¿Y ahora qué pasa, eh?

“La naranja mecánica”, 50 años después

Para desesperación de Anthony Burgess, el libro que publicó en 1962 se transformó no solamente en su obra más conocida sino en un artefacto cultural que cincuenta años más tarde conserva su enorme atractivo e influencia. Sin embargo, Burgess no tenía mucha estima por una novela que, de hecho, dijo repudiaría alegremente por un buen número de razones, pero que, desafortunadamente, no le estaba permitido. La culpa la tenía Kubrick.

Es un libro verdaderamente pequeño: la edición inglesa de Penguin de 1972 –sobre la que se supone se realizó la traducción al español*– tiene 144 páginas, incluyendo el “glosario nadsat”, que dilucida el significado de un buen número de verbos, sustantivos y adjetivos que conforman la jerga de los protagonistas de la novela.
Las circunstancias que determinaron su escritura no pueden haber sido más infelices y, quizás en parte, ficticias: La naranja mecánica es una reflexión acerca del bien, el mal y el libre albedrío, originada por un episodio ocurrido cuando la Segunda Guerra Mundial. Durante los apagones de Londres, Lynne, la esposa del escritor, que en esos momentos estaba embarazada, fue robada, golpeada y violada por cuatro infantes de marina estadounidenses desertores del ejército. Esta agresión determinó no sólo que Lynne perdiera al bebé de ambos sino el comienzo del fin: la pareja no solamente no volvería a concebir sino que Lynne terminará alcohólica y muerta. Lo que está en duda es la circunstancia paradójica que determinó la escritura frenética por parte de Burgess en aquellos años. Es que el muerto debía ser él, y Lynne la viuda.
Anthony Burgess sirvió en el servicio colonial británico, lo que le llevó a varios destinos lejanos, como Malasia y Brunei. Dando clases de historia en Brunei, Burgess perdió el conocimiento y fue llevado al hospital, donde le diagnosticaron un tumor cerebral inoperable y que no viviría más de un año. Según sus biógrafos esto fue lo que determinó el apuro e intensidad de su producción por aquellos años, en los que escribió cinco novelas con las que esperaba asegurar aunque fuera mínimamente el futuro económico de su inminente viuda.
Sin embargo, cuando retornó a Inglaterra el tumor había desaparecido sin dejar rastros. El escritor tiene su propia explicación y se la dio a The Late Show de la bbc: “Mirando para atrás ahora veo que me empujaron fuera del servicio colonial. Creo que tal vez por razones políticas, que se disfrazaron de razones clínicas”. Burgess estaba convencido de que las autoridades coloniales se habían puesto en su contra porque Lynne le había dicho algo inadecuado a Felipe, duque de Edimburgo y esposo de la reina Isabel II. También alegaba que los británicos no veían con buenos ojos su amistad con el líder del independentista Parti Rakyat Brunei.
Sea como fuere, Burgess volvió a Inglaterra para morir y vivió otros 34 años.

 

UNO EN SU ESPECIE. La explicación más corriente que se da respecto al título de la novela es que se trata de una referencia a un viejo refrán cockney: “Queer as a clockwork orange”, y que no es sino una variante del tipo de refranes populares que, en cualquier parte del mundo, apelan a las comparaciones. En el caso de los ingleses el dicho reza “más raro que una naranja mecánica”, donde nosotros diríamos “más raro que perro verde” o “más raro que pez con pelo”, e infinitas variaciones más.
Pero la verdad, era raro el librito. Tanto, que la lectora de la editorial, puesta a recomendar o no su publicación, señaló que era imprevisible: o el libro se transformaba en un éxito masivo, o en un monumental fracaso.
Lo mismo señalaba el novelista inglés Kingsley Amis, padre del también novelista Martin Amis, quien estuvo a cargo de la redacción del prólogo de la edición 50 aniversario: la reseña de Kingsley comienza con “La naranja mecánica es la curiosidad del día”. Lo único que se le ocurrió decir a Amis para que el lector sintiera cierta familiaridad con el libro es que estaba narrado en primera persona. Y que puestos a buscarle algún pariente literario más o menos cercano, lo más parecido eran las distopías orwellianas, como 1984, o las novelas de Colin MacInnes.
No hay dudas de que Burgess admiraba y conocía perfectamente a Orwell, al punto de haber escrito un libro llamado 1985, en el que no solamente discutía aspectos de la novela de Orwell sino que aventuraba sus propias hipótesis con respecto a la sociedad inglesa del futuro cercano, en la que los sindicatos tienen un gran poder y el islam comienza a transformarse en una fuerza hegemónica.
Sin embargo, es La naranja mecánica el libro que de alguna manera puede equipararse a 1984, pero no por las similitudes más superficiales como las de haber inventado una lengua o por plantear sociedades distópicas en el futuro inmediato. Lo que emparenta directamente a Orwell con Burgess es su visión.
Porque, al igual que 1984, lo notable de La naranja mecánica es todo lo que prefigura. Desde el nihilismo posmoderno al conductismo mediático, pasando por la violencia como narcótico y la evolución de la cultura del “paz y amor” hippie al “no future” punk.
Más importante: el libro de Burgess es increíblemente valiente, exactamente a la manera de 1984, en la medida en que el horror que retrata no le impide ver claramente y sobreponerse a la pequeña moralidad conservadora, apuntando a un horizonte más grandioso sin vacilar en el momento de realizar opciones morales fundamentales.
Y es que al fin y al cabo, La naranja mecánica no es otra cosa que el camino difícil para entender el valor de la libertad. “La naranja mecánica quiso ser una especie de tratado, incluso un sermón, sobre la importancia del poder de decidir. Mi héroe, o antihéroe, Alex, es muy vicioso, incluso tal vez increíblemente vicioso, pero su maldad no es producto de un condicionamiento genético o social; es su propia elección y se embarca en ella con toda conciencia. (…) Lo que mi parábola y la de Kubrick quisieron mostrar es que es preferible vivir en un mundo de violencia asumida con toda conciencia –violencia elegida como un acto de voluntad– que en un mundo condicionado a ser o bueno o inofensivo. (...) El deseo de coartar el libre albedrío es, pienso, un pecado contra el espíritu santo.”

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