El iniciador

Julio Cortázar epistolar

Ahora ya son cinco considerables tomos que dan cuenta de la pasión epistolar de Julio Cortázar. ¿Acaso escribió más cartas que obra literaria? Cálculo difícil, desde que su obra crítica sola (y seguramente incompleta) abarca otros tres tomos. Cortázar fue un grafómano, y estas cartas muestran que vivió a través de la escritura. Sentarse frente a la máquina fue un ritual de su biografía. Entre la obra y la vida la correspondencia traza vínculos y desafía interpretaciones.

Hace diez años Alfaguara publicó tres tomos de correspondencia de Julio Cortázar, bajo la dirección de Aurora Bernárdez. Asistida ahora por el catalán Carle Álvarez Garriga, Aurora, primera esposa de Cortázar y desde su muerte su albacea literaria, publica esta nueva edición de cartas del gran cronopio que ha aumentado sensiblemente en cantidad y en número de corresponsales; empezando por las cartas a la propia Aurora que antes no incluyó. Hay mil cartas más que en la edición anterior y los tres tomos se convirtieron en cinco, en igual (y enorme) formato. Al parecer, la difusión en el mundo de aquella correspondencia motivó el descubrimiento de muchas otras cartas que muchos corresponsales pusieron a disposición para su publicación. Desde el prólogo los compiladores advierten que el monumento puede crecer todavía y sorprender con nuevas piezas y la recuperación de nuevos corresponsales. Alguien cercano a los editores nos susurra al oído que faltan todavía cartas de dos escritores mexicanos: Carlos Fuentes, cuyo archivo está en Estados Unidos y bajo una disposición que dispone un plazo de años para que pueda ser consultado, y Octavio Paz, cuyo legado está limitado por una compleja situación de custodia de su viuda Marie Jose. En 1967 Cortázar y Aurora vivieron un tiempo largo en India, en casa de Paz, y se cimentó una amistad que de acuerdo a las credenciales epistolares de ambos debió dejar una correspondencia interesante. La alarma está en que es sabido que hubo un incendio en el apartamento que fue de Paz, donde se perdió mucha documentación. A pesar de estos y otros posibles descuentos, lo que hay es suficiente, un mar de tinta que depara varias aventuras y distintos itinerarios de navegación.

EN EL NOMBRE DEL PADRE. Entre todas las cartas, la carta. La que el lector avisado seguramente buscará primero. La única que Cortázar escribió a su padre, de quien heredó el nombre y nada más. El padre que los abandonó cuando niños y del que Cortázar nunca habló, él, que parecía poder hablarlo todo. Su gran secreto. Está en el tomo 1, con fecha 2 de agosto de 1949, cuando faltan todavía un par de años para que se marche a París, cuando Julio tiene 37 años. No es una carta a lo Kafka, de balance emocional, ni un pedido de amor ni un ajuste de cuentas, porque en verdad es respuesta a una carta que su padre le envió en esa fecha. Se publica el borrador que quedó entre sus papeles junto a la carta verdadera que su padre Julio José Cortázar le envió desde Córdoba fechada unos días antes, a finales de julio del 49. Usa para escribirle el apodo familiar que tenía Julio a los 4 años, cuando todos regresaron de Europa –donde Julio había nacido en la embajada Argentina en Bélgica– y por las fechas en que su padre los abandonó para siempre. El padre escribe “desde el fondo del tiempo y la distancia”, después de treinta años en que, deliberadamente, dice, no quiso “intervenir en ninguna forma, en ningún momento” y decidió “desaparecer totalmente, sacrificando lo que yo sólo sé”. El motivo de su imprevista reaparición comparece en el párrafo siguiente. Ha leído un artículo de su hijo publicado en La Nación y quiere pedirle que en el futuro modifique su firma. Le sugiere que use su segundo nombre, Florencio. Pobrecito Cortázar. El padre regresa para quitarle lo único que alguna vez le dio, su nombre. Al despedirse, como una mueca que duplicara el daño, vuelve inconscientemente sobre el tema del nombre: “te he llamado ‘querido Cocó’ al comienzo de la presente; me cumple decirte que tal calificativo corresponde plenamente a mis sentimientos de siempre”. El sobrenombre infantil como “calificativo” de “la presente”, es una manera eximia de crimen por negligencia. Nadie habría podido deliberadamente causar más dolor que estas ignorancias paternas. La carta de Cortázar es premeditadamente fría, pero revela una atención escrupulosa a cada rasgo de la de su padre, y muestra la gran herida sobre la que el episodio echa una sal amarga (véase recuadro).
Toda literatura es una carta al padre. Acaso todas las palabras que un escritor escribe no sean más que el surtidor que inútilmente busca tapar una carencia. Esta carta solitaria en medio de la gran correspondencia afectuosa cortazariana, que evita la descortesía con el escrúpulo con que se renuncia a una bajeza, queda como la cifra del secreto de Cortázar, de una intimidad esquiva a mal recaudo. ¿Por qué el comunicativo Cortázar es incapaz de articular su inocencia de víctima? ¿Por qué, como en los griegos, la culpa del padre es llevada en silencio?
Uno de los mejores libros de Vargas Llosa –que fue amigo temprano de Cortázar como atestiguan aquí tantas cartas– es El pez en el agua, relato que divide su atención y sus capítulos entre sus memorias de infancia y el relato de su aventura política como candidato a la presidencia de Perú. Vargas Llosa guardó hasta la publicación de ese libro, cuando tenía 57 años, un pesado secreto: había vivido su infancia creyendo que su padre estaba muerto, cuando a los 11 años su madre le revela que estaba vivo y, peor aun, que iban a vivir otra vez con él. Vargas demoró muchos años en poder escribir esa historia. Su versión parece una adaptación de la película Fanny y Alexander, de Bergman: el niño es reclamado al universo seco y puritano de un padre que llega tarde a educarlo y lo rapta del paraíso de los Llosa donde era amado y vivía en una libertad protegida. Vargas Llosa terminó casándose con su prima por el lado materno, y sólo pudo escribir sobre su padre ya cercano a la sesentena. Cortázar no tuvo hijos y nunca escribió y no habló casi de su padre. Entre todas las otras cartas donde el cronopio profesa la irreverencia como una forma de delicadeza espiritual, ésta, que esgrime lo formal como escudo, es la carta robada que guarda el sentido oculto del iceberg cortazariano.

.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

Текстиль для дома, Вышивка, Фурнитура, Ткани
автоновости