Brecha Digital

Del dicho al hecho

“El Hobbit”, a partir del libro

¿Cómo un libro relativamente corto y dirigido a un público infantil se transforma en tres largas películas que deben capturar a millones de adultos, fanáticos de “El Señor de los Anillos”? El secreto está en una vieja pelea entre enanos y elfos, las variaciones sobre la virtud de la clemencia, los peligros de la codicia y la nostalgia del hogar.

 

En rigor, el interés de Peter Jackson por filmar El Hobbit data de 1995 y era más bien su proyecto original respecto a los libros de Tolkien. Pero en aquel entonces los derechos de la primera novela del escritor y filólogo inglés no estaban disponibles, y en consecuencia Jackson decidió filmar El Señor de los Anillos, trilogía que muchos consideraban inadaptable a la pantalla. Sin embargo, Jackson no solamente la filmó, sino que la transformó en un éxito sólo comparable con La Guerra de las Galaxias.
Al revés de lo hecho por George Lucas, después de dirigir su primera trilogía completa, Jackson decidió no dirigir El Hobbit, la precuela. El director designado era Guillermo del Toro, pero sucesivas dilaciones en la fecha de realización del filme llevaron al mexicano a desistir de la dirección, que quedó en manos de Jackson. Además, en algún momento de todas esas dilaciones, El Hobbit pasó a ser también una trilogía, así que de un libro relativamente corto surgirán tres largas películas (la primera dura dos horas y 49 minutos).
¿Es esto necesariamente malo? En absoluto, pero El Hobbit se distancia bastante del espíritu original del libro de Tolkien para acercarlo al modelo de los filmes anteriores.
Así, si en El Señor de los Anillos quedaban muchísimas cosas afuera (¿dónde estás, oh, Tom Bombadil?), en El Hobbit parece haber entrado todo. Incluso más de lo que había en él originalmente.
La primera novela de Tolkien es esencialmente distinta a El Señor de los Anillos. Es menos grave. Más pueril. Los elfos son seres bastante infantiles. Los enanos, unos simpáticos inadaptados. Bilbo Baggins es mucho menos sufrido que el pobre, pobre, pobre Frodo. Y es que El Hobbit es, básicamente, un libro para niños.
Lo que hace Jackson para que su adaptación de El Hobbit se acerque al público que formó con su anterior trilogía es volverla excesiva: más larga, más violenta, más rápida y poblada por seres mucho, pero mucho más feos.
48 FOTOGRAMAS POR SEGUNDO. Esta es la velocidad a la que está filmado El Hobbit, pero con justicia uno podría decir que lo que hay son 48 batallas por segundo. Jackson no desaprovecha ni siquiera a los gigantes de piedra, y lo que en el libro es una mención fugaz –en la que se cuenta que los gigantes juguetonamente se arrojan grandes rocas que aplastan los árboles más abajo– en la película se transforma en una batalla digna de Transformers.
Es que Jackson está obligado a capturar a ese segmento de mercado: los millones de fans de El Señor de los Anillos que esperaron largos años por El Hobbit, años cargados de innovaciones tecnológicas puestas al servicio del megaespectáculo vertiginoso en que la industria ha transformado al cine. Los fans no solamente dedicaron todos estos años a construir elaboradas “wikis” de la trilogía anterior y a pergeñar chistes sobre el universo Tolkien (¿Cómo se llama el repartidor de garrafas de Rivendell? Respuesta: Éldelgas), sino que incluso presionaron a la Metro para que vendiera los derechos a la Warner cuando las demoras provocaron la renuncia de Del Toro.
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