Brecha Digital

“Entreteneur” a diestra y siniestra

Michael Winner (1935-2013)

¿Puede una carrera cinematográfica definirse como un manojo de contradicciones estéticas y políticas sin por ello renegar de la manida “coherencia poética”? Un apretado repaso cronológico por la movida, profusa y, dentro de sus límites, exitosa trayectoria del director inglés Michael Winner demostraría que sí, que puede, y hasta que esa es una manera de empezar a referirse al personaje “en positivo”. Oliver Reed, uno de los rostros más familiares del cine inglés desclasado, irreverente y un poco angry de los años sesenta, fue dirigido por Winner seis veces y habló siempre bien de él. Charles Bronson, el apóstol civil de la violencia individual made in California, también fue en seis oportunidades el protagonista de sus películas y también habló siempre bien de él. Algunos detalles de su cronología. Nace en 1935 en el seno de una familia judía de clase media. A los 14 años escribe gacetillas y críticas breves. A los 17 entrevista a Laurence Olivier y Louis Armstrong. En 1953 es aceptado en la Universidad de Cambridge, donde estudia abogacía y luego se recibirá con notas sobresalientes. En 1956 está dedicado por completo a escribir y dirigir documentales y ficciones breves para la bbc. Rueda su primer corto, In Belgium, en un balneario inglés. En 1957 convence a su psicólogo de que es homosexual y con el certificado correspondiente evita el servicio militar. Durante los 55 años siguientes no desmiente en público ninguna de las dos condiciones (homosexual y desertor); raro para un director que ha cimentado su fama en apologías machotas como la de El vengador anónimo (1974), su película más famosa y representativa. En 2008, a los 73 años, se casará por primera (y única) vez con una novia que conoció en la década del 50; tampoco desmentirá entonces intensos amoríos anteriores con actrices y mujeres en general.
Durante los años sesenta escribe, produce, dirige y monta (en esta actividad con el seudónimo Arnold Crust) una docena de largometrajes de presupuesto bajo o mediano, bastante atrevidos, ligeros, generalmente filmados en escenarios naturales y cómodamente adscriptos a géneros como la comedia o el policial. Uno de ellos, La salvaje (1964; título original “The System”), llama la atención por su irónica mirada a inglesitos que procuran sexo fácil en un balneario y por el enorme parecido de éstos con los vitelloni de Fellini en Los inútiles (1953). En otro, Los que llegan con la noche (1972), obtiene un gran guiñol de primer nivel y la amistad eterna de Marlon Brando. Nadie duda de que sea un autor, pero ningún crítico lo incluye en la lista de británicos respetablemente ácidos con el sistema, como Tony Richardson, John Schlesinger o Richard Lester.
Por ambición (dinero y fama) o por despecho (ante el poco reconocimiento nacional), en los años setenta se instala en Hollywood, se establece como un director de películas de acción que nunca filma más de lo estrictamente necesario ni hace concesiones al elenco ni al equipo técnico (lo que lo convierte, para muchos, en un “perro”) y siempre le otorga el ritmo preciso a sus escenas, mantiene a rajatabla la lógica interna de la trama, filma la violencia con glamur y evita como al diablo toda conmiseración progresista. Algún western (Yo soy la ley, 1971), alguna de espionaje (Scorpio, 1973), alguna de terror (El centinela de los malditos, 1977) y sobre todo la media docena de impulsos y re-significaciones del macho Bronson (desde Renegado vengador, 1971, hasta El vengador anónimo III, 1985) lo ponen de moda entre los directores más confiables del nuevo o eterno sistema (de producción).
Más viejo, más afable, quizás más sabio, en los años noventa se reinstala en Londres, se hace famoso como gourmet, escribe miles de artículos y varios libros sobre los “mejores” restaurantes y sus platos más exóticos, conduce un programa de televisión sobre comida y otro donde expone recuerdos de cine, escribe una autobiografía que se convierte en un éxito, levanta un memorial en homenaje a policías caídos en acción, apoya con fervor a Margaret Thatcher, se involucra en la lucha de los homosexuales por sus derechos, luego apoya a Tony Blair, polemiza con medio mundo, nunca pretende haber sido un gran director de cine, nunca deja de lamentarse de que no se le ha reconocido lo suficiente su oficio, enorme, para entretener, a izquierda y derecha, al prójimo.

Escribir un comentario