Prolijito, mustio

Premio Nacional de Artes Visuales

Una vez más, siempre cada dos años, se presenta el Premio Nacional de Artes Visuales. Sin los tropiezos que rodearon la edición anterior, pero con desoladora anemia narrativa. Si tenemos Premio Nacional es porque antes tuvimos Salón Nacional, gracias a uno de los personajes más singulares y ubicuos de la política y la cultura uruguaya, don Eduardo Víctor Haedo, capaz de ser amigo tanto del Che como del dictador paraguayo Stroessner, del desencantado lirismo que le recitaba Juana de Ibarborou como de los ardores revolucionarios de Pablo Neruda. Y todos ellos fueron agasajados en la puntaesteña quinta La Azotea. Ministro de Instrucción Pública bajo la dictadura de Terra, en sólo dos años (de 1936 a 1938) presentó los proyectos para crear el Salón Nacional, para comprar el pabellón de la Bienal de Venecia que aún nos honra, para crear la Facultad de Humanidades dentro de la Universidad de la República, fue autor del proyecto de creación de la Comedia Nacional e impulsor de una vigorosa ley que velaba por los derechos de autor.
Hasta la década del 60 el Salón transitó con cierta lozanía, hasta que se empiezan a repetir nombres afines a una cierta tendencia, la del realismo social. En 1967 Ángel Kalenberg reforma el Salón y lo devuelve a una rigurosa contemporaneidad. Una enorme y magnífica pintura de Teresa Vila preside la sala. Por allí andan nombres casi desconocidos: Rimer Cardillo, Jorge Abbondanza, Enrique Silveira, creo que Ernesto Aroztegui. Después viene la dictadura, el progresivo abandono de los artistas. Con la reapertura democrática se producen algunos intentos oscilantes entre la Biblia y el calefón.
Con el primer gobierno nacional del Frente Amplio retoma continuidad y nuevos criterios. Desde la 52ª edición, por iniciativa del entonces director de Cultura, Luis Mardones, el premio oficia de homenaje a un artista vivo y en actividad. En aquella oportunidad el tributo fue para María Freire, y el premio, inau­gurado en Maldonado y Punta del Este, alcanzó una respetable consideración. De seguro, por contar con un presidente, Federico Arnaud, una excelente gestora cultural, Silvana Bergson, y un curador, quien escribe, actuando de manera absolutamente independiente respecto del jurado elegido. Estaba previsto que la próxima edición se inau­gurase en Colonia del Sacramento, pero todo se pinchó y el premio quedó confinado a Montevideo. En la pasada edición, dedicada a Carmelo Arden Quinn, éste no llegó a disfrutarla, falleció unos meses antes, quizás como premonición de todos los posteriores enredos. Por allí andaba la coordinadora de artes visuales Clío Bugel, para servir de chivo expiatorio y cargar sobre su lomo errores de los departamentos jurídicos, de un jurado demasiado urgido por firmar y fallar (en todos los sentidos de la palabra), y de una funcionaria del mec, asombrosamente aún en su cargo, que confundió irreverencia creativa con afanes trepadores. Después vendría el problema del Gran Premio otorgado a Juan Ángel Urruzola, y nuestra advenediza justicia, de manera ilegal, hizo retirar la obra.
En esta edición se homenajea a Wifredo Díaz Valdez, y todo ha venido aconteciendo en la más absoluta tranquilidad: jurado designado por la Comisión Nacional de Artes Visuales, bases revisadas por esa comisión; veedor sin voto pero con voz, bastante innecesario, dado que la figura del veedor surge para evitar matufias o componendas, que no se dan en nuestros certámenes.
En este caso el veedor, otra vez, quien escribe, sirvió para detectar ciertas injusticias estimativas. Conviene repetirlo por enésima vez: injusticias según el muy ine­vitable y subjetivo juicio de a quien le tocó ser veedor, de a quien le toca escribir. Coincidencia absoluta con el Gran Premio Adquisición del mec, “La conciencia de Sísifo” (2012), videoinstalación de Eduardo Cardozo, Lucas Cilintano y Agustín Banchero. La propuesta sustituye el mito por la conciencia. No se trata de empujar una enorme piedra para que vuelva a caer y repetir el fracaso al infinito. Se trata de comprometer a quien mira, absorto, siendo involucrado en la ardua tarea de cavar un pozo. Quizás fecundar la tierra, quizás morir en el intento.
Pero resulta sorprendente que no se hayan considerado dos bellísimos registros de Santiago Epstein, integrando elusivamente seducción y misterio. Una áspera, lacerada pintura de un amarillo casi solar presentada por Martín Mendizábal. Alejandra González y su traje de novia momificado en tul, mientras discurre el obsesivo marcado del tiempo impuesto por un metrónomo. Ante el escaso número de obras admitidas el jurado decidió un montaje donde participaban obras pertenecientes al acervo del museo. Idea poco feliz. Mientras algunas propuestas recibían el no siempre merecido padrinazgo de Figari, Barradas o Blanes, la gran mayoría quedaba a la intemperie de todo apuntalamiento.
Si lo que este premio muestra es una parcela del arte uruguayo contemporáneo, la falta de audacia, de riesgo, de una fecunda arbitrariedad, deja esta sensación de poco, de una prolijidad excesiva, de una solemnidad un tanto revenida. Recordé un viaje por Berlín para visitar dos grandes ferias de arte súper contemporáneo: el Art Forum Berlin y una feria para artistas emergentes. Ambos acontecimientos me dejaron una sensación de desvalimiento similar y el consecuente miedo al “viejazo”. Cierta noche me llevaron a la Ópera de Berlín para ver Dido y Eneas, ópera-ballet de Purcell, coreografiada y dirigida por Sacha Waltz, famosísima coreógrafa y creadora. Quedé deslumbrado y reconciliado con la contemporaneidad. Me dije que lo que necesitaba, de repente, trascendía el gueto de las artes visuales. Que, de repente, las artes visuales han decidido languidecer en un narcisismo celosamente custodiado por reaccionarios defensores de las bellas artes o fundamentalistas de lo contemporáneo, y que ya no saben darnos las imágenes necesarias.

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