Brecha Digital

Confieso que he vivido

Memorias de Daniel Chavarría

Cuando Chavarría desembarcó en Vigo en 1953 iba leyendo un pequeño
volumen de poesías de Pablo Neruda y no sabía que, a catorce años de finalizada
la guerra civil española, ese solo hecho podía haberle costado la libertad y hasta la vida. Afortunadamente, nadie lo denunció y allí comenzó lo que, de manera bastante obvia, suele describirse como la “vida de novela” del escritor uruguayo-cubano.

 

De modo que Y el mundo sigue andando… es esa autobiografía que bien podría haber llevado el título de las memorias de Neruda. Porque si algo ha hecho Chavarría es vivir, saltando de aventura en aventura con una temeridad asombrosa.
Las memorias de Chavarría no se rinden en las primeras páginas. El libro tiene una estructura que opera por acumulación, y así al principio el lector cree encontrarse ante un recuento de anécdotas narradas en rápida sucesión, como si el escritor estuviera obligado a seleccionar las historias más extraordinarias de un vasto anecdotario y engancharlas una tras otra para retener la atención de una audiencia volátil, sin importar si eso hace o no a una vida.
Sin embargo esto comienza a cambiar a poco de comenzado el libro, cuando Chavarría se adentra en sus experiencias propias y abandona las de sus antepasados. Asistimos así a la formación del futuro escritor, su autodidactismo a ultranza, sus primeras lecturas, y más que nada al nacimiento de una voracidad aplicada a todas las cosas: a la cultura y el saber, por supuesto, pero también a experimentar, conocer personas, y sobre todo a no dejar que ningún plan arruine la poética del azar.

RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE. Chavarría publicó su primer libro a los 45 años, y hasta entonces no había indicios de que el menos uruguayo de los escritores uruguayos fuera a ser escritor algún día. Estuvieron, sí, sus mentiras para ganar tiempo, o para mejor acomodar el cuerpo a una situación peligrosa. Pensamientos como “sobre esto podría escribir un libro”, francas falsedades como “soy escritor” o excusas como “vine a Perú a investigar porque estoy escribiendo una novela” lo acompañaron toda su vida. Pero lo que se dice escribir, escribir, no mucho: Chavarría estaba siempre ocupado en otra cosa.
“Otra cosa” no significa “algo menos importante”. Significa más bien lo contrario: “Pocho” Chavarría, todavía improbable escritor, frecuentemente estaba ocupado estudiando francés, latín, griego o inglés. Leyendo sobre espiritismo. Estudiando guitarra e italiano. O buscando qué intercambios extraños podía realizar con la gente a su alrededor. Trueques del tipo “Yo te enseño inglés y vos enseñame yoga”, mientras comenzaba a actuar en el teatro del Anglo y a frecuentar la intelectualidad –más bien noctámbula– uruguaya.
Digamos además que Chavarría tenía ya una frondosa imaginación, que luego le serviría para escribir novelas como Joy, El ojo dindymenio, Allá ellos, o El rojo en la pluma del loro, pero que por el momento la utilizaba más bien para planear pequeñas estafas. Su primer trabajo, para el banco La Caja Obrera, consistía en intimar a los arrendatarios morosos a ponerse al día, pero pronto el joven Chavarría decidió ahorrar camino –y dinero– confiando en la buena voluntad de los hombres: les advertía que estaba allí para intimarlos, les pedía que se pusieran al día y se quedaba con las costas de los procesos judiciales que jamás comenzaba. No será esta su única incursión en el arte del engaño en el cual la literatura siempre le dio una mano: una de las máximas que rigieron su vida fue aquella de Brecha, de que robar un banco no es crimen alguno comparado con el de fundarlo.
Sin embargo, a pesar de que nunca descubrieron la trapisonda, el empleo no duró demasiado, y ante la perspectiva de volver a depender de sus padres a los 19 años, Chavarría decide embarcarse en un viejo barco, el Monte Urbasa, rumbo a Galicia.

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