Consecuencias del encierro
- Última actualización en 10 Enero 2013
- Escrito por: Diego Faraone
Con el director chileno Fernando Lavanderos
Una de las sorpresas más agradables del Festival de Mar del Plata fue el estreno internacional de Las cosas como son, película que desde su título habla de intransigencia y de férreas segregaciones en la sociedad chilena (y en el mundo, por qué no). Unos días antes de que se llevara el premio a mejor largometraje en la competencia latinoamericana, Brecha habló con Fernando Lavanderos, su director.
Jerónimo (Cristóbal Palma), el protagonista, es alguien absolutamente atípico. Pese a su juventud lleva una larga y espesa barba oscura, y obtiene sus ingresos alquilando los cuartos de su casa a extranjeros. De semblante serio y adusto, impone reglas y tolera de muy mala gana su lateral convivencia con ellos. Pero su mundo se da vuelta cuando llega Sanna (Ragni Orsal Skogsrod), una chica sueca que va a Chile a trabajar junto a niños marginales. Pasan pocos días hasta que Sanna trae a vivir consigo a un adolescente con problemas. Es imperioso refugiarlo, porque en su barrio lo persigue una banda armada. Cuando Jerónimo lo descubre, el conflicto es inmediato, el temeroso protagonista queda entrampado en su imperiosa necesidad de echarlo y las súplicas de Sanna, quien ruega que se quede. Lavanderos plantea una historia sencilla* pero de compleja resolución, que refiere a cómo la solidaridad puede ser puesta a prueba en una situación extrema, y a cómo el miedo suele determinar el accionar de las clases medias.
El director, además de atento y amable, es sumamente llano en sus respuestas, y demuestra un entusiasmo particular y una cinefilia desbordante. En el lobby de un hotel de Mar del Plata, sus respuestas van y vienen desde el cine a la realidad chilena actual.
—Últimamente en Chile se viene produciendo mucho cine; en particular cineastas jóvenes que aun desde sus óperas primas demuestran una calidad técnica y una profundidad atípica. ¿A qué creés que se deba este fenómeno?
—Pienso que hubo cierta apertura en el lenguaje cinematográfico de Chile, antes las películas eran muy clásicas, muy ortodoxas, seguían patrones como estándares. Hablo del cine de los ochenta y principios de los noventa, principalmente se daba también porque se hacían muy pocas películas, y las que se hacían eran de ese tipo. Era muy difícil hacer cine durante la dictadura. En la posdictadura de a poco se empezó a tomar vuelo. Luego viene la era digital y aparecen más posibilidades de hacer cine profesionalmente. Creo que la principal razón es porque se están haciendo muchas más películas y entonces hay más atrevimiento. También hay comedias ultracomerciales: ahora batió el récord de espectadores, no sólo de películas chilenas, sino de todos los tiempos en Chile, Stefan versus Kramer (de Sebastián Freund y Stephan Kramer). Estos fenómenos comerciales de entretenimiento y de lenguaje clásico conviven con un cine más alternativo, lo que permite que haya más expresividad. Pero también se empezó a dar una vuelta de tuerca al lenguaje, se lo cuestiona más, se observan otras posibilidades. Empezó a haber una apuesta que se puede comparar con el “nuevo” cine chileno de finales de los sesenta. Al que se hace hoy incluso se lo ha llamado “nuevo nuevo” cine chileno.
—¿Te sentís parte de un movimiento?
—Sí, mi primera película, Y las vacas vuelan, la hice cuando empezó toda esta movida digital, la filmé con una mini dv, y paralelamente se empezaron a hacer varias películas de ese tipo. No teníamos contacto entre nosotros, pero sí hubo coincidencias en la mezcla de ficción con documental, y creo que tiene que ver con que el formato es más accesible, cuando ya no está más ese peso del celuloide, que implicaba filmar tres segundos y que te costara una millonada. Hay también más soltura para apostar y arriesgarse. Y las vacas vuelan era una apuesta tremenda; salimos tres personas con la cámara, y era improvisar e ir viendo en qué dirección se encaminaba la película. Antes la cámara de cine tenía un peso muy fuerte, sobre todo para los latinoamericanos. Godard no tendría problema en tirar latas, le sobraría el celuloide, pero aquí siempre se tuvo el peso de cuidar el escaso material, el dinero.
Me cuesta definir mi última película en un estilo, así como reconocer influencias. Yo recojo algunas cosas de Antonioni, hago pequeños homenajes a autores que me gustan, pero más bien en aspectos generales, como la atmósfera o la estética. Me gusta mucho Hitchcock, me gusta jugar con la intriga, ocultar información. Me gusta la simpleza de los diálogos de Kiarostami, su manera de filmar en un estilo semidocumental, su idea de encontrar en la vida misma historias para contar, no buscar la parafernalia sino filmar lo que está ahí.
—A nivel documental puede verse también un cambio cualitativo notable en el cine chileno. En Montevideo, por ejemplo, se ha podido ver hace poco una película brillante, El salvavidas, de Maite Alberdi.
—Sí, es grandiosa. El documental chileno de antes era lenguaje clásico, voz en off relatando la historia. Pero hay que comprender que las posibilidades del documental son casi más que las de la ficción. No había riesgo en trasmitir, incluso Patricio Guzmán, el más aclamado de los documentalistas, se ataba mucho al formato clásico. Por supuesto que clásicos como La batalla de Chile son muy meritorios por haber sacado las cámaras en momentos tan difíciles, pero después Guzmán en sus últimas películas se volvió a una autorreferencia poco interesante y a mezclar temas, digamos los desaparecidos con la búsqueda de estrellas. Creo que otro cineasta poco conocido pero a mi gusto mucho más valioso es Ignacio Agüero, de la generación de Guzmán; hizo Cien niños esperando un tren, un documental maravilloso de los ochenta sobre un taller de cine para niños en las poblaciones. Después hizo Aquí se construye, que marca una época tremenda en Chile, los años noventa, y El diario de Agustín, sobre el diario El Mercurio. Ese periódico, pese a darle columnas a gente de izquierda, publica información súper tendenciosa. Agustín Edwards su dueño, es un archimillonario que fue sostén de la dictadura. Es muy manipulador en sus contenidos y le da la mano a Piñera. El Mercurio olvida lo que pasó el día anterior y transforma descaradamente la información como quiere. Y es un diario súper vendido, todo el establishment político e intelectual lo compra, pese a ser de derecha.
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