Hitchcock después de(l) vértigo

“Intriga internacional”

Me llegó, unos tres meses atrás, una invitación. Se estaba organizando en el café La Diaria un ciclo de charlas en torno a las películas de Alfred Hitchcock, una de las cuales yo debía elegir para conducir un encuentro con los asistentes. Propuse Vértigo, de 1958, porque es una vieja favorita desde que en los años ochenta la vi por primera vez, porque a mediados de 2012 una encuesta entre críticos y realizadores organizada por la prestigiosa revista británica Sight and Sound le asignó el puesto primero en la historia del cine –relegando a Citizen Kane al segundo lugar–, porque la había vuelto a paladear en dvd dos semanas antes de la llamada, y porque su inagotable complejidad invita a hablar durante horas y horas sobre la creación artística y sobre el lenguaje cinematográfico, no sobre otras cosas: una premisa inmejorable. “Es la única que ya eligió otro charlista; por favor, optá por otra.” Bien: Intriga internacional, que fue la película que Hitchcock hizo, en 1959, a continuación de Vértigo y que, claro, también aprecio hasta el más cinéfilo de los delirios. Además, premonitoriamente la había saboreado en casa exactamente al día siguiente de meterme entre los intersticios de la búsqueda del pobre James Stewart (uno de los dos héroes hitchcockianos por excelencia) de lo que el propio director calificaría, con socarronería, como “amor perfecto”. Por supuesto, en el cine de Hitchcock el amor perfecto no existe. Corrijo: no existía cuando Vértigo. Empezó a existir con Intriga internacional. Porque en esta película Cary Grant, el otro ícono masculino que moldeó su carrera en Hollywood, finalmente encuentra a esa mujer soñada con la que, obviamente, no contaba. A Stewart le tiene que ir mal, a Grant sólo le puede ir bien: he ahí uno de los tantos diálogos entre las dos películas. La estricta continuidad temporal entre ambas, la invitación a conducir un debate en el café La Diaria, las reflexiones a las que dio lugar el propio debate, el azar, mi admiración por la obra de Hitchcock y el intento de enriquecer perspectivas con una pizca de pensamiento propio fueron incorporando otras relaciones que me condujeron en línea directa, suponiendo que en semejantes casos las líneas directas sirvan para algo intelectualmente útil, a un par de conclusiones. Pretendo, aquí, compartirlas.
Si Vértigo es, entre muchas otras cosas, la crónica de pérdidas dolorosas y quizás irreparables, Intriga internacional es el resultado de la mirada presuntamente objetiva que el propio director fragua para poder reparar el cine, o, en todo caso, su cine. Con Vértigo se había animado a plantear, sin pruritos ni coartadas ni miedos al qué dirán, un tema, una tesis, una filosofía de vida (y de muerte), una visión del mundo de verdad, no sólo del de cartón cine. La hizo, única vez en su filmografía, sufriendo, exponiéndose en serio. No fue recompensado. El público no repitió, ni cerca, la asistencia a sus películas inmediatamente anteriores (Para atrapar al ladrón y otras). La crítica, en los pocos casos en que le hincó el diente, fue tibia; lejos, lejísimos de la explosión revaloradora que se inició en los años setenta y acaba de alcanzar su clímax en una edición de 2012 de Sight and Sound. Pero en 1958 Hitchcock estaba enojado, ofendido, amargado, aunque no vencido. Entonces tomó el toro por las astas de la dulce venganza. “Ahora los voy a embromar.” Pidió prestada o se inventó una trama de espionaje tan extravagante y a contrapelo que, esto es notorio, en el medio del rodaje el propio Grant, que lo adoraba y, más importante, lo respetaba a rajatabla, le preguntó: “¿Estás seguro de lo que estás haciendo? Yo no entiendo nada”. El famoso McGuffin, la eterna y etérea excusa argumental que había inventado para que los personajes tuvieran un móvil que guiara su accionar, era objeto de una diabólica vuelta de tuerca. Todos los espías y no espías quieren (agarrar) a un tal Kaplan. Cary Grant también busca a Kaplan. Cary Grant es Kaplan, pero no lo sabe. Kaplan no existe. Los compañeros de la cia o del fbi manipulan el orden de tal manera que la vida de Grant, que se supone pertenece a su mismo bando nacional e ideológico, está siempre en peligro. Para colmo lo admiten, y se ríen de ello. El agente enemigo ruso o alemán oriental o vaya uno a saber qué –James Mason en su salsa– podría estar enamorado de verdad de Eva Marie Saint. A ésta también podría tocarle (no) morir en pos de la causa, ¿qué causa? Si la carne siempre es débil, la causa siempre es dudosa. Retrocedamos. Vértigo era cruel, negra, transparente y derrotista; se entendía todo y carecía de humor. Terminaba “mal”. Recuérdese el último plano: una monja, representando a Dios, mirando desde lo alto la destrucción definitiva del ideal concebido por el personaje-director que osó desafiar a Dios. Intriga internacional es amable, blanca, mentirosa y triunfal: no se entiende ni su título original (North by Northwest) y todas las situaciones están barnizadas por el humor. Termina bien. El último plano, el del tren penetrando literalmente (en) el túnel, festeja, por fin, el sexo sin sospechas entre Grant y su reconquistada novia. El cine, nosotros, los muchachitos y el director, hemos ganado y nos hemos reconstruido.
Durante los veinte, treinta años posteriores a su realización, todas las escuelas de cine del mundo les enseñaban a sus alumnos, con libros o dibujos o croquis o fotografías o palabras –tiempos pre-vhs– la escena en que Grant acude a la convocatoria de unos de los tantos presuntos Kaplan en un campo abierto, lo espera, se inquieta, inquiere a algún solitario viajero, no toma un ómnibus, es atacado por una avioneta, corre, le disparan, se refugia entre los maizales, se salva gracias a su astucia y, sobre todo, a un providencial e imposible choque. Era el desiderátum de la narración cinematográfica. Lo sigue siendo. Sólo que, miremos bien, su desenlace es absurdo, casual, humorístico, impuesto. Y la escena siguiente, en la que el héroe vuelve a salir indemne como grácil y gracioso perico por su casa de un remate de obras de arte donde pululan enemigos fuertemente armados, refuerza ese costado humorístico, autorreferencial, burlón, juguetón. La vida es juego, es decir, cine, invención, creación. En 1959 Hitchcock era un maestro. 54 años después, subió de categoría: a genio.

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