Brecha Digital

Es muy bella mi bandera

Con Rosario Radakovich

La presentación de “El perfume del Pepe” y la mitología restaurada por la actuación mundialista de la selección son dos botones de muestra del sesgo nacionalista que atraviesa al Uruguay contemporáneo, sostiene esta doctora en sociología especializada en estudios culturales. En su investigación “Retrato cultural, Montevideo entre cumbias, tambores y óperas”* profundiza en desmentidos a imaginarios cuyos espectros ululan a la menor oportunidad.

 

—La maestra que anunció el pericón en la fiesta de fin de año escolar de mi hijo lo fundamentó diciendo que es una tradición que no podemos ni debemos perder. Sonó a clarinada patria.

—Claro, creo que la introducción del folclore –Zitarrosa y toda la constelación de cantautores uruguayos– en el ámbito educativo, básicamente en primaria, además de institucionalizarlo le dio un espaldarazo a sus formas y contenidos.
—¿Eso explica que en las dos encuestas de consumo cultural realizadas por el Observatorio de Políticas Culturales de la Facultad de Humanidades el folclore sea el único género que no se movió del primer lugar en la lista de opciones musicales?
—Desde mi punto de vista, sí. Hay muchas señales que vienen acentuando el retorno a esa supuesta “esencia” de lo uruguayo, esa mezcla de republicanismo, coraje y astucia que tan bien encarna la personalidad del presidente Mujica. “El perfume del Pepe”, una intervención audiovisual de arte contemporáneo del cineasta Martín Sastre en la reciente Bienal de Arte de Montevideo, dejó a mucha gente convencida de que encontraríamos ese perfume en las vidrieras. Los festejos del bicentenario, la recreación de la Redota, la película Tres millones, lo que movió la actuación de Uruguay en el Mundial de fútbol, con el presidente recibiendo a los jugadores en la explanada del Palacio de las Leyes, todo eso marca el retorno de un nacionalismo cultural que reactiva, en efecto dominó, imaginarios supuestamente extinguidos. Hice mi doctorado en la universidad brasileña de Campinas, y me costaba convencer a compañeros y docentes de que Uruguay no es el país de paz e integración que tienen entronizado.
—En tu investigación vinculás estos cambios a la evolución de las clases sociales.
—Mi primer objetivo fue desmitificar esa imagen del Uruguay integrado y tolerante que la realidad social pulveriza a diario, y también procuré despejar, a partir de actitudes y opciones culturales, los comportamientos de las clases sociales. Cómo la clase media, por ejemplo, en esa ubicuidad que la caracteriza, consigue que sus gustos sean incorporados por otros sectores sociales. Y las consecuencias. Ya es casi un lugar común recordar cuánto modificó y profesionalizó el Carnaval su apropiación por la clase media. Pero esa operación dejó afuera a vastos sectores populares y marginales que ya no acceden ni se sienten representados por el lenguaje carnavalero actual, en gran medida porque no pueden decodificarlo.
—No decodifican el Carnaval pero curten música propia.
—Precisamente, en la investigación hablo de la polarización entre el consumo cultural “coherente” con las clases medias y altas –teatro, cine, ballet, ópera– y la irrupción en el espacio público de las clases bajas y marginales, con sus cumbias altisonantes.
—Si aceptamos llamar cumbias a las trepanaciones sonoras derivadas de la villera.
—Tocás un punto clave porque a pesar de que desde un punto de vista, digamos, técnico, pueda discutirse si eso es música o no, desde las ciencias sociales cabe aceptarla como expresión cultural de determinado sector o grupo social.
—Aceptarla no es consumirla.
—Claro, y aquí entra otro tema, el de la tolerancia, por cierto complejísimo. Si vemos la nómina de desencuentros en el campo sociocultural de los últimos años, es notorio el aumento de la intolerancia. Con sus respectivas paradojas, porque la cumbia, o lo que aquí dio en llamarse música tropical, en todas sus variantes, es tan estigmatizada como bailada por la clase media. Pasó lo mismo cuando bandas de la música tropical uruguaya, como Karibe con K, La Cubana, Sonora Borinquen, se “convirtieron” en pop latino y comenzaron a animar fiestas en Punta del Este. Entonces los estratos medios y altos se apropiaron de estas propuestas con fines recreativos, pero nunca las legitimaron.
—Pero si alguien invade un ómnibus con cumbia villera es violencia.
—Por supuesto, y también una necesidad de cierto porcentaje de una clase social de llamar la atención, de marcar presencia. Porque también es un mito que todos los sectores más o menos marginales se identifican con la cumbia. Los grupos jóvenes de hip hop, por ejemplo, género que está en pleno auge, no sólo no se identifican sino que la rechazan. Lo cual no quiere decir que no tengan similar necesidad de disputar el espacio público para hacernos saber que están allí, que existen.
—Obsesiones exacerbadas por la exclusión.
—Y mucha necesidad de sentirse parte.
—Conozco a un chofer del 117 que siempre escucha a Mozart, Beethoven y Chaikovsky a buen volumen. Es irrespetuoso, pero me encanta.
—(Sonríe.) Los gustos musicales son la cosa más personal y social que existe. Doy clases en una maestría en comunicación y pedí a los estudiantes que anotaran en un papel el género musical que preferían. Reaccionaron como si les hubiera preguntado cuánto ganaban. Este terreno también se movió mucho en las últimas décadas. El rock uruguayo tomó el rol cuestionador que había tenido el folclore y el canto popular, y últimamente se nota una reactivación de esta actitud en las nuevas promociones de la música popular uruguaya.n

*     Publicada por la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (Liccom) de la Universidad de la República, Montevideo, 2011.

Escribir un comentario