Siguiendo al León de Judá
- Última actualización en 25 Enero 2013
- Escrito por: Pablo Thiago Rocca
Arte de Etiopía
Todo llama a sorpresa en esta muestra sobre el arte de Etiopía.* País cuyas expresiones culturales e historia resultan fascinantes en virtud de una realidad geográfica y social muy distante, pero cuya producción artística y su imaginería religiosa encuentra más que puntos de contacto, raíces enclavadas en el común sustrato simbólico. El cristianismo y las primeras manifestaciones monoteístas provenientes del Oriente Medio, la influencia de Bizancio y del arte copto, conforman un peculiar marco histórico para analizar este conjunto de piezas que conjugan la expresión popular y ceremonial, sacra en todo caso.
Sergio Kiernan afirma en el texto introductorio de la muestra que el arte de Etiopía reúne tres condiciones “casi milagrosas”: la propia supervivencia en un contexto crítico (“una isla cristiana en una región islámica, con una gran minoría musulmana en el sur”), el hecho de ser el único lugar del África subsahariana tocado por el influjo del mundo mediterráneo y, finalmente, su notable vigencia en tanto práctica artística luego de siglos de aislamiento cultural, guerras y hambrunas. Poco a poco se van perfilando otras condiciones peculiares: “Etiopía es la nación negra más antigua, la única que no fue colonia europea, la única que resistió con armas una invasión colonialista, la primera de África en tener embajadores, un asiento en la Liga de las Naciones y un monarca recibido como un igual por las cortes de Europa”. La leyenda comienza con el nacimiento de Melenik –hijo jerosolimitano de la reina Makeda de Saba y el rey Salomón–, a quien Yahvé le ordenó fundar una segunda Israel y le entregó como prueba de su voluntad el Arca de la Alianza conteniendo las tablas de Moisés, que los monjes etíopes sitúan hoy –a despecho de la opinión de historiadores y antropólogos– en un modesto templo local. Pero no es esta breve nota el lugar propicio para abundar en la historia de Etiopía, ni explicar cómo es que logró preservarse la lengua ritual ge’ez, anterior al latín, ni cómo funciona el calendario local. Concentrémonos, pues, en las obras de arte que se exhiben. En primer lugar llama la atención la rica tradición metalúrgica en objetos rituales: cruces, cayados, cetros y amuletos personales e instrumentos (sistras) musicales realizados con la técnica del modelado a la cera perdida. Los variados tipos de cruces, con parentescos o similitudes en piezas coptas y griego-ortodoxas, enseñan una sorprendente riqueza en las filigranas y enlazamientos abstractos, cuyo sentido del ritmo y la tensión ascendente de las formas corre pareja con el refinamiento técnico de su concepción. Por otra parte, la pintura etíope destaca por su carácter anónimo y su fuerte acento popular. Ya se trate de temas mundanos o de función monacal, es una pintura sobre tela (sin marco) que despliega su historia como un mural o como una historieta, pero sin el imperativo cronológico. La histórica batalla de Adwa (en la cual las tropas etíopes derrotaron al ejército invasor italiano), transformada en un tema recurrente, muestra escenas épicas que transcurren en simultáneo: los personajes pueden repetirse, por ejemplo, según pierden la lucha o huyen tras la derrota. Igual sucede con los motivos de los ciclos rurales. Siembra y cosecha comparecen libres de un orden perspectivo y temporal y nos recuerdan en su espontaneidad (viveza de rostros y disposición apretada de figuras) a las coloridas pinturas en amate al sur de México, cuando estas últimas tratan temas campesinos o pueblerinos, todo lo cual alienta a pensar en una universalidad de las expresiones plásticas auténticas. En un verano caluroso, con variadas y valiosas propuestas de arte contemporáneo en la capital y en el este, he aquí un remanso para la mejor tradición popular y artesanal. Una grata sorpresa.n
* Tierra de ángeles. Museo de Arte Preco-
lombino e Indígena.

