallazgos y un intento, seguramente incompleto y probablemente vano, de explicar su escasa repercusión en el público uruguayo. Un intento, por otra parte, que se topa con otra barrera invisible: ninguna de estas seis películas tiene rasgos experimentales, abstrusos o ininteligibles. Son, desde cualquier punto de vista, asequibles y potables.

POESÍA PARA EL ALMA (República de Corea, 2010) lleva hasta un límite estético inusual la vocación del director Lee Chang-dong por adscribirse a los cánones clásicos. La anciana con principios de Alzheimer es la heroína que ya quisieran para sus películas los modernos y los posmodernos. Su nieto, un adolescente con graves problemas de conducta, es una contraparte perfectamente trágica. La sociedad, casi siempre indiferente, cuando no cruel e injusta, es el ámbito idóneo en el que la naturaleza humana desarrolla sus mejores y peores instintos. La poesía aflora donde menos se la espera. Al final, todo se armoniza, fluye, se retroalimenta y adquiere esa significación callada, oculta y sigilosa que los verdaderos maestros se limitan a sugerir y entrever. La ausencia de alumbramientos estentóreos provocó que su exhibición en Cinemateca no se distinguiera en medio de una catarata de estrenos más acordes a otras modas y a otras sensibilidades. La reposición, sin publicidad, en el complejo Alfabeta, llegó tarde, en diciembre, el peor mes del año.

EL ÚLTIMO ELVIS (Argentina, 2011) es el primer largometraje de un tal Armando Bo, nieto del descubridor de Isabel Sarli y antes sólo dedicado a dirigir avisos publicitarios. El resultado de ese primer empeño va tan a contramano del erotismo primario y kitsch del abuelo como de la seguridad lineal de la publicidad. Su personaje, padre fracasado y músico ídem aunque casi perfecto émulo de un Presley ideal e idealizado, sospecha que lo espera el cadalso pero no se propone evitar los peores métodos para alcanzarlo. Esa aparente incongruencia inunda el tono de la película y la vuelve al mismo tiempo imprevisible y maravillosamente triste. Ni comedia ni drama ni nada entre medio, su no encasillamiento desconcertó tanto a la distribuidora como a sus potenciales espectadores.

LAS ACACIAS (Argentina, 2012) confirma lo que la película citada más arriba deja entrever: hoy en día, sólo el cine argentino más comercial y apegado a fórmulas de rendimiento comprobado, con o sin calidad, con o sin Ricardo Darín, triunfa en nuestras carteleras. Por eso este bello road-movie de Pablo Giorgelli que se abstiene de apelar a aditamentos como música incidental, incidentes de corte policial, erotismo, chistes fáciles y vueltas de tuerca –con la excepción de una, muy sutil, al final de la travesía– para contar qué factores físicos y emocionales unieron a un camionero, una jovencita paraguaya y el bebé de ésta durante el viaje que comenzó en Paraguay y terminó en Buenos Aires, pasó (casi) desapercibido.

LA DEMORA (Uruguay, 2012) ganó dos premios en el Festival de Berlín, lo que le sirvió para iniciar una trayectoria internacional con reconocimientos de todo calibre pero no fue suficiente para alcanzar la nada mágica cifra de 2.000 espectadores durante sus semanas de estreno en Montevideo. Puede que la gente haya supuesto que esta historia con estructura de cuento sobre una ama de casa trabajadora a cargo de dos hijitos y un padre con principio de Alzheimer a quien se propone, en un acto de sufrida e inconducente rebeldía, abandonar, era un bajón, una patada en el hígado, una nueva variante sobre la depresión nacional. Aunque asimismo es una de las más maduras y más redondas películas del cine uruguayo, qué también.

BUSCANDO UN AMIGO PARA EL FIN DEL MUNDO (Estados Unidos, 2012) se apega con uñas, dientes y corazón a la bonhomía y a las imperfecciones de un tímido cuarentón abandonado por su mujer y a una volátil damisela que se las arreglan para pasarla lo mejor posible, dentro de cánones éticamente irreprochables (toda una hazaña), cuando se anuncia una hecatombe mundial inevitable y para cuya concreción restan pocos días. La insólita combinación de ciencia ficción apocalíptica y comedia romántica que ensaya la directora debutante Lorene Scafaria termina bien pero mal. En parte por eso, en la taquilla le fue más o menos pero peor de lo que merecía.

LOS MUPPETS (Estados Unidos, 2011) retoma el gusto de Hollywood por los éxitos de ayer, por la nostalgia, por desempolvar viejas fórmulas, por el reflotamiento de un mito fallecido (en este caso Jim Henson y sus “colaboradores”), por la combinación entre personajes de carne y hueso y muñecos o títeres o dibujos animados, por la comedia musical, por el prestigio de Broadway, por los nombres famosos, por los años ochenta. Pero el director James Bobin hornea el pastel apegándose estrictamente a una historia que, con “exceso de sutileza”, intenta convencernos de que la Alegría y el Bien Universal deben ir juntos, si no, no vale ni lo uno ni lo otro. Y bueno, en taquilla no valieron…

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