Cuentas, carencias y presencias

Un año de cine

Este año, se eligió que el formato fuera un no formato. Entonces, los críticos de cine de Brecha, de forma libre y a la manera elegida por cada uno, se refieren al cine que llegó, al que no llegó, a lo que más les preocupa de lo que sucede en el ámbito de la distribución cinematográfica. Edades, estilos y experiencias diversas arman este pequeño cuadro, balance –o no– para nada exhaustivo, de las miles de imágenes apresadas en un año y las historias que cuentan, que repercuten en la pantalla y mucho más allá de ella. Las preguntas
Pequeños milagros, y el milagro que falta

Los críticos de cine suelen estar desconformes porque lo que se pasa en nuestras carteleras no llega nunca a un porcentaje razonable de lo que se pasa en el mundo. Y a veces sucede que una excelente película, vaya a saberse por qué asunto de mala sintonía, no llega todo lo que debería llegar, o a toda la gente que debería llegar. Lo primero nos lleva a sospechar de la distribución, lo segundo, a sospechar del público, palabra tan ambigua como “la gente” o “la sociedad”, toda vez que engloba a un montón de partículas –individualidades– diferentes.
Por ejemplo, aunque hubo un muy buen promedio de estrenos de cine made in Uruguay, el público no pareció muy ansioso –como sucedió en otras circunstancias– de acercarse a él. Aun en un proyecto tan ambicioso, creativo y peculiar para nuestras circunstancias como Selkirk, de Walter Tournier y un eminente equipo, un largometraje de animación que demandó años de esfuerzo y significa una marca única en la historia de nuestro esforzado cine –incluyendo los premios que recibió en festivales del exterior–, la respuesta del público se acercó más a lo razonable que a lo exitoso. Lo que podría extenderse, y quizá aun más modestamente, a otras dos películas que significaron un nivel de calidad más que atendible, no sólo en un ranking de filmes uruguayos sino de cualquier lugar, 3 de Pablo Stoll y El ingeniero de Diego Arsuaga. ¿Quiere el público uruguayo ver películas uruguayas? Algunos de ese público, sí. No los suficientes. Materia para pensar, o quizá dejar de lado y que se siga haciendo cine, hasta que vuelva a recomponerse, misteriosamente como siempre sucede, la onda que acerca a los creadores con su público.
Porque, más allá de la infalible alianza de las majors con el pop y todo lo que se ha dicho hasta el cansancio, cosas suceden que prueban que en esta materia el asunto dista de ser clasificable en casilleros inamovibles, y tampoco reducibles a explicaciones compactas. Ya no existe, o mermó mucho, aquel público capaz de hacer cola en invierno para ver una película de Bergman. Pero de pronto, en una cartelera dominada como siempre por Hollywood, una película de vocación tan poco masiva como El molino y la cruz, de Lech Majewski, se convierte en un modesto éxito de público. Lo que también pasó con la iraní La separación de Asghar Farhadi. Y hay que recordar que no hace mucho tiempo películas como ésas no pisaban las salas comerciales y ahora sí lo hacen, al igual que otras como El puerto de Kaurismaki o El niño de la bicicleta de los Dardenne. Cine que en el cerrado mundo de lo artificial echan como una bocanada de verdad, de vida, de humanidad.
Y más allá del balance de las películas una a una, cabe recordar acá que la mayor fuente del cine de calidad, del cine que importa, del cine que no llegaría más que ocasionalmente de otra manera, esto es, la Cinemateca Uruguaya, vive un momento extremadamente difícil. Recientemente la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay hizo público un comunicado alertando sobre esta situación, pero no está de más agregar algunas precisiones. La primera, que las instituciones dedicadas a preservar el archivo fílmico de un país en muy contados casos no están a cargo del Estado dado el costo que implica esa preservación. Que lo haya hecho durante seis décadas una institución cuyo único financiamiento proviene de las modestas cuotas de sus socios es prácticamente un milagro. La segunda, que el tiempo cuenta, y no es lo mismo acercar la imprescindible financiación ahora que dentro de tres años. La tercera, que los plazos y las modalidades del Estado no suelen ser los adecuados para una gestión ágil y urgente. ¿Cómo hablar de la calidad y demérito de las películas, si dejamos de contar con Cinemateca? Cuando se habla hasta el cansancio de gestión cultural, ¿cómo no es posible ver esa gestión cultural llevada a cabo durante tantísimos años, con resultados tan evidentes y claros en su repercusión, en la formación de públicos, en la formación, mucho más amplia, de ese espíritu crítico al que siempre se invoca en los discursos que tienen que ver con la educación y la política? n
Hoy se puede; mañana, quién sabe. Y a quién se le achacarán los costos.

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