Brecha Digital

Un cierto anapradismo en el aire

Acerca de Ana Prada

Desde hace ya un cierto tiempo –algunos años– cada vez más gente admite la existencia de un cierto “anapradismo” en el aire que respira la música popular uruguaya. Es una suerte de sensación térmica leve y difusa pero a la vez palpable, que indica que esta cantante y autora va cobrando más y más relevancia.

Nada en ella apunta a la desmesura; por el contrario, todo está en su justo término, en una dimensión sensata y mesurada. Ana Prada no tiene una gran voz, ni una gran presencia escénica, ni siquiera un talento fuera de lo común para engarzar músicas con letras. Pero el total igualmente es más que seductor.
Tampoco es particularmente claro el estilo en el que navega. Supuestamente es una folclorista, aunque en sus canciones hay destellos de pop, rock, canción urbana, tanto como de milonga campera o música litoraleña. Y en realidad, poco importa el rótulo. Una vez más, es el total el que atrapa y deleita, más allá de cualquier clasificación.
Si bien nació en Paysandú, fue en Montevideo, a partir de los inicios de la década del 90 cuando Ana estudió música con el notable docente y músico popular Esteban Klísich, y a la vez completó la carrera de psicóloga. Es probable que en su opción por la música popular haya sido determinante su condición de prima hermana de Jorge y Daniel Drexler, junto a quienes cantó coros, además de hacer lo propio con otros artistas de relieve, entre ellos Ruben Rada y Edu “Pitufo” Lombardo.
También tuvo una larga participación como docente de canto en el Taller Uruguayo de Música Popular (tump).
Para 1998 integraba el recordado y excelente cuarteto vocal La Otra, junto a Lea Bensasón, Beatriz Fernández y Sara Sabah, con el que grabó dos discos, La Otra en 2001 y Dos en 2005. Ambos hacían especial hincapié en la obra de autores uruguayos como Samantha Navarro, Ruben Rada, Jaime Roos, Jorge Drexler, Alberto Wolf y Fernando Cabrera, entre otros.
El clásico perfil bajo de Ana en medio de La Otra no llevaba a vaticinar que sería ella la primera de las cuatro en encarar una carrera solista, y menos aun en condición de autora de su propio material.
Su voz solista mostró una particular mesura y calidez y una afinación firme y segura. Pero la mayor sorpresa fue la calidad de sus composiciones, tanto en su disco debut, Soy sola, de 2006, editado inicialmente en Uruguay pero que también aparecería en las disquerías de Argentina y España, como en su segundo álbum, Soy pecadora, de 2009.
Ya el primero de ellos comenzó a edificar, con cimientos sólidos, esa suerte de anapradismo que empezó a teñir el ámbito de la música popular uruguaya.
Sus discos cobraron particular notoriedad, sus presentaciones tuvieron un sorprendente marco de público, y su carrera la llevó además a incursionar en el ámbito internacional con más que razonable éxito.
Soy sola convirtió en éxitos canciones como “Amargo de caña”, “Soy sola”, “Lo que viene después”, e incluyó también un momento de magia químicamente pura con la versión de “Dulzura distante”, de Fernando Cabrera.
Soy pecadora aportó difundidos temas, como la canción que da título al disco, “Me quiere sonar”, “Tres llaves” y en forma particular “Tu vestido”, preciosa y valiente canción de amor de una mujer a otra.
Ana le canta a su tierra (sanducera, montevideana, americana), al amor, la soledad, el desamor, la muerte, temáticas universales si las hay, pero que siempre admiten un acento nuevo, un matiz nunca explorado, y Ana ha sabido, precisamente, descubrirlo.
Ha sido nominada al premio Gardel en la categoría “artista revelación” y ha recibido numerosas nominaciones a los premios Graffiti.
Recientemente ha realizado presentaciones junto a la cantante española Queyi y a la notable folclorista argentina Teresa Parodi.
Ha participado en conciertos junto a Kevin Johansen, Liliana Herrero y León Gieco, entre otros.
Y mientras todo eso ocurría, se ha integrado además, junto a sus primos Jorge y Daniel Drexler y a cantautores de Río Grande del Sul como Vitor Ramil, a esa corriente llamada –no con poco humor– Templadismo, en clara referencia al Tropicalismo de los históricos Gilberto Gil y Caetano Veloso.
Ana Prada ocupa el escenario con sus rulos, su guitarra, su sonrisa, y sus delicadas y disfrutables canciones, y ese cierto anapradismo comienza a ganar el aire. Muy pocos logran escapar al sortilegio y permanecer inmunes.

 

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