Libros para grandes y chicos
Algo bueno es que varios de los autores a eso dedicados están dando una vuelta y, aceptando que el mundo infantil y juvenil no es una burbuja, vuelven a integrar a sus creaciones asuntos como el dolor, la pérdida, la maldad. Por ejemplo, el irlandés John Boyne –proyectado al mundo desde un bestseller como El niño con el pijama a rayas– elabora en El corazón del bosque (Salamandra) una aventura infantil que, como una puesta a punto de Pinocho, lleva a su protagonista a descubrir cosas importantes a través de una incursión en un mundo tan encantador como una vieja juguetería poblada de objetos y seres insólitos.
También algunos escritores compatriotas se enrolan en la búsqueda de esos imanes. Horacio Cavallo, con El jorobado de las alas enormes (Trilce), retoma una serie de tópicos que hacen a la más antigua tradición de la literatura infantil, de la literatura fantástica, en general. Un mundo invisible a los ojos que aparece más allá o más adentro de las sandías, en la chacra de los abuelos, en el que se agitan seres de raíz mitológica y otros de la vieja fauna oriental, dueños de conductas atípicas: peces mimosos, carpinchos que aprecian la poesía, perros que fuman y tocan la guitarra, un animal monstruoso, como hecho de partes de otros bichos, un malvado y su circo del que hay que rescatar a una dulce bailarina.
En una cuerda bien distinta, Alicia Escardó Vega, en La ventana de enfrente (Trilce), desarrolla una historia de vocación realista donde se insertan miedos y tentaciones adolescentes en torno a una chiquilina de 14 años que debe mudarse a Madrid, sin dejar de lado aspectos de simulacro y perversión que, pateando la corrección política, instalan un adecuado clima de suspenso.

