Brecha Digital

Lo que Tarantino se llevó (para devolver, con mejoras)

“Django sin cadenas”

Vuelve Tarantino, vuelve el cine a las pantallas de Uruguay. No por ser el mayor cineasta serio o no tan serio en actividad, lo cual es irrelevante e indemostrable, sino porque es el único capaz de lograr que públicos más o menos masivos acudan a las salas a ver películas que hablan de eso que algunos insistimos en llamar cine.

El comienzo, veinte o veinticinco minutos a todo tren, es brillante pero peligroso. Brillante porque plantea, narra y resuelve un enigma, es decir, un conflicto al mismo tiempo cautivante y premonitorio. Peligroso porque la película empieza demasiado arriba, demasiado frenética, demasiado impositiva. Todo un desafío para las dos horas siguientes.

 

A PURO TRAPO. Ese comienzo es cautivante a partir de su despliegue de recursos, de información, de drama, de comedia, de pathos y de la inversión del pathos. Y es premonitorio en la medida en que anuncia, o acaso resume, lo que vendrá: una violenta historia o historieta de venganza(s) que gira(n) alrededor de un tema, aún hoy, tabú en Estados Unidos: la esclavitud, la explotación de los negros por los blancos, el racismo, la mala conciencia del Deep South.
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Comentarios   

 
0 #1 Marcelo Arias 03-02-2013 01:55
Como en Bastardos sin gloria, Tarantino juega con la Historia en Django sin cadenas con una falta de reflexión adolescente. La esclavitud en EE.UU., como en el resto del mundo, está relacionada con el desarrollo del capitalismo. Pero explorar este aspecto requiere un conocimiento, un compromiso y una estatura artística que están muy lejos del alcance de un director tan inflado como limitado. En su visión reduccionista, misantrópica y videoclubista del mundo, la causa de la esclavitud es el racismo inherente en la población blanca del sur de Norteamérica, criaturas miserables más parecidas a estereotipos que a personajes de carne y hueso. Y el camino para luchar contra ese estado de cosas no fue la Guerra Civil de 1861-1865 (la segunda revolución norteamericana, que sí aborda parcialmente Spielberg en Lincoln), sino la venganza, ese tema tan querido por Tarantino. Por eso, no hay verdadero drama en Django sin cadenas: los personajes están pobremente desarrollados y las situaciones, mayoritariament e inverosímiles, están puestas a la fuerza para llegar a los baños de sangre del final, la verdadera raison d’être de la película. En definitiva, para Tarantino el racismo y la esclavitud no son más que excusas para armar otro pastiche berreta de géneros reciclados (el spaghetti western -o southern-, en este caso), otro relato sádico de venganza, salpicado con una porno-violencia gratuita y repugnante, tan efectista como superficial.
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