Pushkin y el diablo en la tierra de Bulgakov
- Última actualización en 15 Febrero 2013
- Escrito por: Roberto López Belloso
Escritores en Moscú
Dos calles con un mismo nombre. Una antigua, con la vivienda palaciega donde vivió el primer poeta de Rusia. Otra nueva, a un paso de las habitaciones de otra vida atribulada, la de Tsvetaieva. Lejos de ambos, y a la vez tan cerca como una carta de Pasternak, el perfil desafiante de Maiakovski. Moscú guarda en cada esquina el recuerdo del alma de sus poetas. Incluso de Mandesltham, al que mató en un gulag.
Es posible que antes haya estado haciendo pactos en el sur de Alemania, en una oscura ciudad cercana a Stuttgart, como lo recoge la tradición fáustica. E incluso es probable, de creerle al “Rodríguez” de Paco Espínola, que en tiempos más recientes emergiera en la penillanura oriental. Lo seguro, sin embargo, es que el diablo apareció en Moscú en plena época soviética. Lo hizo bajo la piel del profesor Woland, un experto en ocultismo que tenía tres ayudantes: un espigado y ridículo personaje de traje a cuadros, un matón pelirrojo que exhibía permanentemente un colmillo, y un gato negro y obeso que caminaba sobre las dos patas traseras.
El cuarteto hizo estragos entre los literatos de los tiempos de Stalin, subvirtió el orden público y dejó en ridículo a la policía secreta. Pero sobre todo volvió a Mijail Bulgakov un mito de las letras del siglo xx y le dio pie a Mick Jagger para crear “Sympathy for the Devil”, una de las legendarias canciones de los Rolling Stone basada, precisamente, en El maestro y Margarita.
La historia comienza en los Estanques del Patriarca, ese turbio espejo de agua situado a tres o cuatro cuadras de la residencia del embajador de Uruguay. En setiembre de 2012 no era fácil dar con el lugar, acorralado por unas obras de la municipalidad. Pero preguntando se llega a todas partes. En la cara sonriente del transeúnte, uno cualquiera entre esos millones de rusos que sólo hablan ruso, que sin entender una palabra del idioma en el que se le habla entiende claramente que ahí, en esa parte de la ciudad, sólo se puede estar preguntando por el escenario de la novela de Bulgakov. Se tiene la primera pista sobre qué tan orgullosos están los moscovitas de su ex escritor maldito. El joven ruso da las indicaciones precisas moviendo su mano en zigzag y trazando en el aire un mapa imaginario… imposible perderse.
El estanque es tan pequeño que cabe sobradamente en una manzana y todavía deja espacio para canteros, arboleda y bancos de plaza. Lo decoran varias figuras metálicas representando los personajes de las fábulas infantiles de Krylov. Un oso contrabajista, un mono atado con grilletes, otro simio que extiende las manos en actitud de mendigo. No dejan de ser algo siniestros, pero del diablo, ni noticias. La única aparición con tintes lejanamente mefistofélicos es una rubia amazona montada en un caballo con tobilleras y montura turquesa que pide dinero para la sociedad protectora de animales.
Ante la decepción habrá que caminar otras dos o tres cuadras y llegar al número 10 de la avenida Bolshaya Sadovaya, sede del museo Bulgakov. En el patio comunal de los apartamentos están las figuras de bronce de los ayudantes del demonio. Con suerte hasta es posible ver un curioso personaje de carne y hueso disfrazado de Romanov. Escaleras arriba hay un café, varios objetos que pertenecieron al escritor y un teatro. Un gato enorme y negro en lo alto de una biblioteca confunde a los visitantes, que no se ponen de acuerdo sobre si está dormido o disecado e intentan en vano pincharlo con un paraguas. Quizás sea la influencia del profesor Woland pero ahí adentro todos parecen comportarse de manera extraña. No en vano es el mismo edificio donde Isadora Duncan intentó mantener a raya los desbordes del poeta Sergey Esenin en los años de la vanguardia, y donde se fundó la Academia Hippie a influencia de la perestroika.
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