Brecha Digital

“Aunque las cosas cambien de color, no importa pase el tiempo…”

A 40 años de la Nueva Trova

Si un rostro ha tenido durante todos estos años la revolución cubana para numerosos pueblos del mundo, especialmente para América Latina, ha sido, indiscutiblemente, el de la Nueva Trova. Fenómeno musical devenido en movimiento con fronteras más allá de lo artístico, hoy todavía pervive su esencia, aun cuando en la isla ya no esté de moda la “canción pensante”, y el esquema del hombre con una guitarra y una poética no sea el preferido por la mayoría del público y de las disqueras. 
Cuatro décadas han transcurrido desde el segundo encuentro de jóvenes trovadores en Manzanillo, ciudad del oriente cubano. En aquel diciembre de 1972 surgió oficialmente el Movimiento de la Nueva Trova (mnt), mas lo cierto es que desde el decenio anterior, los esplendorosos sesenta, ya se palpaba una novel canción.
Para finales de esos años asomaban los primeros textos y acordes de jóvenes provenientes, algunos, de unidades en donde cumplían el servicio militar obligatorio; también, de las escuelas creadas por la revolución; otros comenzaban su carrera en la música. Entre ellos compartían e intercambiaban sus melodías, influenciadas por la trova primigenia, esa surgida en el siglo xix y que en la primera mitad del xx tuvo exponentes memorables como María Teresa Vera y Manuel Corona, y del “filin”, movimiento de la cancionística cubana que tuvo gran auge en los cuarenta y los cincuenta.
El 18 de febrero de 1968 la Casa de las Américas acogió un concierto de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, a los cuales se sumaron desde el público Vicente Feliú, Eduardo Ramos y Belinda Romeo. Esta presentación evidenció la existencia de esa primera generación de la Nueva Trova y constituyó un antecedente directo de la conformación oficial del movimiento en 1972. La Casa de las Américas, dirigida por Haydée Santamaría, protegió a estos cantautores de las insensibilidades dogmáticas y burocráticas de los que dirigían la cultura en esos primeros tiempos de la revolución. Un año después de este mítico concierto se formó el Grupo de Experimentación Sonora (ges) del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (icaic), dirigido por el entonces no tan mundialmente famoso Leo Brouwer, con el propósito de crear música para películas, documentales y noticieros. El ges permitió la asimilación por parte de los cultores de la nueva canción de ritmos y músicas de disímiles tiempos y regiones del mundo: desde el barroco hasta lo hindú, pasando por el jazz, la zamba y el rock. A él se integraron en un inicio Silvio, Pablo, Nicola y Ramos; luego en otra etapa se sumaría Sara González.
En la década del 80, aunque puede decirse que fue a partir de finales de la anterior, surgió una segunda promoción dentro del mnt, heredera de la primera y sus presupuestos estéticos, pero enrumbada hacia nuevas ideas y producto de una realidad nacional algo diferente. Dicha generación –catalogada por un estudioso como la de “los topos” por su carácter subterráneo, pues no gozó de tanto reconocimiento institucional como su predecesora– se definió en un primer momento por un rebuscamiento y complicación de sus letras, y después por una absorción de otras sonoridades, como las afrocubanas, el pop y el rock, especialmente el argentino, y la llamada “trova rosarina”. Las canciones de esta oleada de bardos (igualmente conocida como “novísima trova”) aportaron textos de una visión muy íntima, pero también de una fuerte crítica social, reflejo de los cambios producidos en el país y la superación –en realidad a medias– del triste “quinquenio gris”. De ahí que en esa etapa no fueran muy bien vistos por la oficialidad cubana; se les tachó de problemáticos y no pudieron grabar sus discos hasta años después. No obstante, cantautores como Santiago Feliú, Gerardo Alfonso, Carlos Varela, Frank Delgado, Donato Poveda, entre otros, lograron trascender la censura y la incomprensión y realizar un trabajo que marcaría a las generaciones posteriores.
En 1986 desapareció el mnt como estructura burocrática. Cesaron así los festivales y encuentros celebrados por toda la geografía insular que permitían el intercambio y el debate entre los mismos trovadores y el público. Poco después sobrevino la caída del socialismo en Europa y la urss y con ella una aguda crisis económica y social para los cubanos. Dentro de este contexto comenzó a gestarse una tercera generación que tuvo su desarrollo durante los noventa, en medio de la difícil situación del país. Los jóvenes integrados en esta vanguardia asimilaron una sonoridad híbrida con nuevas influencias y dejando un poco de lado el concepto clásico de cantautor, término que para entonces empezó a cuestionarse. Aquí el rock fue fuerza motriz, en unión de la timba, la salsa, el reggae, la guaracha, el rap y otros ritmos contemporáneos y antiguos. Jóvenes irreverentes marcados por el desencanto, muchos reflejaron en sus canciones la cruda realidad que se vivía: grandes carencias materiales, balseros que se lanzaban al mar, el auge de las jineteras (prostitutas). Esta tercera hornada estuvo al margen de las instituciones culturales y su difusión se vio remitida a peñas y tertulias citadinas, en las que se destacaron nombres como Vanito Caballero, Boris Larramendi, Luis Alberto Barbería, Raúl Ciro, entre otros. Algunos conformaron proyectos que devinieron hitos aún hoy venerados por el público “trovadicto”, como Habana Abierta y el dúo Gema y Pável. En su mayoría terminaron emigrando del país.
El nuevo milenio ha traído renovadas formas de hacer la canción y la aparición de creadores con propuestas interesantes y valederas. Sin embargo, el gusto por la trova, sobre todo en la juventud, ha decaído grandemente. Los tiempos de las grandes tribunas y de multitudes coreando temas antológicos –como el histórico recital de Silvio y Pablo en la escalinata de la Universidad de La Habana– de cierta forma han pasado. Ahora resultan más populares, y favorecidas por los medios de comunicación y las empresas discográficas, el reguetón y otras músicas de marcada índole comercial. No obstante, todavía queda un público –nada despreciable– amante de la trova, tanto de sus clásicos exponentes como de los que continúan y continuarán surgiendo. Afortunadamente numerosas peñas, eventos y espacios culturales a lo largo de todo el país se dedican a resguardar y promover la creación trovadoresca, pues ya lo dijo Silvio: “Aunque las cosas cambien de color,/ no importa pase el tiempo./ No importa la palabra que se diga para amar./ Pues siempre que se cante con el corazón,/ habrá un sentido atento para la emoción de ver/ que la guitarra es la guitarra sin envejecer”.

Escribir un comentario