Los estrenos de la temporada
La reposición de Casablanca –por supuesto que fue en la sala Bogart del complejo del mismo nombre– en una época que ya no permite reestrenos de ningún tipo constituyó una nota diferente, sobre todo porque permitió saborear otra vez en la intimidad de un recinto cinematográfico el filo de sus diálogos, la eficacia de un nutrido elenco y la mano y el oportunismo que la industria –sin desmedro del director Michael Curtiz– poseía para poner en marcha un entretenimiento de primera línea. 75 años después de aquel estreno de la Warner, Martin Scorsese viaja aun más atrás para realizar un homenaje a los primerísimos tiempos del cine mudo en La invención de Hugo Cabret, con prodigios de reconstrucción, deliciosa galería de personajes, ejemplar manejo de la anécdota y merecida atención a la figura de George Méliès, el gran pionero, con guiñadas cómplices a posteriores compañeros de ruta, como lo fueron Buster Keaton y Harold Lloyd. Otra demostración de amor por el cine del pasado dio que hablar hasta en el mundillo de los Oscar, en ocasión de la exhibición de El artista, de Michel Hazanavicius, disfrutable ojeada a la irrupción del sonoro en una industria hasta entonces dominada por el silencio, los carteles explicativos y los héroes tipo Douglas Fairbanks. Los viejos y queridos monstruos de la Universal en los años treinta (el de Frankestein) y de los cincuenta (las gigantescas criaturas capaces de invadir un parque de diversiones) le dieron impulso al especialista Tim Burton para concebir Frankenweenie, con lugar suficiente en una película de animación para introducir a un personaje parecidísimo a Vincent Price y hasta para mostrar al insigne Christopher Lee, aunque tan sólo sea en una pantalla de tevé.
La curiosidad a tener en cuenta vino por el lado de cómo se las habrá arreglado la flamante realizadora Lorene Scafaria para que en un Hollywood dominado por los efectos especiales, los choques automovilísticos, los tiroteos, las explosiones y los montajes abruptos se le permitiese salir adelante con un proyecto como Buscando un amigo para el fin del mundo, una historia chiquita, intimista y tirando a pesimista acerca de los últimos días de un planeta en el que todavía podría haber lugar para que florezca el amor, aun cuando los implicados no reúnan ni el glamour ni el carisma de los protagonistas que se estilan hoy en día.
Valió también la pena advertir todo lo que puede decir una película como la argentina Las acacias, de Pablo Giorgelli, dedicada a mostrar el asordinado progreso de la relación que nace entre un camionero y un par de pasajeros de ocasión, así como el talento de Armando Bo (hijo de Víctor y nieto del otro y menos recomendable Armando) para en El último Elvis contar un asunto que implicaba admiración, emulación y autodestrucción en partes casi iguales. Son otros tantos detalles de un año que supo incluir la larga y enriquecedora entrevista que daba pie a la amistad del interrogado Jorge Denevi y el interrogador Jorge Temponi alrededor de la cual crecía El ingeniero, de Diego Arzuaga, así como nuevas muestras de un Clint Eastwood que no se rinde, ya sea desde la dirección, como en el caso de J Edgar o de la simple producción de una historia que lo lleva de protagonista, la beisbolística Curvas de la vida.