A propósito de “La noche más oscura”
Estimado Guillermo Zapiola, he leído con atención tus dos notas críticas sobre La noche más oscura que la semana pasada publicó el diario El País. Las encuentro incisivas, provocativas y estimulantes. Están escritas con garbo y humor, manejan un lenguaje punzante y se nutren de conceptos que, no por repetidos, es sano recordar periódicamente. Contextualizan adecuadamente a la película y a la historia que le dio lugar. Desechan, como corresponde, las teorías conspirativas más absurdas. Invitan a pensar y a debatir. Es lo que me propongo.
Sin embargo, no discutiré contigo (ni con nadie) sobre valoraciones artísticas vinculadas a apetencias personales y a opciones ideológicas. Un poco porque en mi opinión no es trabajo ni misión del crítico de cine ingresar en el terreno de los subjetivismos, con o sin asteriscos de por medio: bien sabemos que “sobre gustos (ya) hay demasiado escrito” y demasiadas calificaciones (im)puestas. Y otro poco porque, creo, nuestra común veta cinéfila y nuestra común adscripción a una filosofía humanista de raigambre occidental y cristiana nos han colocado en un mismo bando al que, para simplificar, denominaré “pro Bigelow”. Aunque, en mi caso, con dos matices. Uno “en contra”: tengo la impresión de que a la directora le preocupan menos de lo que deberían preocuparle las consecuencias políticas de su acto creativo, que también es político. Esto tiene que ver con su postura o su no-postura estética, y por ende ética, de cara al tema de la tortura. Volveré sobre este ítem más adelante. El otro matiz juega “a favor”: la película expresa, explica y decanta sin remilgos ni coartadas el actual hartazgo del pueblo estadounidense ante la soberbia, la ineptitud y el cinismo de los que ha hecho gala la cia durante los últimos años, a pesar de su presunto acierto en la cacería de Bin Laden.
Ahora quiero hablar de cine. De tu mirada, de la mía, de la de la señora Bigelow y de las de otros directores y directoras de cara al objeto de su acto creativo. Dices sobre Bigelow que “se ha empeñado en no hacer ‘cine de mujeres’ sino buen cine, a secas”. No entiendo el sentido de la frase, porque no sé, nunca supe qué diablos se entiende por “cine de mujeres”. ¿El lésbico de la canadiense Patricia Rozema, el reivindicativo de la iraní Samira Makhmalbaf, el igualitario de la india Mira Nair, el admirativo de la alemana filonazi Leni Riefenstahl, el apologético de Margaret Thatcher de la también inglesa Phyllida Lloyd, el independiente de la estadounidense Rebecca Miller? ¿Una mezcla de todos, ninguno de ellos, una contraposición temática, estética, ideológica o sexual al “cine de hombres” del intelectual Woody Allen, el déspota Stanley Kubrick, el amistoso Jean Renoir, el homosexual George Cukor o el machote Samuel Fuller? En todo caso, los estereotipos que, con toda franqueza, huelo en tu proclama sobre las supuestas intenciones de nuestro personaje, comulgan mal con los análisis serios.
Quizás recuerdes G I Jane (1997), de Ridley Scott, en la que Demi Moore se empeña en superar, una a una, todas las pruebas físicas y psicológicas que el Ejército de Estados Unidos le exige a los hombres que se enrolan en sus fuerzas de elite. Ninguno de esos hombres le llega a Demi a los talones en coraje, habilidad y determinación. Ya lo sé: mala película, sobrevalorado director (hombre), peor título local (Hasta el límite). Pese a lo cual, y a su visión inevitablemente “masculina”, tiene, temática y estructuralmente, notorias similitudes con La noche más oscura. Lo lamento (¿por ti?): no pude evitar acordarme de la película de Scott mientras veía cómo la valiente Jessica Chastain se enfrenta mediante ideas correctas y procedimientos correctos a la indiferencia de superiores y compañeros de tareas, todos hombres, y que la directora –no yo– ubica en una de las siguientes cuatro categorías: tontos, pusilánimes, alcahuetes y cagones –perdona el exabrupto, es que no encontré adjetivo más apropiado al “tono Bigelow”–. Es más: la solitaria víctima fatal a la que la directora le dedica metraje y conmiseración extra es la agente (Jennifer Ehle) que muere en el atentado explosivo que perpetra el falso médico jordano. ¿Casualidad? La señora o señorita Ehle, segunda y última heroína o héroe ad honorem es, junto a Chastain, la única mujer que en toda la película tiene más de dos diálogos. Desde ese punto de vista, hemos ingresado en el espinoso terreno de las “perspectivas femeninas”. Igual que el director, hombre y sobrevalorado Scott. Nos estamos metiendo en un lío. Evitémoslo.
No evitemos, en cambio, otro tema: la perspectiva, las elecciones, el qué entra y el qué no entra en una película. Me preocupa, tanto o más que el estilo, el arte, las enmiendas o las excusas de quienes toman las decisiones. Los directores y las directoras, los productores y las productoras –entre otros y otras– son, siempre, libres de meter o dejar de meter en escena lo que les viene en mente, o en gana. Esto viene a colación de tus frases “Su sucio secretito es: las agencias de inteligencia torturan. ¿Era necesario sermonear que eso está mal? Si hay algo que caracteriza al cine de Bigelow es su ausencia de sermones. Es un cine del mirar, del ‘aquí y ahora’: la cámara que muestra, hawksianamente (por el director Howard Hawks), lo que ocurre ante el lente”. Y en la otra nota: “Básicamente se trata de cine, tal como lo entendían Hawks o Eric Rohmer. Mostrar, no demostrar. Colocar al espectador ante esto que está ocurriendo ahora, sin indicarle lo que debe pensar”. Compartimos el punto de partida de la directora. Discrepamos sobre algunas de sus consecuencias, en concreto sobre su principal punto de llegada.
Una cosa es que, considerando las posibles reacciones del espectador, haya considerado no necesario y acaso inmoral vestir, revestir o comentar con imágenes o con sonidos explicativos secuencias como las de los atentados, la captura de Bin Laden o las torturas. Otra cosa es que éstas influyan poco, o no influyan lo suficiente, o no influyan en absoluto sobre la conducta y sobre la moral de una protagonista omnisciente con la cual la directora no toma distancia y se identifica a pleno, porque es mujer en un mundo masculino, por valiente, por su ética, por su profesionalismo, por su eficacia. Acaso los delate, a ti, Guillermo, y a la directora, el siguiente extracto de tu propia nota: “el personaje encarnado por Jessica Chastain expresa cierto desagrado (ante la tortura), pero después se acostumbra”. Reafirmo: no sólo “se acostumbra” a la tortura: la su-bestima, la desestima, la ignora.
Mencionaste a Rohmer, según tú un seguidor o discípulo de Hawks, según yo un admirador de Hawks, que no es lo mismo. En su cine, y como se ve en, por ejemplo, Cuento de verano (1996), a la hora de confrontar toda acción perpetrada por terceros, el protagonista en cuestión observa, piensa, reflexiona (en voz alta o no) y actúa en consecuencia según su mejor entender. Luego el espectador tendrá todas las armas ontológicas para estar o no del mismo lado, aparentemente sin la ayuda del director. En el cine de Bigelow, y en especial en La noche más oscura, las acciones de los terceros no modificarán la perspectiva –no hablemos de psicología– de la protagonista, ni la de la directora y, menos aun, la del espectador. ¿Puro cine de acción o cine de acción pura? Las dos cosas, con el refuerzo, cualitativamente importante, de su fuerte impronta documental, de su verosimilitud, de su coherencia estilística, de su seriedad. Y con la limitación de quien no quiere ni se anima (a) otear el horizonte que está más allá de los hechos. Ya que estamos, Guillermo, ¿no te parece ese uno de los tantos puntos que tienen en común Kathryn Bigelow y Leni Riefenstahl? Con la diferencia de que la segunda fue, en mi opinión, una artista irresponsable. Y la primera es, apenas, una cineasta irresponsable. Lo que no le quita mérito. Hoy día, los o las cineastas de verdad no abundan.
Pero sigue habiendo diferencia entre un artista y un cineasta. ¿Sabes por qué en la disputa sorda y nunca declarada entre John Ford y Howard Hawks, que además eran buenos amigos entre sí, los nouvelle vague franceses –Rohmer entre ellos– tomaron partido por el segundo? Porque cuando ellos eran escribas, y no aún directores, Hawks les enseñó a filmar, a mirar “a la altura del ojo”, a privilegiar a los personajes sobre las situaciones, a mantener en firme el estilo, la mirada, la objetividad. Con Tener y no tener (1944) o Tierra de faraones (1955), Rohmer, Godard, Truffaut y los demás aprendieron o re-aprendieron las bases de un cine de autor independiente de sus temas. En tanto, Qué verde era mi valle (1941), El hombre quieto (1952) y las otras de John Ford los obligaban a pensar en términos poéticos e históricos. Vamos a los westerns, el género favorito de ambos. Río rojo (1948), de Hawks, es plana, terrenal y genial. Más corazón que odio (1956), de Ford, es curvilínea, mítica y también genial. Como aprendizaje, como marco teórico, servía más la primera. Y como novelería también: Hawks no estaba “descubierto” cuando Ford ya era el director de Hollywood.
Pero todo esto no significa que Hawks, con todo lo positivo que implica como referencia estética, también deba ser una referencia ética de Rohmer, de sus contemporáneos o de Bigelow. A propósito, desconozco el grado de influencia que en ésta tuvo el director de Río Bravo (1959), porque en las entrevistas publicadas en Internet no lo menciona. Ese sería, de todos modos, un detalle irrelevante. Más relevante es que, como queda demostrado en el extenso reportaje que le concedió a Peter Bogdanovich para el libro Who the Devil Made It, una lección de cine que lamentablemente no se tradujo, que yo sepa, al español, Hawks emerge como el más autoconsciente, sabio, ubicuo, multifacético, memorioso y sincero entre los directores que la industria supo albergar en su seno. Pero también como el más autoritario, acomodaticio, moralmente ambiguo y prescindente (de las vueltas que da el mundo, por ejemplo). Y, por cierto, como uno de los más reaccionarios. El católico y conservador Ford era un artista. El no se sabe muy bien qué Hawks fue un (notable) cineasta. Bigelow es, por ahora, una pichona de cineasta. Puede salir definitivamente del cascarón. Nunca será artista.
Con el afecto de siempre.